27 jul 2020

20 04 2018

Hay ratos, mi buen Gilberto, que llegas, no al recuerdo, más bien como una presencia viva, como si estuvieras en Morelia tal vez, o en tu casa de patio minúsculo en la Apenas del Sur que tanto querías y despreciabas.
Ahora mismo, he buscado esta canción, y justo al pegarla aquí, he estado a punto de llamarte. Un impulso, tú sabes. Uno se distrae escuchando los primeros acordes de la rola y ya está echando la imaginación a volar. Pienso en una chica que me gusta sobremanera, en los buenos tragos que compartimos en los cuartos mal construidos de Taxco, en los pulques sabatinos de los tianguis de la periferia de Texcoco, de los fantasmas que te recibieron siempre de buen modo en la casa de Acatlán. Una distracción imperdonable, hermano.
Apenas se había generado la intención y ya estaba recordando que a estas alturas no he tenido la entereza de ir a despedirte.
Piérdanle el respeto a la literatura, chingada madre!
Dejen de mirarla como si mirasen a un santo en el retablo, hipócritas. No miren a otro lado, como si vieran de pronto las bragas de vuestra madre en un lugar inesperado, sosténganle la mirada, no agachen la cabeza.
Basta! Le rinden pleitesía a un cuerpo que quieren devorar, pues devórenlo, sin miedo, dejen a un lado la vergüenza, arrójense a su fauce abierta...
Vine a decirle que un día me desperté y me dije a mi mismo, hey carnal, tienes que escribir para que te publiquen y seas famoso (aquí me interrumpí para decirme eh aguanta carnalito, no será más fácil hacerse famoso tocando en un grupo de música tropical, o ya de plano si no hay de otra, de rockero? -pero maldita la rebeldía, ni yo me hago caso) y deja de interrumpirme, mira hay talento sólo falta ganarse una beca, fácil, y luego los premios literarios men, hay que escribir para ganar un premio literario, simón justo como los perritos que mueven el rabo para ganar una croqueta, a huevo, y van a caer las pompis vato. Porque para eso se escirbe, no? para ganar premios literarios que digan buen muchacho, ahora haz el muertito, bien bien, ve por la pelota, ahora a chingar a tu madre, muy bien muchacho, muy bien, tienes un gran futuro, tienes talento, solo hace falta empinarte

Hablo de la herida que orla mi costado,

Hablo de la herida que orla mi costado,
de la sangre, la escandalosa, turbia sangre
que pone su dedo en la blancura del lecho.
En la quebratura de mi ala, sostengo el vuelo.
Corazón ajeno, ajena curvatura de felicidad:
en este siglo ennegrecido por la carne,
cada paso tuyo es un susurro de relojería
que avanza amenazante, fiera hambrienta,
hacia la cruz abierta de mi abrazo.
En el ojo que se cierra, busco el faro y la costa.
Lengua extraña, ajena humedad de tu saliva:
este calendario de cuchillas me ha tocado.
Mi garra se ha cansado de rasgar la noche,
toda hora, cada sigiloso instante, para llamarte.
Hablo del cuerpo que en su responso grita tu nombre.
Del enhiesto deseo que sostengo como un cetro
en esta mano que sostuvo como un óbolo tu beso.
Entonces, abro la puerta, me abraza la hembra desolación, se alimenta de mi carne, finge que me besa apasionada

30 jun 2020

Puertos que daban cara al amanecer

Huí del asfalto, de los grandes edificios cerniéndose sobre nuestras humanidades como dioses obtusos, ciegos, largamente entorpecidos en el ejercicio de su inamovible eternidad. Después de ti, evité los puertos que daban cara al amanecer y las puestas de sol a bordo del transporte público para evitar la llegada del anhelo.
Aquí, ahora, digo: fue todo inútil. Aquí, ahora, cito a un poeta al que siempre vuelvo cuando se me empaña la paciencia y me arrojo al acantilado indiferente de la nostalgia: no olvida el corazón cuando se ha dado.
Aquí, ahora, vuelvo a dejar la vista al pie de ese paso peatonal mientras el pesero se aleja conmigo dentro, que se ha ido alejando por años y esa imagen de ruptura es todo lo que resta para abordar el autobús del pasado.
yo arrojé una roca al foso de la noche
para despertar las bestias del olvido
que vinieran a desgarrar la herida
esperaba que hicieran guarida de mis huesos

y en este grito demencial que me carcome
labré la flor enrojecida del silencio

para incendiar las cuatro esquinas de la aurora
llené de rocas el buche de la gaviota noche
me estrellé contra acantilados de ebria cólera

no hubo torturador: la mordaza me la ajustó
el miedo y la nostalgia, y cada cuerda que me retuvo, cada golpe dado
por el látigo y el delirio, tuvo en mi mano un ayudante

para romper los cristales del insomnio
arrojé una roca, húmeda tras el diluvio,
a los balcones empolvados de la noche

luego llegó el silicio, la impertinente llaga
la lúcida dolencia a todas horas
la enroquecida arritmia de mi corazón
al destrozar los ventanales podridos de la noche
eres la trampa, el foso ciego
donde se ahogan mis ganas

cómo llamarte, amor, si los corceles
del deseo se han marchado en estampida,
con qué llama iluminar la oscuridad
donde te pierdo, enfebrecido

aquí tienes la herida primordial,
mi pecho sofocado ante tu sombra
Se encendió por fin
la veta del deseo

fue mirarte y arder
dejar a la imaginación
hervir como un agua
donde infusionar el sueño

fue arder y deslumbrarse
con la lúbrica imagen
de tu cuerpo dispuesto
como una playa antes
del desembarco de los bárbaros

fue deslumbrarse y asumir
la oscuridad para adivinarte,
darle a la lengua tiempo
de tornear el perfil de mi lascivia

arrójame a la superficie afilada
de tu labio, dame la dentellada
déjame agonizar a la orilla de este río

El carterista ciego

Borges, nacido en los eriales de lo que después sería Ciudad Neza, vaga sin rumbo entre el polvo y el disperso caserío. La resaca le muerde las sienes, lo persigue bajo el inclemente sol del verano. Hace dos noches ha terminado de redactar la Fundación mística de Ciudad Neza, que cierra con dos versos que nadie publicará (A mí se me hace cuento que existe Ciudad Neza: / La juzgo imaginaria como el sueño y como la virgen).
Con la boca reseca, antes de caer por enésima vez, se santigua y pronuncia una frase inmortal, que nadie recordará:
"La cerveza es la única venganza y el único perdón".

Edipo en las costas mexicanas del siglo 21

Edipo, después de darle en la madre al rey del barrio, conoce a su madre y sin saberlo le invita unas fichas en un bar de muy mala nota en Coatzacoalcos.
No bailan, porque Edipo cojea, aunque ello no le impide tirar mota por los barrios bien de la ciudad. Ustedes no lo saben, pero tiene pacto con la esfinge del crimen organizado desde aquella tarde de sol plomizo en que supo responder al enigma por ella planteado: ¿cuál es la última letra del alfabeto, que es sinónimo de plomo y muerte?

Urvans y tamales de chipilin en Sancris


Mi mano sobre tu mano sobre mi deseo. La vorágine de las horas, que apenas alcanzaban. Las avenidas diluyéndose. Nuestros pasos por el parque central, el recorrido por Santo Domingo. Tu mano sobre mi mano bajo la lluvia.
Evitamos las postales. Las polaroids. La repetitiva fotografía del turista. Bastaba sabernos vivos y al borde del majestuoso incendio.
Evitamos las aglomeraciones, aunque con frecuencia las encontrábamos. Mi mano bajo tu mano iluminada por una sonrisa siamesa entre la niebla. El futuro era una palabra inexacta, casi imposible.
Los andadores, el frío, el deseo creciendo como la hierba en los caminos. Nosotros sin saberlo sin tomar precauciones a lomo de la felicidad. Las horas disolviéndose en nuestros labios, que en el oleaje de su saliva acrecentaban la marejada de las ganas. La urgencia por el otro cuerpo.
Esa noche cerraba los ojos y encontraba el pequeño lunar en el centro de tu espalda. Tu risa llegaba a mis oídos al más leve chasquido del agua.
Sudorosos incendiamos nuestro lecho. Mi cuerpo enlazado a tu cuerpo fuera del mundo fuera del mundo fuera del mundo...
3 comentarios

Xalapa, cerveza victoria y tlayudas


Atraviesa el parque hasta alcanzar el extremo donde el paisaje se muestra en toda su solemne nubosidad. Piensa en los días que pasaste en tierras extrañas, tan extrañas que incluso la idea del amor fue posible. Vuelve a otear el horizonte. En la biblioteca, hurga entre las maltratadas páginas de un libro que perdiste hace meses y aquí reencontraste. Lee poesía, tiembla de ansiedad por la falta de sueño y el exceso de café, por el ayuno, pero tiembla. Por la desesperación y por la duda. Termina de transcribir ese soneto que escribiste a una mujer que hace días no ves, imagínala perseguida por los perros de la fiebre, y siéntete miserable. No pongas punto final a esas catorce líneas. ¿Sientes ese aroma indefinible que acaricia tus cosas nasales? Recuerda entonces otra biblioteca, cercana al Grijalva, a dónde nunca volviste, recuerda también el dolor en la espalda que te inmovilizaba largas tardes.
Recorre las descuidadas galerías antes de volver a la calle. Entra a una fonda, y mientras esperas a que llegue tu platillo, pide una cerveza; deja a tu sed beberla con devoción y prisa, siente la embriaguez recorrer tu cuerpo, vuelve a pensar en ella. Escucha la música de percusión y metales rellenando suavemente las paredes de la fondita. Recuerda tus días en la otra provincia, la que alguna vez llamaste hogar.
Recuerda la última conversación a lomos de la madrugada, los noventa minutos de la llamada que estuvo llena de silencios que no sabes si llamar incómodos. A pesar de ello, deja bullir en tu pecho la esperanza y el deseo.
Pide otra cerveza. Pierde tu autobús. Busca una cantina para seguir bebiendo. Pierde los últimos pesos. Pierde la compostura y la conciencia. Piérdelo todo.
en esta abismal cercanía
el caos abre su fauce pero no me traga
yo pongo a macerar en una botella
los restos de la ternura
como si de un fruto se tratara

un fruto cuya pulpa manchó la barrera
de mis labios, el cristal helado del pecho
¡ah, otro deshielo así no habrá!

la noche se sienta como un viejo parroquiano
en una esquina del calendario
y pide un trago que no le será servido
pero qué importa: sólo le interesan los naufragios
Supongamos que habitamos un universo similar al nuestro, pero en este las artes no se han desarrollado en muchos sentidos, aunque hay maestros renombrados cuya impronta ha quedado grabada en la memoria colectiva. Que sin embargo, al no haber un registro esquemático de la historia del arte, sólo perduran los nombres, sin más elementos que el vago recuerdo. Que además, cada cierto tiempo, alguno de esos genios tiene la fortuna o la desdicha de reencarnar, conservando su potencial creador, y lo aplican a fines disímiles, que a nosotros nos parecerían absurdos, grotescos.
Supongamos entonces que Magritte ya ha existido, ya ha dado al mundo la imagen imperecedera aquí, pero ya desvanecida en aquella realidad, de Los amantes. Convidemos a la imaginación a asumir que su nombre ahora es Margarito, y fiel a los tiempos que corren, forma parte del hampa. Que es un jefe de plaza despiadado con sus enemigos y con sus deudores. Mucho más con quienes lo traicionan.
Que su sello de autor es la misma imagen que lo ha hecho inmortal en otro siglo, con otro nombre, con otra técnica: el beso antes mencionado, con la salvedad de la actualización. Horrorosa, grotesca, pero no carente de estética. Una estética de la violencia, desde luego.
Margarito, digamos, ha hecho de un país llamado México, o Colombia, o Sierra Leona, una galería de ensangrentados lienzos: en los últimos años han aparecido en calles, parques y museos, las cabezas decapitadas de sus enemigos emulando el gesto de un beso impedido por bolsas de plástico oscuras sobre un espeso fondo escarlata.