26 may 2020

El otro (un fragmento)


arrellanado en una banca de madera,
el otro mira caer la lluvia sobre el patio trasero de la casa
lo embelesa el sonido del agua al golpear
contra la gravilla del suelo y las tejas
que resguardan el lavadero y su tanque siempre sediento

alguien le ha hablado de los fantasmas
que rondan el espacio abierto de la calle,
del espíritu de un niño nonato que juega al escondite
entre los limoneros del vecino

pero él sólo ansía la floración de los dos guayabos japoneses
y la llegada de sus frutos rojos:
recuerda, salivante, la dulce acidez en el cielo del paladar

Abandonado hace siglos, se embelesa con el sonido de la lluvia
sobre los confines breves de su reino
luego cierra los ojos y atravesando
los recovecos del sueño y el delirio
me mira como quien ve a su verdugo y a su víctima
con la sobria indiferencia del que ha vencido a la desmemoria

Soneto XXVIII


¿dónde están mis fantasmas ciegos,
el otro, que me perseguía día a día,
el dolor de haber salido vivo -¿moría?-
pero a solas tras la trifulca del amor?

¿dónde quedaron las espuelas que
mi carne hendieron, ahora que la
carne sigue huyendo? ¿en qué agua
saciar la sed, en qué lejano estanque?

¿este caballo corazón ha de agotarse
como una flama vieja que se aquieta
o ha de buscar la roca, el acantilado

sobre el cual ofertar el holocausto pese
a sus huesos? ¿lo abrasará la inquieta
vida, o se llamará cobarde, humano?

Un epitafio para Macario


he sido yo, y nadie más
mi mandíbula hambrienta
mi paladar delirante
a la sombra de este bosque

no hubo dios menesteroso
que tendiera su mano enferma
en exigencia de una pretendida piedad
ni orgulloso, petulante demonio
que quisiera seducir mi hambre
mi obsesiva carga por décadas
tampoco la muerte y su sonrisa terca
llegó al festín con tiempo
nada le he ofrecido para sobornarla
nada me dió a cambio
ninguna maldición, ningún ensueño

a la sombra de este bosque
mi paladar delirante
mi mandíbula hambrienta

he sido yo, y nadie más

ya lo había dicho
este animal
que me persigue
que pasa su lengua
por el centro de la llaga
que en su fauce guarda
el recuerdo imperfecto
de cada herida acumulada
este animal
es todo lo que tengo
para herir al olvido
es mi acero mellado
mi única defensa
y mi único veneno
lo que recorre
y carcome
este enredo de sangre y desasosiego

este amasijo de palabras

este amasijo de palabras
bien podrían ser mi corazón
pero estoy lejos de la metáfora
y muy cerca del deseo
-peligrosamente cercano-

afuera el frente frío se empeña
en humedecer paredes y callejones
empaña cristales consigo trae el silencio
la placidez del entumecimiento muscular

yo trato de poner en palabras
una débil declaración de impuestos al fuego
pero soy cobarde
ardo en circunloquios
en cansinos preámbulos

he querido decir
"este amasijo de palabras
es mi corazón para el altar
de tu orgasmo y tu cinismo"

porque soy cobarde
vine a escribirlo
a echarle tierra encima

este amasijo de palabras
es una tumba recién cubierta

ahora saldré a la calle humedecida
que me bese la tormenta
que apague mi incendio y lo congele

no arder, evaporarse

las ratas del vecindario bailaron hasta el amanecer


pero tú no lo sabes ni lo sabrás
esa noche hubo fuego por doquier
carreteras devoradas por la velocidad
personajes apresurados por bailar un vals
con su propia muerte

las ratas del vecindario bailaron hasta desfallecer

pero qué importa
nosotros atravesamos el firmamento
hechos un poco polvo
un poco mierda
desvencijados
por la golpiza constante
del deseo sin correspondencia
-alguien echará un vistazo a su buzón, otro vacío-

qué importa, entonces
si ya nos bebimos la chicha amarga
del abandono
el lecho infame de los parques
el hospedaje compartido
en la jardinera vecina
follan dos homosexuales
muere un perro que te recuerda a tu primer mascota
alguien solloza
o inhala solventes
/ esto es, entonces, un bodegón
cuadro costumbrista
del siglo veintiuno

y por más que pretendamos
nos asoma un poco lo bestia feral
lo milenariamente hambrientos
/ay, hijos de Macario ensoñados
con un imposible pavo -uno, para sí-
pobres, babeantes, orgullosos/

las rosas del vecindario ardieron hasta fenecer

importa, a fin de cuentas,
llegar asi sea rengo
tuerto del corazón
a mirar las ruinas
las esmeradas cenizas
de tu juventud
de mi juventud
si estamos
ahora
cristal con película antiasalto
heridos de arteras rocas
quebrados
pero en pie
acaso importa
deshojar la margarita de la desesperación
a golpes de maza
asir el primer juego de labios
en la oscuridad
o dejarse llevar
hundir la triste humanidad
en cualesquier fango
estallar
a
ho
gar
se
con puntualidad inglesa

las lenguas del vecindario se retorcieron hasta enmudecer

pero tú no lo sabes
no lo sabrás

tú estás mirando
el firmamento
cuentas los claxonazos

te sueñas
arrojando migas de pan
envenenadas
a los pichones
del desencanto

tus cañones enfilados
a la cara de la eternidad
esperas
darle en la madre
rasgarle la camisa
pedalear luego hacia
la nada
o el olvido
o la casa donde creció tu padre
aprisa
que se llega la hora de la merienda

qué jodido

las güeras del vecindario
tarde a tarde
desde su balcón, etéreas
te han hecho suspirar hasta desfallecer

ahí tienen el basural de la noche

ahí tienen el basural de la noche
la flor abierta de la desesperación
y el alba arrastrándose entre espinos
pero dónde está lo roto,
lo inasible, lo necesariamente ígneo
la chispa donde el motor funda su rabia
dónde están los cisnes del espíritu,
degollados en la mesa del deseo,
desangrándose en su aleteo, desesperados
inútilmente aferrados a la esperanza de un último respiro

ahí tienen la garra del tiempo sobre la garganta
las crisálidas rotas como ventanas rotas
que dejó tras de sí la angustia
los viveros donde la muerte cultiva
esmerada sus frutos
esos frutos que nos llevan, presurosos,
a saltar sobre las hermosas cuchillas
de la pasión, el deseo y la furia
ahí los tienen
agazapados como bestias famélicas
a la caza del sustento

pero esta palabra no me pertenece,
ahí la tienen, brasa bajo la lluvia, lodo

tenso en el hilo de mi sangre, pendulante


como habitante recién llegado al áspero
nido de la horca, remecido por el viento
condimentado por el salitre y por la brisa
adormecido en cada músculo y tendón
sin Aquiles moribundo, sin guerras donde la derrota
Iza banderas, sonámbulo acaso, perdido en los pasillos
del invierno o del verano
ignoro porque desconozco la coloración de su estandarte
porque el laberinto se cimenta en el sueño
y el sueño en el desamparo

yo digo adiós en una mueca que no es mía
con un brazo que he hurtado al deseo
con una sinceridad que se me escapa
tenso en el hilo amargo de mi sangre,
péndulo en el vientre abierto de esta noche

buscaba acaso un labio sin espina

vagaba como siempre por la vida,
buscaba alguna flor, lunas, paisajes;
buscaba una cruz, los personajes
para un cuento, un beso: tu saliva;

buscaba acaso un labio sin espina,
la carne que se entrega sin visaje;
miré mi alrededor, busqué el pasaje
en mi bolsillo roto, te pedí esquina,

pedí me dieras raite en tu querencia,
pedí como quien pide una propina
por sus chistes; busqué tu ausencia;
hallé un pañuelo, botellas, cocaína,

hallé las fieras de la adolescencia,
con silla de montar, la hemoglobina,
el nervio del dolor, su concubina,
la sal del mar, morir, mi penitencia

he salido a la lluvia, humildemente, como quien sale

he salido a la lluvia, humildemente, como quien sale
a refrendar su deuda con la calle, como quien ha empeñado
repetidas veces la palabra,
el nudo crepuscular del tedio
y vuelve a hacer la fila, empecinado
en la excavación del miedo y la zozobra,
en busca del santo Grial de los terrores cotidianos;

la calle se cierra, sin embargo, estrepitosa,
goznes hay que se lamentan en la profunda oscuridad
del día, espejos a contraluz, y hacen reverberar la sangre
que ladra, infatigable, al ser tocada;

la ciudad se ahoga en su vaso de agua podrida,
y yo he salido a la lluvia, como quien vuelve
a firmar un contrato con la nada, y agradece

volverán las inundaciones a cercar la tierra


otra vez
un bulldozer
atraviesa
la ciénaga
del pecho

flores cultiva
o peor
la esperanza
el deseo
en la punta
de la lengua

pero soy
un hombre
triste, grisáceo
sentado
en el borde
de la desesperación
ya he silbado
con las aves
arrojado
rocas
al abismo

perdón
hay un deshielo
en mi pecho
puede que
la tarde
amenace
con lluvia
un huracán
o dos ojos
de mujer

otra vez
sueño
que el incendio
llama a la puerta
moribundo
se despide
y el cielo
vuelve
secretamente
a despejarse

no espero demasiado,
y acaso esto sea excesivo:
que al menos un poema,
una línea, sea meritoria
para alojarse entre los molares
de la posteridad
o como una bala
hiera al caballo del olvido

25 may 2020

en la herida primordial cantas
nocturno resplandor entre las aguas
roca en la vértebra del siglo
agitas tu pañuelo para ahuyentar cometas
o enrevesados sortilegios
cauterizas, en tu beso, huracanes:
rompes como a un cristal todo el insomnio

he caído
en esta secreta torcedura
del ánimo
con cada uno
de mis huesos

tú sabes
y yo sé
muy bien

que esta sed
nos viene de hace tiempo

ciclones había
en torno

playas ardientes
todo ardía como un corazón
envuelto en mantas de lava

desde entonces
la saliva pastosa de quien
naufraga en el desierto
el ojo trastabillante
a la caza de la cordura
alguien huía de sí

tú no lo sabes
esta serena luxación
del sueño
los nombres arrebatados
a la nostalgia
cada falange tamborileando
en el cráneo abierto
del deseo

y quiero, entonces, tomar tu mano

y quiero, entonces, tomar tu mano,
poblar con mi deseo la distancia
entre nosotros, el abismo pueril
donde se estrellan, cotidianos,
los hambrientos buitres
del miedo; pero poco sostengo
en la mirada, alguna roca que cayó,
durante la tormenta, en la palabra,
las fieras que habitaron el misterio
de tu nombre en otros días,
antes de volverse costumbre
este mascullar, entre las sombras,
al abrigo de toda luz, las sílabas
que apenas, difícilmente, te dibujan;
entonces, insisto, hay una sed terrible,
como una resaca que llega con rudeza
al lecho, a la crispación del vientre,
y dice nuevamente que el reino ha sido
devastado, y sólo hay fuego para bregar
en el crepitante cuerno del día,
y esta sed lo oculta todo, enmudecida,
enmudeciente, y abre una puerta
por la que surgen, azorados, los galgos
de mi extraviada ternura, de mi enceguecida carne,
y juguetean, y me destrozan, y acaso
tal vez algo dentro de mí, oscuro, roto,
aprende a sonreír, agotadora, torpemente