Si por besar tu blanca falda pudo
mi voz ser del amor el mensajero
de impetuoso y febril embeleso
cargado; si en su talante rudo
dibujó tu faz una sonrisa; si acero
como acero que era, el amor, agudo
filo penetró mi yelmo, ya no dudo
que habré muerto en el postrero
beso de una turgente, fémina boca,
más no la tuya, que ha partido
llevando tras de sí el rastro herido
de mi anhelo. Mira mi carne, loca
por tu carne ausente. Me he perdido
ya, y sigo en pie, atroz y vivo.
Versos para apaciguar la tarde. Emilio D. Giménez. Editorial de Humo. México, 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario