27 jun 2014

Por arder en tu saliva, por jugar en el parque de tus senos...



Por arder en tu saliva, por jugar en el parque de tus senos,
por el columpio de tu cadera; por el cardo y la oratoria
que se escuda tras la calma, por la música y los buenos
deseos de la mañana. Por el númen y la infausta gloria
de los perdidos días, por el instante que no atrapó esta mano,
por las palabras dadas, por el ciego calor de la ciudad
en que el rostro se diluye, por la carnaza y la humildad:
por la carne que pereció en el hielo, por el temor humano
al rompimento de los días; por la fascinación del amplio mar,
por el lascivo baile de las olas, por cada roca herida
en su paz y su simiente. Por las ganas de volver a naufragar
en esa noche. Por los ocasos y la distancia compartida,
por las trilladas frases y la promesa jamás hecha, por la vida
a tientas, por el murmullo del ciruelo, por el vino, y por el pan.

Eleuterio Castillo. Pardear las hojas del membrillo. Editorial Dos de Bastos. México, 1983.

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