Leo. Como si ahora mismo fuera de cuenta noviembre y enredado en el frío aguardase tu llegada afuera de un viejo cinema -una canción retumbaba en mis oídos también ansiosos, en mi carne, deseosa de tu carne, e, inexperto, la fui escribiendo en un papelillo que después te dejé en un sauce y que tú leíste, temblorosa, días después. Como entonces, leo a Onetti.
Desde el noviembre que fue nuestro, repaso las brumosas páginas de El Astillero y a ratos me parece escuchar tu taconeo de hembra apresurada, o me parece ver de pronto tu silueta perdiéndose entre los árboles de la calzada donde una vez, antes de besarte robé de una corona fúnebre la gerbera que me pediste: la más bonita, la más esbelta.
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