24 abr 2020

todo esto es un cliché absurdo

calentar leche para el café soluble
agregar un par de cigarrillos
y un libro de poesía recién descubierta
mientras espero a que la centrifugadora
haga su trabajo


la última vez que estuve así
esperaba a que el mezcal hiciera su trabajo
tenía veintiún años y el mezcal hizo su magia
cuando recordé a mi padre y levanté
por enésima ocasión mi copa
-a escondidas, desde luego-
en un museo de Taxco colonial

esa noche la confusión puso delicadamente
su beso en mis ojos
desperté con los nudillos adoloridos
un par de moretones y una resaca deliciosa

ahora mismo la niebla vuelve como una golondrina
a oscurecer los balcones del día
ya he dado la última calada a mi cigarro
-mira este devoto amor fumando lucky strikes-
el poema, hambriento, hace rato que mordió
'el pan enorme de mi corazón'

ya es hora de tender la ropa
cómo quien tiende una red para peces mitológicos

9 abr 2020

Hizo la primavera sus tres maletas,
izó, rauda, la lluvia sus banderas.
Yo canto con la voz sin soldaderas,
con ripio monocorde y dos violetas.

Qué bravo, el frío de las quimeras
al marcharse, qué frágiles cometas
en el cielo infantil, y qué coquetas
las niñas en el parque, qué extranjeras.

Qué húmedo, el beso de la tarde,
qué rojo, el tramposo lenguaje
de tu espejo: afuera llueve y arde

un recuerdo de nosotros. No rebaje
nadie a lágrima o reproche mi elegía.
Vino el invierno, besó mi frente, sonreía.
No consigo escribir, se me ha secado
la lengua de los dedos, me rehuye
la palabra en cada esquina, y la persigo,
con la desesperanza del cazador novato;
he perdido un amor, siete monedas, me sangran las encías,
me ha perseguido un perro por la calle,
y aún así, pareciera que la grieta es mayor
que uno mismo, una boca insaciable
que se ha tragado las ganas de escribir, lo que de humano
y enloquecido quedaba en mi equipaje


y mientras tanto, el mundo arde y se retuerce sobre sí mismo,
babosa bañada en sal, agonizante bestia,
y algo de mí se duele en los rincones más turbios
de mí entraña, y me nombra y dice es urgente salir
a conquistar las calles, a romper la noche empeñada,
que el cadalso, la prisión, la desventura, son apenas frutos,
que el mundo se retuerce bañado en su jugo gástrico,
qué es bestia y agoniza, y hay que vencer
Algo, en el polvo de la tarde, ha susurrado tu nombre; algo se ha henchido en mi pecho, bandera.
Largo, al dibujarte en el haz de la memoria, pasa el tiempo con su carruaje de horas;
esta casa forjada en la penumbra, este fuego cruzado de gaviotas -ya he descrito, para ti, mi pecho- es lo que ofrezco
cae mi mano sin hallar tu mano, estoy en una isla poblada de huracanes que te nombran; en el arco de tu sonrisa anida mi más suave pesadilla,
rojo es el fruto que muerdo para salvarme del asedio de la muerte.
Ahora pido: ahógame en tus aguas, dame la bendición desde el púlpito de tu boca

martiriza la flor de mi deseo, que no salga vivo de tu lado
El hombre que se hace llamar Guillermo Tell tensa el arco. Cierra los ojos un instante, aspira. Imagina un campo de batalla y que su ejército está a punto de ser derrotado. Recuerda el sabor de la sangre y el zumo de los frutos del verano.
No ha visto el blanco, pero dispara.
Un estruendo le hace abrir los ojos, pero ya es tarde. Su nombre es el mismo, aunque su apellido es otro; está en una ciudad llena de vicios, y sabe que nunca participará en una batalla.
El país es México. El blanco es su mujer.

los perros que le aullan a la nada


la tarde nos pertenecía:
el siglo aún era joven,
un recién nacido que gimoteaba,
falto de lágrima, en un sitio lejano y desconocido;


una ciudad ardía antes de la hora del almuerzo,
y nosotros abríamos la puerta a la desesperación
en la polvorienta calle Bravo
nunca faltó un puño para una pelea

jauría, ladraban nuestros corazones
cuando estallaba la pirotecnia de San Juan;
mojados, empapados de sudor y lluvia de mayo,
nos bautizamos en el fuego del mezcal

en la interminable calle Bravo
hallamos la fiebre y la inmortalidad
de los veinte años

pero ya no habrá quien cante
por nuestros hermanitos idos,
por nuestra separada jauría
por eso brindo, por los perros que le aullaban a la nada,
mientras acaricio el muslo de la nostalgia
son las dos de la tarde y el deseo es un animal
que agoniza sobre los rieles:
peligroso, impredecible, empuña su garra.
Aquí está mi carne,
este bulto hecho de sangre, huesos,
y una oscura sabia nacida en la tristeza.
Ustedes perdonarán, pero no tengo otro
modo de nombrarla, mi pobre lengua
me es insuficiente para envolver ese amasijo de duda y molecular simpleza.
 

Por eso digo que ya he puesto mi carne
sobre la madera sucia de la mesa,
como quien arroja el fardo de su pecado
o su alegría inconmensurable
a un rincón después de haberla cargado largo tiempo,
sin descanso, obligado por las normas
no escritas del buen comportamiento.
 

Pero no me confundan, soy un rumiante mal herido
-porque la herida no es mortal,
porque mi agresor fue torpe en su arte-
y si he conservado intacto el artificio
sin color de la esperanza,
si he roto cada vaso o cáliz para santificar el vacío,
ha sido mi ignorancia, este conjunto de atrofiado músculo
y tendones, esta celebración de la decadencia,
lo que por mí levanta la voz, y dice
'pongamos que estoy ebrio
y he abandonado cada ofertorio del amor,
y he sido derrotado'
en la antesala del invierno aguardo,
falto a mi palabra de vencer el miedo,
abjuro de las cosas y las flores que te nombran;
creo, para siempre, sin duda, en la beatífica rosa de tu orgasmo

Rita, el sueño

Ahora que reconozco el fuego, que mi mano tiembla,
te nombro calladamente, hurgo en la caracola de tu nombre,
intento que mi pulso te describa, que en la explosión el humo enmarque tu silueta;
reconozco el fuego, ahora, en la cercanía del ocaso, repito las dos sílabas de tu nombre
Ósculo de tierra y carne,
brasa en la profunda entraña del ojo,
rotura del talón, enrojecido hierro,
óbolo, para qué Caronte, para salvarse de cuál Leteo;
música, obscena música para la podre, para el fango
No tenía más de diez años cuando me lo encontré por la calle. Iba sucio, maloliente, cabizbajo, como avergonzado de estar allí, en cualquier sitio. Movido por la curiosidad, le pregunté quién era y donde vivía. En todas partes, me respondió, soy dios. Lo dijo así, con minúscula, con pena. Le dije que no estaba dispuesto a creerle si no me daba una prueba.
Ese es el problema, me dijo, yo no existo. Y se desvaneció.
Ausencio va por la calle, empapado. Sube, le dice el hombre de la camioneta. Cruzan algunas palabras, dicen mucho sin decir realmente nada. Chancean. Pa dónde, cabrón? Ya pa que vas a tu casa, ya está cuidándola el sancho. Ora, si no le alcanza no reparta, compadre.
Ausencio abre su chamarra. Aparecen unos polluelos. Te los robaste, acusa el de la camioneta.
No, 'onde vas a creer? Si son mi familia. cómo van a ser tu familia, le reviran. Sí, mira: venía yo caminando bajo la lluvia cuando me vieron pasar. Y gritaban 'tío, tío, tío!'. Y ni modos de dejar así a la familia, a la buena de dios. Pos no.
Digamos que hablo ante el espejo,
que algo de mí baila en el filo de su noche,
taciturno, atribulado, nudo en el pescuezo
del anzuelo o del ahorcado,
pero sin carnada, tal vez se haya olvidado
de buscarla entre las piedras o en el viejo
zaguán del cementerio; pero hablemos
otra vez de aquel espejo, o debo decir del espejismo,
de la mano que enturbió su azogue,
una mañana, casi al descuido, como quien
no sabe de qué va la cosa esta tan triste,
tan simple de morirse en horario laboral, un lunes,
o un domingo al rayar la silueta de la noche,
y vuelve siempre, aunque no quiera,
a remontar la cuesta de escalones
y transporte público y empujones y gritos
y merolicos que voz en cuello anuncian
la última cura para la soledad, úntese el ungüento
del viejo lobo gris, aulle cada luna llena,
a cada empellón de facturas por pagar, y sálvese,
o anunciando, tal vez, el último horario del apocalipsis,
su debacle a cinco pistas,
y tal vez no sea la calle,
tal vez seguramente se trate de uno mismo
hablando ante el espejo, la mano puesta en la caricia de su filo
En esta hora de melladas cuchillas que te nombran,
furiosas, exasperadas bajo el sol,
en este nido sin ramas, en esta calle sin nubes,
roto como el roto pavimento, anegado de alcantarillas,
perseguido en la pesadilla por roedores,
escribo tu nombre y el sitio exacto de tu llaga,
en este añejamiento del espíritu, la avinagrada carne del recuerdo
señala el arañazo primero de la angustia
en esta caída de hojas, en este permitirse el desmoronamiento
de la epidermis, bosquejo el rostro imberbe de la nostalgia,

en este siglo que no nos pertenece, herido de estertores,
en este rincón de la nada, abotagado,
balbuceo tu nombre, padre