Escena del crimen antes de los peritos
Cojo papel y lápiz
entre el plácido desorden de la mesa
busco luego un espacio
para escribir, sin demasiados papeles
ni insectos.
dejo al carbón ejectar el primer trazo
el segundo
hasta que forma la primera letra
repito
hasta formar la primera palabra
luego una frase
y así hasta terminar
Algunas veces
uno escribe
cosas ciertas
o estupideces que gozan de cierta coherencia
y hasta parecen reductos de lucidez
pero
las más de las veces
no se dice nada.
Uno dibuja por dibujar
para expulsar a los demonios
sin orden sin motivo.
Héctor Huidobro Hernández
- Ladramos como huérfanos bajo la lluvia
Editorial Dos de bastos. México, 1999
23 oct 2014
30 jun 2014
pero ya no es noviembre, amor...
pero ya no es noviembre, amor,
aunque las hojas caigan
tejiendo en los parques una alfombra
que el viento barrerá a diario,
y sé que ya no puedo llamarte
con los melosos adjetivos de esa hora
atrás quedó noviembre con su abrazo
la lluvia bajo el puente que me obligó a besarte
por enésima vez
llevarte a mi cuarto para explorar
la vasta geografía de tus lunares
el manantial de tu entrepierna
necesitaba conocer las eras geológicas de tu gemido
la coloración y temperatura de tus orgasmos
toda esa investigación que ahora archivo
aún sabiendo que otro continuará mi empresa
el calendaria se ha cerrado, princesa
y en él se queda
todo lo que tuvo nombre
entre nosotros.
Artemio Pérez. El carnaval de anoche. Mitad de luto Editores. México, 1986
aunque las hojas caigan
tejiendo en los parques una alfombra
que el viento barrerá a diario,
y sé que ya no puedo llamarte
con los melosos adjetivos de esa hora
atrás quedó noviembre con su abrazo
la lluvia bajo el puente que me obligó a besarte
por enésima vez
llevarte a mi cuarto para explorar
la vasta geografía de tus lunares
el manantial de tu entrepierna
necesitaba conocer las eras geológicas de tu gemido
la coloración y temperatura de tus orgasmos
toda esa investigación que ahora archivo
aún sabiendo que otro continuará mi empresa
el calendaria se ha cerrado, princesa
y en él se queda
todo lo que tuvo nombre
entre nosotros.
Artemio Pérez. El carnaval de anoche. Mitad de luto Editores. México, 1986
Créeme, la carne de mi mano está cayendo,
asediada por las bestias del desvelo; carne mía,
roja y fúnebre, desamparada, loca. Yo la hería
mientras cantaba. Antes, mucho antes del silencio
era su trino, siáfano; en ese tiempo yo dormía,
no a la intemperie del amor, vivía durmiendo
en el sueño de esperarte, me iba hundiendo,
mordaz y adolescente en la primera elegía,
rapto de ensueño en que me ví a mi mismo
abriendo temerario las puertas al abismo,
cayendo iba, eran mis huesos fuertes,
y mi carne, carne que hoy se desgaja,
era la carne de un loco: el que en tu frente
dejó sembrado el beso, el que en tí dejó su magia.
Anibal Restrepo Fuentes. Naufragar en la ciudad. Editorial Café de Ogros. México, 2009
asediada por las bestias del desvelo; carne mía,
roja y fúnebre, desamparada, loca. Yo la hería
mientras cantaba. Antes, mucho antes del silencio
era su trino, siáfano; en ese tiempo yo dormía,
no a la intemperie del amor, vivía durmiendo
en el sueño de esperarte, me iba hundiendo,
mordaz y adolescente en la primera elegía,
rapto de ensueño en que me ví a mi mismo
abriendo temerario las puertas al abismo,
cayendo iba, eran mis huesos fuertes,
y mi carne, carne que hoy se desgaja,
era la carne de un loco: el que en tu frente
dejó sembrado el beso, el que en tí dejó su magia.
Anibal Restrepo Fuentes. Naufragar en la ciudad. Editorial Café de Ogros. México, 2009
Carta Diplomática
la siembra está helada, tiritando de hambre
hasta las tuzas
los dientes castañetean
cascabelean
tras ellas viene creciendo
como un rumor
la calle y su concreto cinismo
sin banquetas
otra vez los antifaces de la hambruna
ese carnaval gastrítico
con su música de ayes doloridos
de niños berreando por la tifoidea
y la disentería
como si de una orquesta sinfónica
se tratase
cacofónica, estruendosa
que te levantaría del asiento
si estuvieses en el glamoroso teatro
pero aquì
/dónde se ha visto, con qué pispiretos ojos, en qué cabecita locochona cabe/
en mitad de la carrera
por alcanzar el primer mundo /o sus migajas/
precisamente aquí,
Edgar Manrique Alarcón
El primer gemido del león
Analfabeta Editorial
México, 1995
la siembra está helada, tiritando de hambre
hasta las tuzas
los dientes castañetean
cascabelean
tras ellas viene creciendo
como un rumor
la calle y su concreto cinismo
sin banquetas
otra vez los antifaces de la hambruna
ese carnaval gastrítico
con su música de ayes doloridos
de niños berreando por la tifoidea
y la disentería
como si de una orquesta sinfónica
se tratase
cacofónica, estruendosa
que te levantaría del asiento
si estuvieses en el glamoroso teatro
pero aquì
/dónde se ha visto, con qué pispiretos ojos, en qué cabecita locochona cabe/
en mitad de la carrera
por alcanzar el primer mundo /o sus migajas/
precisamente aquí,
Edgar Manrique Alarcón
El primer gemido del león
Analfabeta Editorial
México, 1995
27 jun 2014
Volveré también como la triste golondrina...
Volveré también como la triste golondrina
a rondar el cielo de tus livianos ojos;
ya habré dejado atrás la ira, los despojos,
y, ligero, me alzaré en el vuelo, mi campesina
de turgentes caderas, de critalinos ojos:
no hay en mi pecho ya venganzas sibilinas,
ni ocaso en el pecho, ni duda asesina,
sólo este hombre, postrado de hinojos
ya sin pétrea coraza, ya sin la fiera
edulcorada de los celos, sólo la carne,
desnuda, sólo la calma sin el hambre.
Seré otra vez el fruto que te espera,
pendiente de la rama, nervioso y resignado
ante el mordisco que tu boca me tiene preparado.
Rafael E. Fuentes Carballo. En su verbo montada la calle recorrías. Ediciones del Extranjero. El Salvador, 1951
a rondar el cielo de tus livianos ojos;
ya habré dejado atrás la ira, los despojos,
y, ligero, me alzaré en el vuelo, mi campesina
de turgentes caderas, de critalinos ojos:
no hay en mi pecho ya venganzas sibilinas,
ni ocaso en el pecho, ni duda asesina,
sólo este hombre, postrado de hinojos
ya sin pétrea coraza, ya sin la fiera
edulcorada de los celos, sólo la carne,
desnuda, sólo la calma sin el hambre.
Seré otra vez el fruto que te espera,
pendiente de la rama, nervioso y resignado
ante el mordisco que tu boca me tiene preparado.
Rafael E. Fuentes Carballo. En su verbo montada la calle recorrías. Ediciones del Extranjero. El Salvador, 1951
Infinito, así arde en esta mano el mercuriado amor,
lento y taciturno, núbil en sus esquinas,
terso en el intento de implosión bajo sus aguas
Sépanlo: todo en esta casa se encuentra exhausto,
incluso los rincones más lozanos,
las carcomidas vigas del techo que sostuvo en algún momento la nostalgia,
abierto como un ojo que mira al cielo
un espejismo, donde el cadáver abreva de la ausencia.
Neihmantle
Es en la carne donde ahogo el verso,
largo donde el invierno posó su garra,
corto cuando la calidez tejió su manto;
torpe cuando tuvo que disertar
sobre la arena del desierto amor;
aquí está la carne,
nuevamente herida en sus flancos de oscura plata
es un pez que se reseca al sol;
agusanada la tarde es una manzana
que se precipita sobre el abismo.
Mirarás la sangre rendirse a tus pies,
enrojecido el suelo como mejilla de muchacha tímida,
inocente como la tarde que se termina,
pero este tiempo permanecerá ardiendo en nuestras manos.
Es en el verso donde invocaré la carne,
la llegada del verano y la fugaz delicia de tu cuerpo;
es en el verso donde alimento este silencio,
donde como un cuerpo envejecido se desmorona la palabra.
Negaré también este momento:
negaré que aquí tuvo cabida la sinceridad, mi antiguo canto,
pasada esta hora nadie tendrá derecho
a coger de mi rama los abigarrados frutos de la nostalgia.
Ovidio Giménez Mata. Carne tibia para el crepúsculo. Editores del Pasado. México, 1999.
Por arder en tu saliva, por jugar en el parque de tus senos...
Por arder en tu saliva, por jugar en el parque de tus senos,
por el columpio de tu cadera; por el cardo y la oratoria
que se escuda tras la calma, por la música y los buenos
deseos de la mañana. Por el númen y la infausta gloria
de los perdidos días, por el instante que no atrapó esta mano,
por las palabras dadas, por el ciego calor de la ciudad
en que el rostro se diluye, por la carnaza y la humildad:
por la carne que pereció en el hielo, por el temor humano
al rompimento de los días; por la fascinación del amplio mar,
por el lascivo baile de las olas, por cada roca herida
en su paz y su simiente. Por las ganas de volver a naufragar
en esa noche. Por los ocasos y la distancia compartida,
por las trilladas frases y la promesa jamás hecha, por la vida
a tientas, por el murmullo del ciruelo, por el vino, y por el pan.
Eleuterio Castillo. Pardear las hojas del membrillo. Editorial Dos de Bastos. México, 1983.
Temo a tu nombre, a sus sílabas...
Temo a tu nombre, a sus sílabas
que invocan huracanes
a tu sombra que despierta los helechos
con su paso de gata en casa ajena,
temo tu carne de mármol delicado,
el sabor a frutas tropicales de tu despedida,
la casa y el patio donde reposa tu fantasma.
Arturo Carmona Morales. Contener la lluvia en la montaña. Mercaderes Ambulantes Editores. México, 1986.
A la carne, la verdadera carne...
A la carne, la verdadera carne, le dirán que estorba,
cándida en la multitudinaria espiral del beso;
incluso habrá quienes le harán patente su ajena cercanía al hueso,
su estrepitosa presencia.
Trémula y turgente la carne, la verdadera carne guardará en un baúl su silencio
así como una llaga que supura sin gemidos se irá ensanchando
goteará sobre el deseo hasta hacerse oceano.
Laureano Gonzaga Funes. Jesús aúlla en su madero. Editorial Caliz de Ayer. Guerrero, México. 1984
Uno apuesta, digamos, por la permanencia del caos en las máscaras de lo cotidiano, que nada sea previsible. Se apuesta por la locura constante, por la incertidumbre; con estos ingredientes pone uno el corazón al fuego.
No hay marcha atrás, la irreverencia es el signo que marca a los hombres que, como Caínes modernos optan por ser libres, y llenos de ternura y rabia y corazón.
Esteban Salazar. Diálogos para una llovizna que no vendrá. Efe Zeta Editores. México, 1999.
No hay marcha atrás, la irreverencia es el signo que marca a los hombres que, como Caínes modernos optan por ser libres, y llenos de ternura y rabia y corazón.
Esteban Salazar. Diálogos para una llovizna que no vendrá. Efe Zeta Editores. México, 1999.
En la punta roja de la lengua saboreo...
En la punta roja de la lengua saboreo
el verbo no conjugado del casto amor,
su grandilocuente carne; también veo
entre bruma la sal de mi juventud, el dolor
a flor de piel y el ansioso jugueteo
a cuatro manos y dos pieles que llegaba
con prisa a cada rincón, a cualquier hora,
la miel de ayer que saboreo aún ahora;
poderoso es el recuerdo. Así te amaba:
desbocada, tierna, mía y apresurada.
Así te amaba: tembloroso, enloquecido,
repetido en la penumbra de mi propio verso,
aterido en la ternura del callado beso
que arranqué como una flor. No había pedido
tal belleza, y vino. Tu piel no había exigido,
y viniste, y fuimos, y tú ya sabes todo eso.
Orbelín Gijón Matus. Catálogo de partidas.Ediciones del lavadero. Guerrero, México, 1986.
el verbo no conjugado del casto amor,
su grandilocuente carne; también veo
entre bruma la sal de mi juventud, el dolor
a flor de piel y el ansioso jugueteo
a cuatro manos y dos pieles que llegaba
con prisa a cada rincón, a cualquier hora,
la miel de ayer que saboreo aún ahora;
poderoso es el recuerdo. Así te amaba:
desbocada, tierna, mía y apresurada.
Así te amaba: tembloroso, enloquecido,
repetido en la penumbra de mi propio verso,
aterido en la ternura del callado beso
que arranqué como una flor. No había pedido
tal belleza, y vino. Tu piel no había exigido,
y viniste, y fuimos, y tú ya sabes todo eso.
Orbelín Gijón Matus. Catálogo de partidas.Ediciones del lavadero. Guerrero, México, 1986.
Como costilla de Adán, como prohibida, tierna fruta
Como costilla de Adán, como prohibida, tierna fruta
duéleme tu ausencia, trémula carne que en mi carne
de pobre edificó su tibia casa. ¿Podré, tal vez, tenerme
en pie, cuando te has ido, o será tu adiós la cicuta
en mi pecho de hombre? ¿Volveré a encenderme
con el beso de otra, volverá el amor a trazar su ruta
de espaldas a mi espalda? ¿Volverá esta disputa
que hoy me hiere, a hendir en mi costado inerme
su espada, aunque con otros desconocidos nombres?
Aunque en pie, soy moribundo. Aunque vivo, aspiro
poco a poco mi deceso. Aunque erguido, sé que caerá
mi humanidad sobre la tierra, y la herida en mi abdomen
permanecerá, como un corazón palpitante, ya lo miro;
todo a mi alrededor hundiéndose en la perdida espera.
Orbelín Gijón Matus. Catálogo de partidas. Ediciones de lavadero. Guerrero, México, 1986.
duéleme tu ausencia, trémula carne que en mi carne
de pobre edificó su tibia casa. ¿Podré, tal vez, tenerme
en pie, cuando te has ido, o será tu adiós la cicuta
en mi pecho de hombre? ¿Volveré a encenderme
con el beso de otra, volverá el amor a trazar su ruta
de espaldas a mi espalda? ¿Volverá esta disputa
que hoy me hiere, a hendir en mi costado inerme
su espada, aunque con otros desconocidos nombres?
Aunque en pie, soy moribundo. Aunque vivo, aspiro
poco a poco mi deceso. Aunque erguido, sé que caerá
mi humanidad sobre la tierra, y la herida en mi abdomen
permanecerá, como un corazón palpitante, ya lo miro;
todo a mi alrededor hundiéndose en la perdida espera.
Orbelín Gijón Matus. Catálogo de partidas. Ediciones de lavadero. Guerrero, México, 1986.
Carne de mi carne, ¿qué has hecho de mi carne?
Carne de mi carne, ¿qué has hecho de mi carne?
¿Qué, de la febril voracidad de hallar tu orgasmo,
la sed de tu cadera, de tu grito, del arcaísmo
en el gemido? ¿Dónde, jovial quedó mi hambre,
el plácido estertor, la obcecada agonía, el marasmo
de tus huesos en mis huesos, estos que habré
de abandonar sobre la yerma tierra? ¿Saber podré
bajo qué agua se humedece ahora tu entusiasmo,
ese vencejo que posó ayer su canto sobre esta mano?
Carne mía, ahora ajena, ¿qué nos cambió los rostros,
qué extraño maquillaje nos dibujó esta ausencia? Ya no
seremos el siamés omnipotente, el que el cosmos
incendió en el fragor de esperar la madrugada. En vano
ahuyentaré al fantasma, el tiempo, los estorbos
Orbelín Gijón Matus. Catálogo de partidas. Ediciones de lavadero. Guerrero. México, 1986
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