13 oct 2017

Santa poesía, madre de Yeats, ruega por nosotros los escribidores ahora y en la hora de nuestra mala letra, amén
El abismo me toca las sienes o soy yo el que tiende la mano?
Con qué dedo, en la fractura de qué hueso,
bajo el cuidado de qué sanatorio de oscuras vecindades
me conjuga la lengua de mi sino?
Ahogado en el agua de qué extraña borrachera, en lo profundo de qué selva
me sostengo, pinchado de qué alfileres se mantiene suspendida mi cordura?
Como viento de abril llegó la muerte,
como sagrada carne a mi mesa de pagano,
yo la toqué con el filo mellado de los dientes, con la excretante lengua,
con la denodada ansiedad a flor de piel,
y heme aquí, moribundo, condenado a la supervivencia
Antes del tesoro, antes, mucho antes de la sangre
relucirá el acero, fúrico, sediento, su afilada lengua;
buscarás entonces la paz de las banderas, el oleaje
manso del mediodía, las velas apenas tocadas por el viento,
otearás el horizonte, a la espera de arcabuces y piratas,
esperarás seguramente el horror marino de otro siglo,
de un siglo pródigo en tierras violentas y desconocidas,
óbolo será el pasado ante las aguas del caronte,
imán para fantasmas, azogue sobre el cristal, reflejo.
Cortarás con el hierro lo que forjó la carne, abrirás la puerta,
impaciente, pero no habrá otra vastedad que el mar,
cuerpos de salobre manufactura, seres amorfos que tenderán la mano
raquítica sobre la esperanza, sobre el pecho henchido del amor,
el descuidado amor del musgo; su mano tocará la piedra hasta tornarla polvo,
juego de sombras sobre la sombra, agua empozada para el hombre y sus caballos,
este largo trasegar por la ceniza, recoger los abalorios del olvido con la lengua
pero el hombre no escribe sino para sí,
carcelero de sí mismo, perro, jauría,
espanto;
no escribe fuera de la línea del estorboso amor,
le da más peso, como una báscula atrofiada
adrede en sus mecanismos internos,
al escribir nos deja el lastre más pesado
luego de prometer la ligereza
profunda, su lengua conjura el odio
y lo ensalza con la mano
qué poco hay detrás de la palabra,
el hueco horizonte del silencio,
la promesa futil,
la soga en el cuello del que será ahorcado
y uno hace poco, abrir de nueva cuenta la torpe boca,
injuriar al indefenso amor, perorar en contra
de los valores más humanos, atacarlo todo
como bestia hidrofóbica, toro de lidia
destrozado desde la oscura boca de su cueva,
energúmeno, ciego, urgido de sangre ajena
terco, insiste, dice que es inútil la paz,
sembrarse en el pecho la exigua, la timorata,
la inocente, la desnuda esperanza,
la imberbe paz del hombre y sus demonios

6 ago 2017

Llamarte, desde las periferias del incendio, mordiscar tu nombre como un fruto cuando se tiene hambre. Que sea el silencio el que responda, que sea el eco el que devuelva, cada vez, tu nombre cargado de reminiscencias.
Te veo pasar, de largo, por la casa. Abres las puertas, las ventanas, todo lo reordenas. Todo lo toca tu oscura luz, todo lo derriba. Los malos sueños, los recuerdos. La paz recién hallada.
Me he propuesto escribir con mayor denuedo, con la angustia de otros días. Que nada me sea gratuito, escribir hasta que duela, hasta el horroroso fastidio, que se vuelva un suplicio. Y pese a ello, continuar. Recomenzarlo todo. Borrarlo todo, aunque parezca contradictorio. Erosionarlo todo para cultivar sobre el yermo las volutas de voz. 
He decidido dejar de escribir sobre el teclado. Volver a la artesanía del grafito y de la tinta como principio. 
Salgo de casa, busco, como en otros años, las bragas bajo la orlada falda de la muerte: la sangre escandalosa, el filo de todas las navajas. No sé si permanezca a salvo, ignoro a tal grado que desconozco la puerta de salida a la calle.


Otra noche, otra tarde, escucharás mi lamento; otro seré, aunque el caudal de sangre mantenga irrigado el jardín de los recuerdos. Diré tu nombre con el desenfado de quien nombra una calle antigua, donde alguna vez halló, tras la lluvia, una moneda para completar el pasaje de autobús, o como quien recuerda el chascarrillo que a otro amigo tocó pasar. 
Alguna vez dibujaré los contornos de tu sonrisa, y una espina me atravesará por los flancos del deseo, serán mis muecas quebradizas para entonces, seré más viejo y estaré a solas, rumiando por las calles. Todos sabrán que sigo solo, y estaré tan solo que más de uno pensará estás conmigo, compartiendo el pan y el frío en la misma mesa. 
Sucumbirán mis dedos a la tentación de escribirte, como entonces, cuando supimos saborear el lujo del nosotros, de ocultar las cartas con la ciega esperanza de que las encontraras; serán de otro tus entusiasmos, de otra será tal vez mi mala letra: habremos ardido, carbón, entraña de pino. Ahora, deja que me revuelva sobre la cama, empuñando en mi diestra el calor de tu recuerdo, deja que ladre otra vez a los fantasmas del pasado, igual que entonces, cuando te miraba huir hacia la ducha después de haberte amado; tengo que hacerlo, romper otra vez las escuetas cartas, pintar los muros de la casa, bramar, Asterión, en otra carne, mientras la destrozo, para salvarme de la devastación. 
Vienen por mi las horas nuevas, me arrastran, me conminan a abrir el pecho, dejar huir por fin las golondrinas que se acurrucaron en él desde el invierno de tu partida; pero me resisto, algo se ha perdido en mi que no sé explicar porque al perderlo lo he olvidado, y tengo un hueco tan grande entre las manos, que ya no sé distinguir entre tu talle y la parte de corazón que me hace falta.
Este que soy, este animal salvaje, esta bestia, aúlla, inunda la noche con su lamento, pero sólo tiene frente a sí a la nada. 
Díganle por favor que calle, que deje en paz este insomnio de luces apagadas, este morir de ojos abiertos, en el fango de la migraña.
¿Cómo te digo que me arde el deseo
en la boca del estómago,
en la oscura planta de mi bajo vientre,
que no hay hora, ni día, ni minuto
que valga la pena mientras te espero
sin saber la hora de tu llegada?
Cómo decirte, dejando de lado las palabras,
que me palpita el ojo izquierdo de aguardar
por un atisbo tuyo, así sea mínimo,
así sea el rumor de tu perfume asomándose
en los barrios marginales de mi angustia;
que se me descompone la carne
del corazón encabritado, que no hay cosa
que pueda asir con las dos manos
sin que se caiga a medio camino,
sin que me abrase al sospechar tu nombre,
que la tarde se consume como un cigarro
en la playa de tus labios carmín,
que todos los sitios de mi voz
son sitios comunes, sosos, inocuos;
cómo explicarte, haciendo gala del silencio,
que todo a mi alrededor se torna de agua
pero no alcanza a inundarme las cuencas,
que no hay escopeta suficiente para salir
a cazar las bestias de mi alma, ni ganas
de ayuntarse a una mujer extraña,
ni camisa de fuerza para contenerme
cuando en medio de la noche, a mitad de todas las cosas
salgo a buscarte entre los precipicios

que no hubo horizonte para el halcón del deseo

dejaste que todo partiera y te partiera,
que dejara tras de sí su estrépito de hojarasca,
de ramas que se quiebran bajo el paso
titánico de las horas, y luego de sangrar
volvió a crecer en ti la mueca adusta
y la bienvenida recelosa, pero la puerta
se mantuvo abierta, chirriante en sus goznes


no hubo helada, ni veraniego ardor que alcanzara
a llevarte lejos de esa cueva,
todo se perdió a lo lejos, todo lo arrastró
el vendaval de los días; todo lo mordiscó
el perro hambriento del desvelo;

hemos tendido la mano, el brazo, para que otros
lo mordieran, para sentir la sangre bullir
fuera de sí; porque no hubo horizonte
que alcanzara a alimentar el halcón del deseo,
ni bisonte en la estepa salvaje
paciendo, nostálgico de la manada,
anhelante de ese temblor de tierra
bajo la pezuña multiplicada, incontable
como incontenible, y el bisonte con su carne
de antiguo mamífero retozando en solitud,
mugiendo ante la herida ausente;

hemos arrebatado al mundo el ramaje,
el pasto seco para encender la hoguera
en medio de la noche helada,
para dejarse acariciar por el cuerpo de mujer,
la lengua amante de la flama,
y al alba pisoteamos los restos de su ceniza,
último rescoldo de su ardiente beso

pero, acaso somos otra cosa que hombres,
seres truncos, plagados de carencias,
desorbitados en la cuenca lagrimal del ojo,
rencorosos perros que aullan orillados
en las carreteras, hambrientos, lastimeros;
qué otra cosa, amasijo de carne y sangre,
hueso herido que gimotea para saberse
vivo; nada, apenas hombres, minúsculas
representaciones del polvo de la historia,
receptáculo de terror, hijos de la desesperanza;
nada, apenas diminutas formas de albergar
el caos, anhelantes de su infausta gloria;
pero no podríamos anhelar otra cosa además de la caída,
este crepitar de huesos, el trepidar de potros
sobre la espalda, ser un tanto mayores, alcanzar
con la punta anhelante de los dedos
la última repisa de la alacena cotidiana,
el amor, esa bestia escurridiza, cuando menos

Algo más, otro anhelo que despierte el motor secular
del corazón, que tocar a la bestia mitológica
así sea con la yema última de mis falanges

en el centro de la pesadilla resuena tu carcajada





es esta calle, el rumor de su oleaje de concreto,
el punto de quiebre entre la noche y este brazo
dormido en el último vagón de la madrugada;
el terror, los túneles hambrientos que se alejan
sin pañuelos blancos, augurio de sequía;


uno muerde el polvo, envejece: en la lucidez comprende
que su trastabillar pende sobre la vela
ardiente del ridículo, que nada hay ya que valga la pena
sostener con la gallardía, el orgullo de un cetro,
premio recién cobrado por la caza del animal
mitológico del amor; que ya no le valen los escritos
donde hombres hablaron de arrojarse a la fauce
de los leones del enamoramiento, que es pueril
cortar la flor, y tenderla a la inexistente mano del azar,
luego de cargar con su cadáver largos minutos,
atenazado por el sol y su calígine, a la espera
de una mueca, de un signo de admiración
en un rostro ajeno, cotidiano, pero que a fuerza
de atragantarse el organismo con píldoras
de azucarado cariño a perpetuidad, de haber
devorado sin quitarle las espinas, la ambigua idea
del amor, a fuerza de haber bregado en esa
agua oscura, en ese fango delicioso, uno termina
por hallarle, arqueólogo, el más hermoso rasgo
en el bamboleo errático de la sonrisa,
o en el estrábico ojo de su pasado...

24 mar 2017

he imaginado las flores de mi tumba, la ceniza
primigenia que adornará mi ausencia;
no otra materia, polvo desastrado me contiene
soy la suma de mis horas atado al talón de la deriva,
la sangre oscura de mis manos,
el cordero que marcha sin serenidad al altar del holocausto

22 mar 2017

Contigo hablo: con la sólida palabra de tu boca.
No hay vacío en el silencio, hay interpretaciones.
Pero yo no sé traducir las palabras que se aquietan,
que se anudan en el cúmulo de horas y largos días,
ignoro la trasmutación de la palabra.
Tal vez pueda decir en mi defensa lo siguiente,
mi mísera palabra, carente de ornamentos,
cruda como un cadáver al medio día,
opaca, deslustrada de adjetivos, simple:
no hay más que el trasegar de una bestia por la casa,
a la espera de una presa, o la caída de los muros,
jadeante, recelosa, hambrienta, la famélica bestia
hurgando por un hueso, el más leve jirón de carne;
no hay mucho por decir, sinceramente, que el agua
me llega al esternón, y busco el desgarre,
la mandíbula de tu presencia que descoyunte el hueso,
que haga brotar la sangre, que abra los precipicios
para la caída, la impaciente y anhelada caída permanente

18 mar 2017

Réquiem I

Por las interminables horas disertando sobre nada,
por el cine compartido, el alcohol que iluminó la casa
en tus visitas, por el sitio que ocupabas, por la escasa
aunque feroz divergencia cotidiana, por la añorada
vuelta al terruño detestado, por la locura de 'la raza',
por los barrios míticos que te forjaron, por la esforzada
subida al Sinaí particular, por las largas caminatas
compartidas del insomnio, por el fuego que te abrasa-
ba el pecho, por los velados fotogramas, el inexperto
pulso ante el paisaje, por el afán de cocinar historias,
por el delirio y por la tarde en que el fraterno juramento
pudo darse: diez años pasarán sobre nosotros; la gloria
o el infierno habitaremos. Más han pasado, y ahora cuento,
que si partiste, perpetua y terca te retiene esta memoria.

 II
Vendrán los callejones, repetidos, a nombrarte;
dirán, 'aquí posó su escueta huella', y sin embargo
habrán de olvidar el rostro tuyo. En el amargo
vaso de la tarde habrá pomelos. Quien abarcarte
quiera deberá cruzar el fuego que cruzaste,
las largas noches y los interminables días
de tu calvario. Fuego y pincel, telas, gubias,
prensa, tinta, papel, el verdugo que forjaste.
Las calles recorridas, el alcohol, aquel poema
que escribiste, consternado; las cartas escritas
por tu mano, y por ella arrojadas al fuego;

el horror del insomnio, y tras el procaz enigma
del breve sueño, el horror, las contraídas
deudas con el abismo. El inagotable juego.

III
Ahora mismo hago el recuento de la música
tuya, el soundtrack necesario en tus oídos:
britpop primero, metal, más de un corrido,
nirvana era infaltable, the cure, la tropical
allá en el barrio; rock urbano y progresivo,
rupestre aciago, Julio Revueltas, bíblica
colección la que guardabas. La cuca,
El Haragan, y Lacrimosa. Cornelio y Silvio
algunas veces. El rap, los balcanes, hasta el glam,
los armadillos. En otro altar cupo Hector Cárdenas
y su mezcal matutino en 'el descanso' compartido.
La carcajada y el estruendo, el albur era el imán
para el festejo carnalesco en todas las cantinas.
¿Quién cantará que para siempre te has perdido?

 IV
Otro mezcal degustaremos esta noche.
Nos hemos exiliado de la luz diurna,
de sus agudas extensiones: la luna
y el fuego en candelabros. El fantoche
espectro del pasado, serio nos acusa;
hemos vivido al borde, sin reproche,
con la duda en la quijada, el descorche
en el ocaso y el pellejo en la difusa
hora del relámpago. El largo enero
que nos guarda se eclipsa ante la nada.
Otra noche será bebiendo el desespero
de esta vida: la memoria, mujer brava,
viene espoleando el tímido sosiego.
Vuelvo a posar mi mano en esta llama.
déjenme decirles, estimados
que la noche se acerca, pero eso lo saben
muy bien, que es la más elemental de las lógicas
y un recurso pobrísimo para engastar renglones;
no, lo mío es cosa aparte, mi pecho está abierto
como zaguán de casa antigua, abandonada,
que la lluvia se posa encima suyo y lo renueva todo,
todo lo lava con su mano líquida de falanges incontables;
vuelve a brotar el musgo en sus rincones, el líquen
de las horas dedicadas al desespero, vuelven a corretear
las ratas por los pasillos, despierta la polilla en la entraña
de su madera adormilada; pero más importante aún:
vuelve a sonar el trino temeroso de un ave migratoria
en su paso por el llano; algún clavo se olvida
de cumplir su tarea de estático soporte, y deja caer
alguna viga con estruendo
pero vuelvo a mencionar la lluvia: tras su paso
las jacarandas se desnudan, me colman el patio
con los restos de su vestido floreado,
y no hay cuerpo, ni hueso, ni piel que alcance
a soportar tal golpe de belleza, esa violenta interrupción
de la primavera sobre los párpados