9 abr 2020

Ósculo de tierra y carne,
brasa en la profunda entraña del ojo,
rotura del talón, enrojecido hierro,
óbolo, para qué Caronte, para salvarse de cuál Leteo;
música, obscena música para la podre, para el fango
No tenía más de diez años cuando me lo encontré por la calle. Iba sucio, maloliente, cabizbajo, como avergonzado de estar allí, en cualquier sitio. Movido por la curiosidad, le pregunté quién era y donde vivía. En todas partes, me respondió, soy dios. Lo dijo así, con minúscula, con pena. Le dije que no estaba dispuesto a creerle si no me daba una prueba.
Ese es el problema, me dijo, yo no existo. Y se desvaneció.
Ausencio va por la calle, empapado. Sube, le dice el hombre de la camioneta. Cruzan algunas palabras, dicen mucho sin decir realmente nada. Chancean. Pa dónde, cabrón? Ya pa que vas a tu casa, ya está cuidándola el sancho. Ora, si no le alcanza no reparta, compadre.
Ausencio abre su chamarra. Aparecen unos polluelos. Te los robaste, acusa el de la camioneta.
No, 'onde vas a creer? Si son mi familia. cómo van a ser tu familia, le reviran. Sí, mira: venía yo caminando bajo la lluvia cuando me vieron pasar. Y gritaban 'tío, tío, tío!'. Y ni modos de dejar así a la familia, a la buena de dios. Pos no.
Digamos que hablo ante el espejo,
que algo de mí baila en el filo de su noche,
taciturno, atribulado, nudo en el pescuezo
del anzuelo o del ahorcado,
pero sin carnada, tal vez se haya olvidado
de buscarla entre las piedras o en el viejo
zaguán del cementerio; pero hablemos
otra vez de aquel espejo, o debo decir del espejismo,
de la mano que enturbió su azogue,
una mañana, casi al descuido, como quien
no sabe de qué va la cosa esta tan triste,
tan simple de morirse en horario laboral, un lunes,
o un domingo al rayar la silueta de la noche,
y vuelve siempre, aunque no quiera,
a remontar la cuesta de escalones
y transporte público y empujones y gritos
y merolicos que voz en cuello anuncian
la última cura para la soledad, úntese el ungüento
del viejo lobo gris, aulle cada luna llena,
a cada empellón de facturas por pagar, y sálvese,
o anunciando, tal vez, el último horario del apocalipsis,
su debacle a cinco pistas,
y tal vez no sea la calle,
tal vez seguramente se trate de uno mismo
hablando ante el espejo, la mano puesta en la caricia de su filo
En esta hora de melladas cuchillas que te nombran,
furiosas, exasperadas bajo el sol,
en este nido sin ramas, en esta calle sin nubes,
roto como el roto pavimento, anegado de alcantarillas,
perseguido en la pesadilla por roedores,
escribo tu nombre y el sitio exacto de tu llaga,
en este añejamiento del espíritu, la avinagrada carne del recuerdo
señala el arañazo primero de la angustia
en esta caída de hojas, en este permitirse el desmoronamiento
de la epidermis, bosquejo el rostro imberbe de la nostalgia,

en este siglo que no nos pertenece, herido de estertores,
en este rincón de la nada, abotagado,
balbuceo tu nombre, padre
Vengo de despedirme, de decir adiós a alguien,
es decir de abrir un boquete en la pared
de soltar uppercuts contra el pómulo del amor propio
para ver cómo se astillaban mis nudillos
quiero decir que vengo de abrir una herida
de cerrar una puerta, de abandonar el principio de un jardín,
que me he abrazado al cuerpo de la borrachera
para, según esto, el cánon, la costumbre, salir del paso,
cauterizar el duelo, pero estoy herido,
podría decirse que roto por mano propia,
mirando la combustión de mis naves,
una sonrisa que finge demencia en la penumbra
un par de ojos negros que se pierden,
eso alcanzo a recordar, mis naves ardiendo sobre el agua
la nostalgia creciendo como un árbol de eucalipto en mi vértebra
Buscaba una cerveza para cerrar la noche. Para reconciliarme con el sueño. Había recorrido las escasas calles, sin éxito. Aunque, ¿qué buscaba? Una puerta de entrada al paroxismo y a la sangre. Algo que me arrancara del sopor en que me había enfangado: la insípida manta de lo cotidiano.
Pensé en ella, en el desamparo de sus ojos al despedirme. Ahora, esta noche, el desamparo me acaricia el hombro. Como un viejo amigo, me convencía de cerrar todas las puertas, de vagabundear henchido de desasosiego por las calles mal iluminadas de una pequeña ciudad, dormida casi en su totalidad poco antes de la medianoche.
Una patrulla destartalada se cruzó conmigo por enésima ocasión. En alguna madrugada me despertaron, mientras sorbía el sueño de la borrachera en el auto; está bien, joven?, alcancé a escuchar, pero bien pedo, dijo el copiloto. Subí el cristal y volví a dormir después de mirarlos como quien mira a un apestado. Pésimos para hacer chistes y para atrapar criminales.
Entré a una cantina. La fachada tenía agujeros de bala, y la pintura se estaba cayendo. Seguro habían conocido tiempos mejores. Las mesas estaban ocupadas por un grupo de hombres que parecían festejar algo. Un cumpleaños, tal vez; todos parecían haber salido del trabajo, desaseados y bulliciosos, desesperados por liberar la tensión que los días van colocando sobre sus espaldas. Ebrios y festivos, llenaban el local con sus gritos. Acaparaban a las escasas ficheras y obstruían el paso a la rockola. En la barra, donde me quedé, pedí una cerveza. Estaba tibia, y a ratos me llegaba un olor a anciana incontinente. El olor que coge la madera o las telas cuando han sido meadas insistente, sistemáticamente. Un olor a abandono insufrible. Miré al cantinero, otrora una mole disforme de más de 120 kilos, hecho un palo. Salvo dos o tres parroquianos más, con los que compartía la barra, toda la clientela estaba en la mesa del festejo.
Iba por la mitad de la cerveza cuando el olor se volvió insoportable. Di un último trago y salí de allí. Había salido buscando congraciarme con el sueño. Compré cuatro cervezas en una licorería y volví a casa. No abrí ni una lata.
Traía en la cabeza unas líneas que hablaban de ti, del otoño que nos cerca irremediablemente. Tenías 21, yo iba alcanzando los 23; nueve años han pasado y la herida de la distancia permanece, en buena medida porque me he empeñado en mantenerla abierta con mis uñas de animal de calle, a lametazos. Pero conducía mientras la noche asentaba sus faldones sobre el horizonte. Así que aquí estoy, en la barra de un bar, escribiendo en tu nombre, aunque, tengo la certeza, de escucharte a mi espalda, me costaría reconocer tu voz.
Aquí escribo: olvidé lo que hoy tenía para decirte, esa ternura fugaz e infrecuente que aún sabe nombrarte.
¿Has leído poesía la tarde posterior a una borrachera de whisky en un bar solitario, anodino, hasta bien entrada la madrugada, quedarte dormido en el auto a medio camino, y despertar con una resaca de esas que en principio parecen la elongación de la borrachera, algo beatifico que luego sin que lo notes, paulatino crece con su verdadero rostro de hiena y te muerde el cráneo y parece conseguir romperlo, y casi tocando el mediodía aparecer una gripe con toda su violencia, con la violencia de quien hubiera golpeado tus costillas insistentemente, y luego de un rato dejarte tirado en la cama, mientras afuera llueve, llueve con la parsimonia que tendrá la lluvia que acompañe el fin del mundo, y adentro te revuelcas entre pesadillas que olvidarás apenas abras los ojos? ¿Has tratado de leer poesía así, de profanarla con tu aliento de fermento (estuve a nada de poner muerte fermentada, pero es redundante, el que muere comienza a fermentar su podredumbre, a empollar su olvido de materia inanimada), lo has intentado, tocar con la mano temblorosa y los ojos como dos brasas llorosas, un libro de poesía, como si buscaras un asidero para salvarte de ti mismo, sentado en un excusado que da la bienvenida al frío de la calle, te has atrevido, te atreverías a mancillar de ese modo cosa tan elevada, intangible y casi sacra?

Soneto XCIX


¿He de volver a ser materia viva, este conjunto
amorfo de entropías, la misma sangre y el cúmulo
de fuegos que mi ser consumen? ¿Seré el lúpulo
o la cizaña que inunde el campo, el nuevo difunto
de futuros días, habré de ser otra vez roca, nulo
follaje, o el andamio de un castillo? ¿Qué, pregunto,
habré sido en otras horas? ¿La carta sin asunto,
que habló de amor, el enemigo al que estrangulo?
Si he sido polvo humilde, si hierba altiva, torpe metal,
¿importará a la postre, a los escribas, al infinito
paso de los días sobre los días, hará mella fatal
a lo que he sido y lo que malamente llevo escrito?
¿Será mi huella, visible entre el extraordinario panal
del universo, o me devorará la nada, el infinito?
Bosque, ¡qué duro crecer bajo tu sombra!
¡Qué lejana, que esquiva la luz del alba!
Tristeza, qué afanoso sembrar mi malva,
en tu jardín de hiedra y rosa. Ronda
la noche en pleno día, y recógese la mansa
sangre pecho adentro. Ciego me nombra
el vendaval, ya la tormenta. Su oscuridad alumbra
la llama en mi conciencia: su beso es larva
(la tristeza, digamos cual polilla) en mi garganta.
Bosque, tu entraña sobre mí ya se agiganta.
Tu luz susurra, inalcanzable; mi pobre voz
se desespera y llama y en el eco se hunde,
cadáver, roca, acero, en el fango atroz.
Todo es silencio, mi lengua vive, en ti se funde.

Las noticias de Íthaca (17/09/2018)

Hoy ha muerto un amigo. Hace años que no lo veía. La última vez, apareció de improviso en la casa de mi madre. Compartimos una cerveza. Por los buenos tiempos, dijimos mirando al horizonte. La pequeña comunidad ya estaba recogida, bajo sus techos de losa, paja, láminas de zinc y miedo.
Era nochebuena, no pasaban de las diez de la noche pero todo estaba en silencio. Los tragos nos pasaron lentos, fríos, por la garganta. Volvimos a decir salud, qué locura, no? Sí, está muy cabrón. Pero tú eres compa, me dijo, contigo no hay problema.
Luego se fue, llevándose dos cervezas más.
Hoy me llamaron para decir que ha muerto. Encontraron su cuerpo en las antenas, a unos treinta kilómetros de casa. Unos ochocientos metros más arriba en la escala del nivel del mar.
Pero no quiero errar el verbo. El 'Askis' como le decíamos, no murió. Lo mataron.
En un territorio disputado hace al menos seis años por el narco, estas noticias ya no hacen mella, uno se acostumbra, tal vez, a contabilizar mecánicamente los amigos, los vecinos que se han ido. Aprende a distinguir qué grupo tiene el control o está a punto de perderlo, y en cuál juega cada conocido. Una desproporcionada tarea de supervivencia.
No se desconfía del vecino, como en la urbe, porque se piense que puede ser gandalla y robarte el tanque de gas, o el celular. Se desconfía de todo, porque el otro puede estar en la nómina del grupo rival, o tratar de zanjar una vieja disputa acusándote, calumniándote de ser dedo con algún sicario, muchachitos embotados por la coca y la adrenalina que les da una 9mm que muchas veces ni tan siquiera saben usar. Desconfiar de todo porque la vida está en juego. Porque un día de estos puedes amanecer haciendo parte de la decoración de los basureros municipales o un montón de carne en la que practicar las habilidades de carnicero. Se desconfía de la propia sombra, y a quien se le da la confianza, se le entrega hasta la vida.
Dijeran por ahí, cada vez más la muerte se parece a la propia, los muertos ya no son los extraños, el viejo cascarrabias de la esquina.
Pasarela de difuntos urgentes, vida loca.
Hablar de tí, a todas horas,
al cobijo del más cándido pretexto.
Ahí mi oficio: Caronte
obligado a cruzar las aguas
del naufragio.
Imposible habitante de la orilla.
Hasta el próximo colapso
Otra vez llego a la orilla final de la noche,
gritando el nombre tuyo, enfermo de mí mismo:
naufragué toda la noche para alcanzar la cuchilla del alba,
incendié mi lengua para llamarte sin resquebrajamiento,
pero estoy herido de tu ausencia, y no consigo desvanecerme,
aliviar esta dolencia de etérea carne arrancada a mordiscos, de astillado hueso;

heme aquí, ahora, a unas brazadas del naufragio, bandera en alto,
caído, desvencijado, con mi cadáver a cuestas, sudoroso
hemos abierto una puerta imaginaria,
hemos dicho una palabra desgastada a fuerza de pronunciación,
hemos roto los pantalones rotos del desamparo,
hemos hecho juramentos de sangre, sin la sangre
pero exigimos no ser llamados traidores