30 jun 2020

La última abuela del universo.


(Ana Alonso Flores, In Memoriam)

Me pregunto si se acabaron con usted los Delicados
encendidos a hurtadillas en el patio, la feria, el regateo,
los manjares para el viaje, el dominical paseo,
las pocas frases robadas al 'castilla', los intrincados

silencios, y la risa coronada en sus holluelos; veo
la calle de su casa, y la avenida, los intrincados
laberintos que forjó su soledad, los complicados
pasillos y andamiajes de su noche; yo la creo

descomunal y perpetua, aunque otra cosa me digan
los llamados telefónicos, yo la veo atareada, seria,
cuidando su pequeño jardín, sus extraviadas palomas,

envolviendo, pesando velas en la sala. Ya no la signan
la juventud y sus denarios, pero no hay pizca de histeria
en su semblante. Así la miro, en la oscuridad, su voz es flama.

la trama del deseo

ojeroso, precipitado hacia ti va mi cuerpo
en su núcleo palpitan gavilanes:
son los bisontes de Atilas sanguinarios;
en la periferia de una ciudad imaginaria
derriban puentes, almenas y columnas vertebrales

largo ha sido su invierno, pero no habrá solsticio
en esta carne que me habita, hambrienta
dislocada en sus más frágiles tareas

a trompicones, embrutecido, salta la cuerda floja
manotea mi anhelo, escribe al aire
acaso tal vez un nombre pero no el tuyo
recuerda la tercera caída las fieras del asedio
tiembla el nudo en el corazón de mi corazón

arde en mí esta playa de fieros horizontes,
la abismal distancia entre uno y otro latido

La velocidad del deseo


heme aquí, absolutamente a solas, arrobado en el precipicio
otra vez puesta la correa, de nueva cuenta pertenencia tuya, perro
ya he ladrado a las puertas de la noche, ya he lamido
la mano que me envenena, ya he reclamado para ti cada fantasma
ya he cobrado cada pieza de cacería para tu espejo

pero déjame, ahora, abrirle las pestañas al vacío, que cada vendaval
sepa de tu orgasmo, que tiemble todo cataclismo ante la sospecha
más leve de tu sonrisa, que no haya el más mínimo oleaje
donde toda tú no te veas reflejada; ya he grabado con fuego
tus últimas palabras, ya ofrendé mi mejor verbo a tu pubis:
que arda pues, y desde ahora, el muslo mundo y me aprisione,

entonces, abrir las persianas, ahuyentar el invierno:
el viejo ritual para curar las llagas, nombrarte
y no querer que vengas, bufando dificultosamente
con el cadáver del pasado a cuestas, deshecho nudo
y después, reclamar toda azotea, aullar el desespero
otra vez encender una vela, invocar el fantasma de tu aroma
los cristales que rompió la piedra descuidada del deseo
sabes que vuelvo a oír tu taconeo en la lejanía, brotando
de la maraña del silencio como una raíz hacia la superficie
que navego a la deriva, como quien busca el naufragio
volver a poner mi apellido entre tus piernas
y remo a la velocidad del deseo mi lengua sedienta
chapotea en tu íntima agua ay el espejismo
digo que estoy tranquilo ante el incendio
que he robado los frutos del invierno
para endulzar la ausencia

que mi sangre hierve sosegada en la dolencia
que hay una fiesta en los eriales del olvido

y no he sido llamado, y estoy doliente
enfierecido
en el hombro de la noche escribo
nado a contracorriente del silencio
escondo mi palabra del ocaso, en la ceniza:
la herida de mi pecho se ha dormido,
recelosa, y en el sueño, mira a su presa, como un gato

aquí, en el fondo de este acantilado, vivo
me arrojan basura y algunas sobras tus fantasmas

He de repetirlo, por necesario, por urgente:

siento compasión por vosotros
que no probaréis este elixir
el sacro paladeo de este mezcal

estoy en el centro de la noche
y os compadezco

ojalá los tocare el privilegio que hoy,
en los meandros del azar, viene a mi encuentro

El soundtrack de las avenidas

Bailas, a solas, convencida del amor y sus fantasmas. Por callejones desolados pasas, rumbo al corazón de una ciudad que no supo amarte.
Los parques donde quedó tu adolescencia guardan el eco de tu primera carcajada, las aves trinan y al trinar invocan, en su minúsculo canto, aún en el invierno más crudo, a la primavera.
Yo sé que bailas. Que pasan los días, atávicos, brumosos, y no hay nada que detenga el vaivén de tus caderas, que se mueven mientras escuchan el soundtrack de las avenidas.
alguna vez te habré contado de la niebla en estas tierras
cómo avanza por las calles envolviéndolo todo a su paso
inadvertida, impredecible:
algunas tardes basta un parpadeo
para que el paisaje alrededor se desvanezca
como si el mundo hubiera desaparecido
bajo tus pies, y no hay ya horizonte
y la oscuridad es más densa que otras noches

así llegó la gripe hoy: sin invitación alguna;
bastó un parpadeo, un descuido
al otear los últimos pliegues del ocaso;
consigo traía una sed terrible, las ganas
de saltar a la boca hambrienta de la embriaguez
de rasgar con el colmillo la carne del silencio
que entre nosotros ha engrosado irremediablemente

me hubiera gustado salir, como un perro,
a perseguir los autos de la melancolía
al atravesar mi noche
pero mis ojos arden sin metáfora:
no hay más incendio que la fiebre,
ni más carne que este fardo donde guardo
impaciente mi cadáver

estoy varado en una habitación que me es ajena
apabullado por la sobria tristeza de estar vivo
por esta lúcida capacidad de hablar de la miseria
mientras la ansiedad me espolea
(debo decir que sus espuelas están bien afiladas)
y deja crecer un páramo desierto en mi garganta

pero ya me quité las botas, corazón:
ya empuño la sed contra las paredes blancas
de este manicomio provisional;
no he de ir descalzo al encuentro
de la nostalgia y de esta herida donde se levanta el espejismo de tu nombre

29 jun 2020

he corrido con suerte, he tocado el pelo ensortijado
de la noche, y en un espasmo,
enfebrecido, he alcanzado a adivinar el vuelo
en la falda del crepúsculo, como quien adivina
en el vuelo errático de las aves el porvenir;
si escalando cumbres donde la sangre se apacigua mortalmente,
he dejado relinchar a los potros del deseo,
si, perdido en atávicos laberintos, me he topado de frente
con el hambre de su último habitante,
si la más breve brizna ha sido, un día, afilado pedernal
sobre mi osario, entonces, ahora, pongo sobre la mesa
mi palabra, deslustrada, taciturna, mellada en su filo,
inútilmente ofrecida al óxido, acero inerte, enceguecida cosa

para volver es que se parte, para desgarrarse en el aullido es que se calla

porque, ateridos, como sostenidos de una viga robusta
en pudrición, hemos visto a la perra desesperación
lamiéndonos el pecho, infestando cada herida con su viscosa baba,
y en el espanto hemos guardado el mendrugo de voz
que nos sostiene el hilo de la cordura,
ese murmullo apenas perceptible bajo el ruido
de las piedras, del relámpago cuando la tormenta
llega, festiva, enrojecida, y pronuncia nuestros nombres;

porque hay heridas que crecen y se ensanchan,
y secretamente arden como ciudades de madera
o desamparada paja,
y apenas calladamente nos dan tregua

porque en el sueño, en las paredes
repta el polvo del rencor, y se hace viejo
y se fermenta como un vino
que ha de santificar la pérdida

porque la luz se posa en los ojos como una cuchilla,
y hay que salir a la intemperie, enceguecidos,
allá la lluvia cabalga a hombros de antiguos jinetes,
y en todo deja su mordedura, pero no es eso lo que mata,
es la jauría, el miedo, la deplorable situación
del llanto,
es otra cosa la que hiende su carne con afilados cuchillos
cada noche,

Primera derrota, 1991


A solas, angustiado, me adentro en la multitud. Alguna baratija atrapó mis pupilas un instante, pero ha bastado para soltar la mano de mi madre, para vislumbrar el insospechado tamaño de este laberinto dominical de gritos, y coloridas formas.
Judas Iscariote, inconmensurablemente solo, termina el nudo, pero duda, y suspira: padre, ¿por qué me has abandonado?
hablo de ti, raspadura en el antebrazo
de otras horas, hueso roto en el salto suicida
a ti, que eres, en mi boca efervescente fuego
indomeñado potro en las llanuras del deseo,
te nombro cuando, antes de arrojarme al vacío
del sueño, murmuro la oración del desamparo
y pido, a cada inexistente dios un respiro
a esta danza de tropiezos entre las rocas;

a ti te nombro cuando al abrir las puertas
de mi celda busco el resplandor del alba
en ti dejé la flor de mi inocencia, floreciente,
en tus ojos me ahogué, y no hay ruido
en la noche que se asemeje a tu voz

en ti nació mi herida mayor, mi cruda lengua:
no hay verbo que describa la devastación
y el germen del dolor al abrigo de tu cadera
esta sed vertiginosa
de tu voz
al caer,
sonoro manantial
sobre mi erizada
piel

tú no sabes
este ayuno feroz
de tu risa
desnuda

tú, síndrome
de abstinencia carnal

incendio forestal
en mi pecho
bíblica inundación
de mi ojo diestro
parábola del deseo

tú que llenaste
mi sangre
de corsarios

aquí tienes mi cuerpo,
botín de guerra,
desvalido espantapájaros,
mi ofrenda floral
mi sangre hirviente

este beso gorrión
donde haga falta
aquí lo tienes

también la afilada obsidiana
hemos de honrar
a los dioses
por su fuego
siempre ha estado ahí
la sombra
esa silueta que a todos persigue

ya no recuerdas el día
que la viste por primera vez
es decir la ocasión angustiosa
en que tomaste conciencia
de su inamovible compañía

lo has olvidado
un día cerraste los ojos
aterrado
la fuiste olvidando

ahí sigue, sin embargo:
fiel y abnegada

si pudiera hablar,
¿qué diría de ti, al morir,
tu sombra?