17 feb 2020

Sostengo en mis manos un ave de colorido plumaje.
Su canto se parece mucho a la tristeza,
a una fiera que se lamenta en el centro
de la estepa, abandonada, hambrienta,
no hay en su piel herida, pero en su interior
crece, larvario, un parásito de miedo.
Hay en mis manos el canto de un ave luminosa.
Su aliento me recuerda mucho la tibieza
de un lecho que he perdido, que la garra
del tiempo destrozó una noche de rojas telas
que caían, telones, a los pies de mi deseo;
tardes que se sonrojaron al cobijar nuestro vaivén,
y que, destrozadas, también, debieron guardar
en sus gargantas el espasmo final que nos salvara.
Entre mis manos gorjea el tímido gorrión de la nostalgia.
Su plumaje húmedo tiene el rocío de los amantes
que están a punto de separarse, y miran, desvalidos;
la línea impasible del horizonte, mientras sus ojos
se derrumban, y en el aire de la tarde, Ícaros,
se acercan, para caer, en los acantilados
de un bar, o de la insoslayable, esquiva muerte.
Ya he dicho demasiado, que sostenía, necio,
el inquieto corazón de un ave de oscuro nombre,
y mientras hablaba, ay, mis manos han acariciado,
hasta romperla, el ala de su vuelo, el agua
de su canto, la luminosa venda de su plumaje!
la noche es un cuerpo
desnudo, a la espera
del amante o de la muerte

pero, ¿quién amaría la noche,
con su primigenio terror , su ruido
de indefensos fantasmas, el croar

de anfibios en celo? ¿quién amaría
su carne, el filamento de su horror,
el ojo abierto de su luna, que nos mira
como el ojo de un ahorcado reciente,
de ladrón o hereje recién sacrificado?
Amar la noche, rodar sobre la nada,
andar a tientas, espulgando el misterio
de una ceguera impuesta, la necia
inflamación del espiritu, terreno
de lo prohibido, herida en que la sangre,
más que correr, se hunde
Siempre recordaré tu rostro,
tu calmada voz de muchacha fuerte,
la tarde que corría como un ladrón
desesperado, por las calles de esa ciudad
donde nos encontramos, tal vez para siempre,
tal vez, como un par de líneas
que se encuentran después de mucho
sólo para tocarse, y luego, irremediablemente,
separarse para siempre, o peor aún,
como dos parábolas que se acercan,
que milimétricamente se acercan,
pero no se tocan, aunque parezca,
a la distancia, que su toque es inevitable,
y entonces, el desconsuelo, de no saber,
del desencuentro dado antes, mucho antes
de encontrarse, colisión planetaria
que jamás sucede, pero seduce.

Por eso digo que siempre guardaré tu rostro
como quien guarda la fotografía
del primer atardecer en la montaña,
o la última imagen del desierto,
con el celo del que guarda un tesoro
nunca abierto, el agua de una eterna
aunque perdida juventud, y sabe
que el espejismo es cosa real, presente,
y aunque se aferre, tu rostro se irá difuminando,
como esta tarde que se instala,
o, para ser más exactos, de esta noche
que se acerca, del amanecer que ya corre
hacia nosotros, para rompernos,
ola que besa la arena que encalla sirenas
Ruedo, fardo, sobre un manto de humo.
Agrietado está mi corazón, como esta tierra:
moribundo pero en pie, acaso festivo;
otro, más sabio, con la herida apenas entreabierta,
menos precavido, nunca a salvo,
agito, desde mi alcayata, la camisa manchada de sangre.
Ruge un jaguar, hambriento. Me llama
La palabra
más dulce
del castellano
era su nombre
que me perdone
el dios
de la gramática
los manuales
del buen decir
los músicos
y sus conservatorios
que me perdone
la sordera
magistral
del buen Beethoven
la oreja mutilada
del necio
Vincent
no hubo dulzura
posible
en esta tierra
antes
de ese nombre
atado
irremediablemente
a ese cuerpo
que amé
mientras
lo nombraba
en la más candente
oscuridad
no tengo nada
para decir
en mi defensa,
señor juez
que me perdonen
todos, o nadie
si es el caso,
pero
no he de cambiar
mi declaración:
no hubo
ni habrá
dulzura
si no es
en el arco
de su nombre
Para volver al hogar, abres la puerta
-no hay, en esta tierra, puerta cerrada,
candado, o cerradura que se niegue-
esperas hallar la dulce melodía de primavera,
el bullicio familiar, un amigo que se despide,
a punto de iniciar una aventura;
ya has imaginado las correrías de la infancia,
el río y sus márgenes donde arracimados,
maduros, te esperaban sus frutos;
todo ha vuelto a ti, como en comparsa,
la fiesta interminable en la noche de San Juan,
la danza, los fuegos artificiales han vuelto a iluminar
la noche de tu vuelo;
pero te engañas, hombre de sal: al ser tocado
por el espejismo, te desvaneces:
no hay puerta, ni hogar donde la calidez te añore,
toda entrada lleva a la infinita avenida del desamparo

Dvd's y gorriones heridos.


Pienso en ti. Te llamo. Pienso en ti como si te llamara. Te llamo como si pensara en ti. Como si una flama acariciara el interior de mi pecho.
Me canso de repetir las viejas frases con que nombro tu ausencia, este vagar por la noche sin tu carne. Tomo tu mano. Tu mano me toma. Como un cáliz en cuyo vientre se agita el vino de la resurrección. Tu mano acaricia mi espalda. Mi espalda es un cachorro que se deja acariciar, no sin recelo.
Somos tú y yo, desolados y luminosos en el centro de la multitud, tendiendo las manos como puentes levadizos. Tú y yo, en una casa tan pequeña como el mundo, mirando en la misma dirección: el cambiante paisaje en la mirada del otro, ansiosos de abrevar en el oasis que los ojos del otro prometen sin palabras.
Tu sueño me deja observarte, quieta al fin, mar en calma. Mis ojos vigilan tu sueño pero no entran en él.
Debo decir que pienso en ti. Que en estos días a la orilla del mundo, sueles ser la primera imagen del alba. Que miro al vacío, y al cerrar los ojos, vuelvo a imaginarte: dormida bocabajo, tigresa que descansa, y sé que no puedo sino apreciar el esplendor de tu trasero desnudo en la cama. Que debo besar el nacimiento de tu espalda, volver a nacer entre tus piernas. Entonces levanto mi copa, bebo a tu salud. Vuelvo a aceptar que te echo en falta. Que te llamo como si fuera lo último que quisiera hacer en este preciso instante. Verte, hundirme como un barco en tu saliva.
A fin de cuentas, es simple:
el mundo se cae a pedazos,
y yo escribo sobre la desesperación
y el miedo, y la miseria del hombre,
quiero decir, de la miseria que
me corresponde por ser hombre,
del miedo que me cabalga,
del beso de la desesperación.
Hay una batalla dentro, descarnada.
Afuera queda poco, los restos
de un naufragio, el desierto,
los recuerdos de un mundo que se quiebra.
Afuera hay un hombre que lo mira todo,
que aparenta una calma perdida.
Ese hombre va a saltar, tal vez ya ha saltado.
Tal vez escribe en la caída
Se vive a ratos, a intermitencias. Se está vivo a condición de incendiarse a cada paso, sí y sólo sí se está dispuesto a dejarse descoyuntar los huesos y la calma a cualquier instante. No hay otro modo.
Vivir es cosa aparte, asir la mano del agua. Sangrar y hender la mano en esa herida. Cortar las amarras del temor, hacerle un nudo a los pasos de la tristeza, para que tropiece.
Levanto mi cerveza, digo salud. La noche con su turbio beso quedaron lejos. Estoy vivo, sé que he de morir.
Ardía mi corazón cuando en tu boca
tu muela remolía su ciego palpitar;
quiero decir: tu diente lo abría en su mitad
y estaba a gusto, muriendo en esa boca.

Ardía mi corazón cuando tu beso, gota
de humeante rocío, tocaba mi orfandad.
El alba tenía tu nombre, la noche tu humedad.
Todo en mi era fuego: mi pecho la oscura roca.

Tu boca era refugio para mi beso amargo,
tu abrazo el puerto donde se aquieta el mar.
Todo era el incendio, todo bastaba, cualquier gesto:

coger una libreta, verte escribir un largo
beso en tinta azul, tu contenida furia al reclamar
el distraído querer, incendiarse a cualquier gesto.
Hablo de ti, de las calladas cosas
que dan forma a la ausencia que es la muerte,
el murmullo de una conversación ahogada
en el agua límpida de la memoria, como un ruido sordo
de agua en picado que se extingue apenas dado el golpe
sobre el lecho de rocas,
una carta que se incendia, ordenada y feroz, en el aljibe de la tarde,
hoja tardíamente rota en el otoño,
descoyuntada en la armonía de su filamento más puro,
malabar, arquetipo, polvo suspendido en el marco de una fotografía
que renuncia a sus colores, insignificante, despreocupada,
viento en el viento en la tarde, en cualquier tarde
Me duele el corazón de tal manera,
que al más leve suspiro torna sangre.
Mi amor hace equilibrio en el alambre,
mi lengua ya es de piedra o de madera.

Mis ojos, al mirarte, sienten hambre
y tú, la indiferente, me miras cual si fuera
un falso cristo trepado a su madera
Al quererte, tiemblo cual si un calambre

mordiera, al verte, mi tristeza. Abro
la casa, el jardín, para que veas
la ofrenda de mi pecho; no creas

por ser poquito, que no adoro
tu voz y tu silueta: mi amor es cachorro
que gime por tu beso y que le creas
Y bien, hay cosas que se rompen, que sin remedio señalan la quebratura del hueso o de la estirpe, que en la grieta de su deseo hacen presuntuosa danza, festín de cicatrices, en que carne que crece sobre la carne para cubrir la herida es síntoma de fiereza o desapego, aunque en el ojo, en su más lejano fondo, un niño, hambriento y despiadado en su tristeza, tiemble
Esta pesada losa de ignorancia,
de adivinar, entre el silencio del mediodía
y la bruma de estar, a solas, descoyuntando muertos,
apenas unas cosas, lo esencial de su madera,
las puntas maltrechas del recuerdo,
esa cabellera inusitada, brillante,
que ondea sobre la colina de la tarde,
bandera pirata, amenaza de tormenta,
esto de no saberte y estar vivo,
acorralado por la duda y sus lobos,
lapidado, infiel que se inclina en la oración
pero sabe que llegó tarde
Te has de marchar, como la suave primavera,
te has de marchar, y a cada nueva hoguera
habrá de arder mi corazón, porque te espera.
Tu partirás, mi mano agitará, tenaz, su pena,

el viento cantará también, pero será negra
la melodía que nazca en su boca de madera.
Tu ya te vas, he de aceptar que no quisiera
quedarme atrás, y sin embargo, a la vera

de tu ausencia me solazo. No soy la fiera
azul que tu pecho anheló, o la artera
zarpa en la tapia de tus besos. Agua ligera

viniste, y te toqué. Ya nada me condena
salvo el amor, lo herido, lo que tu carne anhela:
tu talle, tu sonrisa, tu regaño: tu miel primera.