Siempre señalaba un punto. Aunque durmiera, aunque el cansancio
sobreviniera tras largas jornadas de discurso y de rabietas y los
párpados pesaran lo que pesa un muerto.
En algún momento de su
vida, cree recordar, le enseñaron que en el principio de los tiempos,
con la venía del creador, él puso nombres a todos los ganados, a las
aves del cielo y a todos los animales del campo: bastaba señalar y decir
una palabra. Tanto poder en una falange le llenó la cabeza de
pesadillas. De sueños felices, después. Usted sabe, desde luego, lo
dulce que puede ser pasar del temor real a la imaginaria y dulce
venganza cuando la mente acaricia el espejismo del poder. Pocos saben
resistirlo.
Lo descubrió poco a poco, como por accidente. Como quien
se acostumbra a transitar con un cuerpo de reciente manufactura en el
que se es el despistado y nervioso conductor. Lo primero fue señalar
culpables. Pero bien intencionado, jamás quiso el mal para sus
semejantes, así lo injuriaran, así mordieran sus tobillos o rasgaran su
ropaje. Así fue que puso una señal para que nadie que le encontrase le
atacara, y al que lo hiciere, lo pagase siete veces; además, advirtió:
aunque labres el suelo, no te dará más su fruto. Vagabundo y errante
serás en la tierra.
Pero la euforia crece en los corazones y
comprendió que su dedo era un fusil. Y disparó. Con timidez, al
principio. Al aire, arriesgando poco, tal vez la muerte de un breve
pajarillo que ya no podría anunciar la primavera. Afinó puntería, aunque
a veces erraba.
Entonces, nadie quería estar en el punto de mira de
aquel dedo furioso que siempre, sin importar el clima o las noticias
del imperio, señalaba un punto.
Había otro que descubrió que sus
palabras eran metralla. Siempre estaba nombrando algún culpable. Aunque
durmiera y los sueños turbulentos le llevaran por ignotas tierras. Para
entonces, los pobres hombres habían dicho ya: convoquemos asambleas, que
nos permitan alzar la voz: de este modo conseguiremos vida digna y
evitaremos ser pisoteados por toda la tierra. Y el señor se dijo: hablan
varios idiomas pero tienen un sólo acuerdo, y todo lo que se propongan
lo lograrán. Usted sabe, el temor crece como una hierba inofensiva,
algunas veces hasta parece una planta benéfica, y sólo cuando ha
infestado el jardín, en este caso el pecho receloso, manifiesta su forma
atroz y verdadera. Para entonces ya es tarde, el jardín ya está
perdido. Y este señor se dijo: esta asamblea es sólo el principio de
todas sus obras, es preciso acribillar a este pueblo y confundirlo. Y
las ráfagas llegaron de madrugada. Pero esa gente ya no quiso seguir
siendo pisoteada. Y el señor huyó al este de su Edén, como quien dice, a
Tabasco, porque era un señor pequeño. Porque las cuentas de banco no
habrían sostenido una estancia en las Bahamas.
Podría contarles de
otro hombre descubriendo que se podía negar el hambre del otro con la
impostura de un sello oficial, pero es alta la madrugada, y torvos los
demonios que atizan las brasas del alba.