28 abr 2020

y yo, que nunca fui a una feria, de qué he de hablar?

del aburrido carrusel que gira en el calendario,
los lejanos, inalcanzables, inhóspitos
tenderetes donde la fruta y la golosina
pierden sus formas para dar paso a la confusión,


aquí está la montaña rusa de mi pecho
la casa de espejismos de la mirada,
la casa de los horrores del deseo,
todo abierto al público, como un cadalso

en qué lengua se inscribe el desierto,
la vasta desolación de lo vivido
de todo lo que desfalleció por nuestra mano

que la lengua, por accidente se hace nudo y se desbasta


al cabo de los años, la herida cierra,
torpe, descuidadamente, como quien cierra
su hogar al invierno y sus lenguas de hielo;
ahora, en el centro del dolor, está tu rostro, hermano:
bufa, rabioso, desconfiado el lobo de mi rabia;
soy, ahora, a ratos, herido en el ánimo, un crío que se extravía,
estoy diciendo adiós, en este rincón terrible
donde acuña su moneda el desamparo


en estas horas en que la luz huye,
saboreamos una verdad amarga

y entonces, ¿qué decir para maniatar el silencio?

o qué vereda tomar para avivar el fuego, ahora, en esta tierra
donde a diario teje sus muros la niebla,
una tierra, tal vez, dónde a diario llueva puntualmente;
nos habrías dicho lo necesario, lo urgente que era hacerse llama

en esta tierra lacerada y harapienta, novia triste;
con qué nombre bautizar aquel gatillo,
a qué mano culpar, de haberte herido,
hoy, a esta hora de la madrugada,
si es uno sólo y sin rostro tu asesino?

es justo decir que estoy sangrando, que hay una astilla
surcando mi persona desde entonces

 entre pulmón y sosiego
tengo el dolor haciendo piruetas en mi sangre,
quién dirá tu nombre en las almenas del otoño,
inclemente beso, espina en el muslo de la rosa;
gota a gota se irá acumulado el plomo, oscuro, tosco, desgarbado
"when forty winters shall besiege thy brow"
he querido decir, convocar al olvido, y aquí viene

Astros que se caen

Nuestro es el desorden de las cosas,
el elegíaco trepidar de cuerpos descoyuntados,
abigarrados en el verbo y en la acción, trashumantes
corriendo a tropezones, confundidos animales;
 

este recogimiento de la nervatura es mi defensa:
soy poco menos que una roca herida por el rayo,
 

el pastizal incendiado en el beso del abandono;
una herida que se cierra ante el fantasma,
que por dentro de la carne crece, jovial, furiosamente


somos palabras derramadas, el ruido al caer
otra vez sobre la tierra, fruto a un paso de la putrefacción,
resquebrajado huesadal y dubitativa sangre;
todo lo que mordió el otoño está doliendo,
se oculta o busca abismos o ramas para tender
alguna cuerda, columpios para el suicida, o para el niño
Con el dolor como un morral terciado al hombro
salí a piscar mi máis bien temprano a mi parcela.
Quería, al volver, sentir tu aroma de canela
y tropecé pa luego con las piedras del entorno

Salí a cazar un animal con más pena que asombro
y era el amor que me rondaba, huidiza bestezuela.
Había en mi pecho un monstruo, oscura sanguijuela
bebiendo de mi sangre, nacida en el escombro.

Y he aquí que había también hambrienta una lechuza
cantando serenata cada noche, puntual, en mí oído;
cantaba viejas coplas, algún bolero, otras un corrido

a veces rockanrol, a veces blues; llamábase Medusa
y en sus rizados cabellos sangraban amapolas.
Iba a morir sin ti, a solas: sin besos, sin coronas.

El dedo del señor

Siempre señalaba un punto. Aunque durmiera, aunque el cansancio sobreviniera tras largas jornadas de discurso y de rabietas y los párpados pesaran lo que pesa un muerto.
En algún momento de su vida, cree recordar, le enseñaron que en el principio de los tiempos, con la venía del creador, él puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo: bastaba señalar y decir una palabra. Tanto poder en una falange le llenó la cabeza de pesadillas. De sueños felices, después. Usted sabe, desde luego, lo dulce que puede ser pasar del temor real a la imaginaria y dulce venganza cuando la mente acaricia el espejismo del poder. Pocos saben resistirlo.
Lo descubrió poco a poco, como por accidente. Como quien se acostumbra a transitar con un cuerpo de reciente manufactura en el que se es el despistado y nervioso conductor. Lo primero fue señalar culpables. Pero bien intencionado, jamás quiso el mal para sus semejantes, así lo injuriaran, así mordieran sus tobillos o rasgaran su ropaje. Así fue que puso una señal para que nadie que le encontrase le atacara, y al que lo hiciere, lo pagase siete veces; además, advirtió: aunque labres el suelo, no te dará más su fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra.
Pero la euforia crece en los corazones y comprendió que su dedo era un fusil. Y disparó. Con timidez, al principio. Al aire, arriesgando poco, tal vez la muerte de un breve pajarillo que ya no podría anunciar la primavera. Afinó puntería, aunque a veces erraba.
Entonces, nadie quería estar en el punto de mira de aquel dedo furioso que siempre, sin importar el clima o las noticias del imperio, señalaba un punto.
Había otro que descubrió que sus palabras eran metralla. Siempre estaba nombrando algún culpable. Aunque durmiera y los sueños turbulentos le llevaran por ignotas tierras. Para entonces, los pobres hombres habían dicho ya: convoquemos asambleas, que nos permitan alzar la voz: de este modo conseguiremos vida digna y evitaremos ser pisoteados por toda la tierra. Y el señor se dijo: hablan varios idiomas pero tienen un sólo acuerdo, y todo lo que se propongan lo lograrán. Usted sabe, el temor crece como una hierba inofensiva, algunas veces hasta parece una planta benéfica, y sólo cuando ha infestado el jardín, en este caso el pecho receloso, manifiesta su forma atroz y verdadera. Para entonces ya es tarde, el jardín ya está perdido. Y este señor se dijo: esta asamblea es sólo el principio de todas sus obras, es preciso acribillar a este pueblo y confundirlo. Y las ráfagas llegaron de madrugada. Pero esa gente ya no quiso seguir siendo pisoteada. Y el señor huyó al este de su Edén, como quien dice, a Tabasco, porque era un señor pequeño. Porque las cuentas de banco no habrían sostenido una estancia en las Bahamas.
Podría contarles de otro hombre descubriendo que se podía negar el hambre del otro con la impostura de un sello oficial, pero es alta la madrugada, y torvos los demonios que atizan las brasas del alba.

más vale mi labio en tu labio que ajeno vocablo


 y acaso valga un refrán
para llamarte
para decir tu nombre
sin decirlo


que no haya distancia
o enrojecidas nubes
entre tu ojo diestro
y mi temblor siniestro
hasta los huesos

pero todos saben
que hay una espiral
en ascenso por mi pecho
-refugio de puñales,
trapo de absorber alcoholes-
si llegas, tumultaria
y luminosa
a incendiar las aves de la noche

aunque por hoy, por ayer
y mañana un siglo más
me muerda despiadada
la nostalgia esa espiral
que baja por mi pecho
como un veneno
o una canción pedestre
y me digo
más vale arder en tus labios
que incierto vocablo
es comprensible, uno levanta la copa,
brinda paciente con las ausencias,
inaugura las avenidas del desvelo,
acude presto a las cantinas
donde la vida oferta sangre, el resquebrajamiento
del hueso y de la carne, la luz estroboscópica de la derrota...
qué hacer si la terrible, dolorosa angustia viene a alfombrar la noche
a revolver entre los viejos trapos de la tristeza,
acaso tapiar la casa, atrincherar el corazón con alambradas
y explosivos, rondar la penumbra, vigilante,
a la espera de su llegada horripilante, desde inusitadas atalayas,
qué hacer, señor, señora, vagabundos, si pese a todo, a la embriaguez
y los incondicionales camaradas, el invierno arría sus velas en el puerto de mi ánimo,
y se posa, golondrina, en un rincón inusitado de la recién adquirida sonrisa,
ese extraño traquetear de músculos sobre el rostro
qué hacer, cuando la hierba crece entre el ladrillar del muro,
si llega a tocar la puerta de mi habitación
como una mujer, lozana, jovial, y enreda mis cabellos
y me abraza para después morderme


qué hacer, señora, señor alcalde, fontaneros,
si la perra depresión lame mi rostro mientras llena de mierda mi cadáver
y bueno, entonces, cómo decirlo
la embriaguez dejó a descubierto
el deseo esa flor a medio germinar


quiero decir mis labios
extraviados
buscaron tu boca
era de noche
teníamos frío
cómo evitarlo

quiero decir
dejo constancia:
en un sitio impronunciable
de mi ser hay un incendio
sobre el hielo

para la caja sin fondo del olvido

anduve paso a paso pateando una lata
mordida por el sol y la intemperie
en un sobre manila metí -a partida doble-
misprimeros misúltimos misversos


tú recuerdas el olor de la septuagenaria primavera?
la tercera vez que ganaste en un volado
el desayuno la salida pronta expedita
será que aún recuerdas dónde en qué camino
movido por el hambre hurtaste la penúltima naranja?

la palabra hendida en el lomo de la noche
cuando te dijeron por centésima ocasión
y dijiste, a su vez, esto lo guardo en mi corazón
pero tu corazón, lo sabes, es una bodega
donde toda baratija tiene su lugar
para sostener el caos

por eso anduve pateando por largas calles
una lata mordiscada por las ratas de la lluvia
y acaso el sol la intemperie otros pateones
o peatones empeñados en llenar sobrecitos
manila susprimeros suspirantes versos
copia doble, al carbón, susúltimos versos
susversos irrepetibles graznidos

acaso recuerdes cuando caíste al agua
la angustia del ahogo
pero intenta revivir la tersura de la segunda
borrachera, cuando juraste carnalismo eterno

 mírate, te estás descarapelando
soriásico animal, barata tu genética pintura
acepta la duda
abrázala
como abrazarías
tu bien más preciado
un instante
antes de perderlo
sabedor
de lo que cuesta
arrancarse un pedazo
sangrar
mirar la formación
de la terrible costra
saber que
detrás de ella
vendrá la cicatriz


abraza la duda
como abrazarías
un poste
antes de naufragar
en la más oscura
de las borracheras

no hay otra forma
de sobrevivir
envejece
prematuramente
quien se monta
a lomos de la raquítica
inobjetable ciega
certeza
de quien dice
las cosas
son como son
y punto
Podría decir que amé la herida al pronunciar su nombre

que salto de una orilla a otra del desvelo,
que muerdo, por molestar, el talón izquierdo de mi desdicha,
y simulo un arco de sonrisa, la apabullante

carcajada como un jab a la mandíbula de la derrota,
cuando quiere salir a bailar conmigo
para, le digo, y bebo un trago, desempolvo
mis dos pies izquierdos,
y tropiezo y la avergüenzo, y me mira
como una madre, pero no dice nada
me deja a oscuras en medio de la pista
volveré grita a lo lejos, un día tienes que hacerlo
yo quisiera decirle que se me incendia el corazón de pena
se me desborda el dique de la lágrima cuando vuelve,
sonriente, coqueta, guapa recién perfumada
pero no puedo no sé mover los pies
al ritmo de su cadera su cabello al viento
aunque me atraiga endemoniadamente
Me dueles. Inmarcesible, apabullantemente, me dueles
aquí, en la cavidad torácica de la indignación, en la sorpresa
remiendo con tela vieja mi aterido corazón, le ofrezco agua, un vaso
la última flor en este invierno, he imaginado tu rostro y sé que somos
el perfecto signo del desconocimiento, que aprendiste a masticar el odio,
nena, que hay un nosotros vestido de ceniza hundiéndose
en el sudor y los fluidos de nuestro último orgasmo
en una habitación
en una ciudad a oscuras
en un siglo que perdimos
Estuve a punto de decir que, triste, irremediablemente
la inocencia se pierde como el botón de una camisa
en la reyerta
o en el último juego de la infancia, al festejar el gol de campeonato

pero no, corrijo: no somos inocentes,
no hay tal, solo la oscura magia que esa palabra sugiere
el paradisíaco lecho donde se mece el crío
obscenamente obeso, decadente, de la ignorancia

y nuestro pecho es su cuna
porque hemos hecho lo posible
por negar el mundo y su fauce
porque nos negamos
porque evitamos
aceptar que este mundo, aunque nuestro
nos ha sido negado, envenenado,
que sangramos, que somos el carnero ofrecido al holocausto
y encima, balamos, como si fuera cierta la felicidad
como si fuera nuestra la libertad
mientras lamemos afanosos la cadena