29 jun 2020
EL AUTOR
26 may 2020
Estaba comiendo frío
en una ciudad ajena
lo mismo cual un navío
encalla sobre la arena
silencio había, calle serena
y nadie entre aquel gentío;
oí a lo lejos "tuyo es lo mío"
y sospeché a la gangrena
pero estaba mal, equivocado
era mi muerte con fiebre
y maneras finas de abogado
corrí, pues, cual una liebre
en páramo despoblado
pero a salvo, ebrio, alegre
con la más soberbia abyección
nuestro triste derecho a la idiotez
en su nombre saltamos precipicios
ondeando su bandera de papel
nos internamos en la oscura fauce
del delirio, a tientas recorrimos
cuerpos ajenos, naufragamos cada noche
cuánto hemos vertido en su nombre,
disfrazándolo con palabras elegantes,
colocando en su testa oropeles
nuestras acciones no han sido sino
fastuosos cuervos con alas doradas
El otro (otro fragmento)
en el patio de la casa recoge perdigones
o semillas de una guerra pasada;
asombrado desentraña el vuelo de los cuervos
y huye cuando el horizonte ofrece nubes de tormenta
viejo enemigo, ronda los pasillos abandonados
con el cansancio a cuestas
¿qué ha sido de él, en ese porfiado laberinto?
algo mío se quedó con él en esa casa:
el vago horror a la oscuridad,
la angustia plena de estar envejecido,
y dos o tres certezas sobre la angustia
Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que llueva y la suave margarita me deshoje.
No tengo abril perdido, o invierno mi voz recoge.
Sostengo apenas, viva, mi palabra: caracola.
Yo he buscado la fragua que en mí forje
el hierro del dolor, la cicatriz, la herida sola:
un anhelado nombre de mujer (Fabiola),
su beso frutal, la gracia de su larga noche.
No bastan parques, tardes, avenidas, ni el oleaje
de su risa: en cada encuentro yo crepito
como brasa final, y soy hielo, y me derrito
sin más defensa que la voz y que el paisaje.
Ya he rendido mis armas todas, sin saberlo.
Ya he soñado este incendio, y he de arderlo.
me pregunto
si he de volver a verte
enarbolando tu sonrisa
-frontera del ensueño,
guiño a la incompleta
eternidad-
en aquel parque imaginado
si bajo la sombra de sus árboles
[del trueno
ha de brotar la luz
y de ella tu silueta
qué silencio ha de rodear tu aroma
en esta ausencia sobrepoblada
de nostalgias
en este obligado descanso de tu nombre
ahora que llueve con puntualidad
sobre esta tierra
y las águilas dormitan al abrigo de inalcanzables
[afiladas rocas
y la ajena piel se recoge
como un ejército vencido
a las afueras del invierno
El otro (un fragmento)
arrellanado en una banca de madera,
el otro mira caer la lluvia sobre el patio trasero de la casa
lo embelesa el sonido del agua al golpear
contra la gravilla del suelo y las tejas
que resguardan el lavadero y su tanque siempre sediento
alguien le ha hablado de los fantasmas
que rondan el espacio abierto de la calle,
del espíritu de un niño nonato que juega al escondite
entre los limoneros del vecino
pero él sólo ansía la floración de los dos guayabos japoneses
y la llegada de sus frutos rojos:
recuerda, salivante, la dulce acidez en el cielo del paladar
Abandonado hace siglos, se embelesa con el sonido de la lluvia
sobre los confines breves de su reino
luego cierra los ojos y atravesando
los recovecos del sueño y el delirio
me mira como quien ve a su verdugo y a su víctima
con la sobria indiferencia del que ha vencido a la desmemoria
Soneto XXVIII
¿dónde están mis fantasmas ciegos,
el otro, que me perseguía día a día,
el dolor de haber salido vivo -¿moría?-
pero a solas tras la trifulca del amor?
¿dónde quedaron las espuelas que
mi carne hendieron, ahora que la
carne sigue huyendo? ¿en qué agua
saciar la sed, en qué lejano estanque?
¿este caballo corazón ha de agotarse
como una flama vieja que se aquieta
o ha de buscar la roca, el acantilado
sobre el cual ofertar el holocausto pese
a sus huesos? ¿lo abrasará la inquieta
vida, o se llamará cobarde, humano?
Un epitafio para Macario
he sido yo, y nadie más
mi mandíbula hambrienta
mi paladar delirante
a la sombra de este bosque
no hubo dios menesteroso
que tendiera su mano enferma
en exigencia de una pretendida piedad
ni orgulloso, petulante demonio
que quisiera seducir mi hambre
mi obsesiva carga por décadas
tampoco la muerte y su sonrisa terca
llegó al festín con tiempo
nada le he ofrecido para sobornarla
nada me dió a cambio
ninguna maldición, ningún ensueño
a la sombra de este bosque
mi paladar delirante
mi mandíbula hambrienta
he sido yo, y nadie más
este animal
que me persigue
que pasa su lengua
por el centro de la llaga
que en su fauce guarda
el recuerdo imperfecto
de cada herida acumulada
este animal
es todo lo que tengo
para herir al olvido
es mi acero mellado
mi única defensa
y mi único veneno
lo que recorre
y carcome
este enredo de sangre y desasosiego
este amasijo de palabras
este amasijo de palabras
bien podrían ser mi corazón
pero estoy lejos de la metáfora
y muy cerca del deseo
-peligrosamente cercano-
afuera el frente frío se empeña
en humedecer paredes y callejones
empaña cristales consigo trae el silencio
la placidez del entumecimiento muscular
yo trato de poner en palabras
una débil declaración de impuestos al fuego
pero soy cobarde
ardo en circunloquios
en cansinos preámbulos
he querido decir
"este amasijo de palabras
es mi corazón para el altar
de tu orgasmo y tu cinismo"
porque soy cobarde
vine a escribirlo
a echarle tierra encima
este amasijo de palabras
es una tumba recién cubierta
ahora saldré a la calle humedecida
que me bese la tormenta
que apague mi incendio y lo congele
no arder, evaporarse
las ratas del vecindario bailaron hasta el amanecer
pero tú no lo sabes ni lo sabrás
esa noche hubo fuego por doquier
carreteras devoradas por la velocidad
personajes apresurados por bailar un vals
con su propia muerte
las ratas del vecindario bailaron hasta desfallecer
pero qué importa
nosotros atravesamos el firmamento
hechos un poco polvo
un poco mierda
desvencijados
por la golpiza constante
del deseo sin correspondencia
-alguien echará un vistazo a su buzón, otro vacío-
qué importa, entonces
si ya nos bebimos la chicha amarga
del abandono
el lecho infame de los parques
el hospedaje compartido
en la jardinera vecina
follan dos homosexuales
muere un perro que te recuerda a tu primer mascota
alguien solloza
o inhala solventes
/ esto es, entonces, un bodegón
cuadro costumbrista
del siglo veintiuno
y por más que pretendamos
nos asoma un poco lo bestia feral
lo milenariamente hambrientos
/ay, hijos de Macario ensoñados
con un imposible pavo -uno, para sí-
pobres, babeantes, orgullosos/
las rosas del vecindario ardieron hasta fenecer
importa, a fin de cuentas,
llegar asi sea rengo
tuerto del corazón
a mirar las ruinas
las esmeradas cenizas
de tu juventud
de mi juventud
si estamos
ahora
cristal con película antiasalto
heridos de arteras rocas
quebrados
pero en pie
acaso importa
deshojar la margarita de la desesperación
a golpes de maza
asir el primer juego de labios
en la oscuridad
o dejarse llevar
hundir la triste humanidad
en cualesquier fango
estallar
a
ho
gar
se
con puntualidad inglesa
las lenguas del vecindario se retorcieron hasta enmudecer
pero tú no lo sabes
no lo sabrás
tú estás mirando
el firmamento
cuentas los claxonazos
te sueñas
arrojando migas de pan
envenenadas
a los pichones
del desencanto
tus cañones enfilados
a la cara de la eternidad
esperas
darle en la madre
rasgarle la camisa
pedalear luego hacia
la nada
o el olvido
o la casa donde creció tu padre
aprisa
que se llega la hora de la merienda
qué jodido
las güeras del vecindario
tarde a tarde
desde su balcón, etéreas
te han hecho suspirar hasta desfallecer