9 abr 2020

Vengo de despedirme, de decir adiós a alguien,
es decir de abrir un boquete en la pared
de soltar uppercuts contra el pómulo del amor propio
para ver cómo se astillaban mis nudillos
quiero decir que vengo de abrir una herida
de cerrar una puerta, de abandonar el principio de un jardín,
que me he abrazado al cuerpo de la borrachera
para, según esto, el cánon, la costumbre, salir del paso,
cauterizar el duelo, pero estoy herido,
podría decirse que roto por mano propia,
mirando la combustión de mis naves,
una sonrisa que finge demencia en la penumbra
un par de ojos negros que se pierden,
eso alcanzo a recordar, mis naves ardiendo sobre el agua
la nostalgia creciendo como un árbol de eucalipto en mi vértebra
Buscaba una cerveza para cerrar la noche. Para reconciliarme con el sueño. Había recorrido las escasas calles, sin éxito. Aunque, ¿qué buscaba? Una puerta de entrada al paroxismo y a la sangre. Algo que me arrancara del sopor en que me había enfangado: la insípida manta de lo cotidiano.
Pensé en ella, en el desamparo de sus ojos al despedirme. Ahora, esta noche, el desamparo me acaricia el hombro. Como un viejo amigo, me convencía de cerrar todas las puertas, de vagabundear henchido de desasosiego por las calles mal iluminadas de una pequeña ciudad, dormida casi en su totalidad poco antes de la medianoche.
Una patrulla destartalada se cruzó conmigo por enésima ocasión. En alguna madrugada me despertaron, mientras sorbía el sueño de la borrachera en el auto; está bien, joven?, alcancé a escuchar, pero bien pedo, dijo el copiloto. Subí el cristal y volví a dormir después de mirarlos como quien mira a un apestado. Pésimos para hacer chistes y para atrapar criminales.
Entré a una cantina. La fachada tenía agujeros de bala, y la pintura se estaba cayendo. Seguro habían conocido tiempos mejores. Las mesas estaban ocupadas por un grupo de hombres que parecían festejar algo. Un cumpleaños, tal vez; todos parecían haber salido del trabajo, desaseados y bulliciosos, desesperados por liberar la tensión que los días van colocando sobre sus espaldas. Ebrios y festivos, llenaban el local con sus gritos. Acaparaban a las escasas ficheras y obstruían el paso a la rockola. En la barra, donde me quedé, pedí una cerveza. Estaba tibia, y a ratos me llegaba un olor a anciana incontinente. El olor que coge la madera o las telas cuando han sido meadas insistente, sistemáticamente. Un olor a abandono insufrible. Miré al cantinero, otrora una mole disforme de más de 120 kilos, hecho un palo. Salvo dos o tres parroquianos más, con los que compartía la barra, toda la clientela estaba en la mesa del festejo.
Iba por la mitad de la cerveza cuando el olor se volvió insoportable. Di un último trago y salí de allí. Había salido buscando congraciarme con el sueño. Compré cuatro cervezas en una licorería y volví a casa. No abrí ni una lata.
Traía en la cabeza unas líneas que hablaban de ti, del otoño que nos cerca irremediablemente. Tenías 21, yo iba alcanzando los 23; nueve años han pasado y la herida de la distancia permanece, en buena medida porque me he empeñado en mantenerla abierta con mis uñas de animal de calle, a lametazos. Pero conducía mientras la noche asentaba sus faldones sobre el horizonte. Así que aquí estoy, en la barra de un bar, escribiendo en tu nombre, aunque, tengo la certeza, de escucharte a mi espalda, me costaría reconocer tu voz.
Aquí escribo: olvidé lo que hoy tenía para decirte, esa ternura fugaz e infrecuente que aún sabe nombrarte.
¿Has leído poesía la tarde posterior a una borrachera de whisky en un bar solitario, anodino, hasta bien entrada la madrugada, quedarte dormido en el auto a medio camino, y despertar con una resaca de esas que en principio parecen la elongación de la borrachera, algo beatifico que luego sin que lo notes, paulatino crece con su verdadero rostro de hiena y te muerde el cráneo y parece conseguir romperlo, y casi tocando el mediodía aparecer una gripe con toda su violencia, con la violencia de quien hubiera golpeado tus costillas insistentemente, y luego de un rato dejarte tirado en la cama, mientras afuera llueve, llueve con la parsimonia que tendrá la lluvia que acompañe el fin del mundo, y adentro te revuelcas entre pesadillas que olvidarás apenas abras los ojos? ¿Has tratado de leer poesía así, de profanarla con tu aliento de fermento (estuve a nada de poner muerte fermentada, pero es redundante, el que muere comienza a fermentar su podredumbre, a empollar su olvido de materia inanimada), lo has intentado, tocar con la mano temblorosa y los ojos como dos brasas llorosas, un libro de poesía, como si buscaras un asidero para salvarte de ti mismo, sentado en un excusado que da la bienvenida al frío de la calle, te has atrevido, te atreverías a mancillar de ese modo cosa tan elevada, intangible y casi sacra?

Soneto XCIX


¿He de volver a ser materia viva, este conjunto
amorfo de entropías, la misma sangre y el cúmulo
de fuegos que mi ser consumen? ¿Seré el lúpulo
o la cizaña que inunde el campo, el nuevo difunto
de futuros días, habré de ser otra vez roca, nulo
follaje, o el andamio de un castillo? ¿Qué, pregunto,
habré sido en otras horas? ¿La carta sin asunto,
que habló de amor, el enemigo al que estrangulo?
Si he sido polvo humilde, si hierba altiva, torpe metal,
¿importará a la postre, a los escribas, al infinito
paso de los días sobre los días, hará mella fatal
a lo que he sido y lo que malamente llevo escrito?
¿Será mi huella, visible entre el extraordinario panal
del universo, o me devorará la nada, el infinito?
Bosque, ¡qué duro crecer bajo tu sombra!
¡Qué lejana, que esquiva la luz del alba!
Tristeza, qué afanoso sembrar mi malva,
en tu jardín de hiedra y rosa. Ronda
la noche en pleno día, y recógese la mansa
sangre pecho adentro. Ciego me nombra
el vendaval, ya la tormenta. Su oscuridad alumbra
la llama en mi conciencia: su beso es larva
(la tristeza, digamos cual polilla) en mi garganta.
Bosque, tu entraña sobre mí ya se agiganta.
Tu luz susurra, inalcanzable; mi pobre voz
se desespera y llama y en el eco se hunde,
cadáver, roca, acero, en el fango atroz.
Todo es silencio, mi lengua vive, en ti se funde.

Las noticias de Íthaca (17/09/2018)

Hoy ha muerto un amigo. Hace años que no lo veía. La última vez, apareció de improviso en la casa de mi madre. Compartimos una cerveza. Por los buenos tiempos, dijimos mirando al horizonte. La pequeña comunidad ya estaba recogida, bajo sus techos de losa, paja, láminas de zinc y miedo.
Era nochebuena, no pasaban de las diez de la noche pero todo estaba en silencio. Los tragos nos pasaron lentos, fríos, por la garganta. Volvimos a decir salud, qué locura, no? Sí, está muy cabrón. Pero tú eres compa, me dijo, contigo no hay problema.
Luego se fue, llevándose dos cervezas más.
Hoy me llamaron para decir que ha muerto. Encontraron su cuerpo en las antenas, a unos treinta kilómetros de casa. Unos ochocientos metros más arriba en la escala del nivel del mar.
Pero no quiero errar el verbo. El 'Askis' como le decíamos, no murió. Lo mataron.
En un territorio disputado hace al menos seis años por el narco, estas noticias ya no hacen mella, uno se acostumbra, tal vez, a contabilizar mecánicamente los amigos, los vecinos que se han ido. Aprende a distinguir qué grupo tiene el control o está a punto de perderlo, y en cuál juega cada conocido. Una desproporcionada tarea de supervivencia.
No se desconfía del vecino, como en la urbe, porque se piense que puede ser gandalla y robarte el tanque de gas, o el celular. Se desconfía de todo, porque el otro puede estar en la nómina del grupo rival, o tratar de zanjar una vieja disputa acusándote, calumniándote de ser dedo con algún sicario, muchachitos embotados por la coca y la adrenalina que les da una 9mm que muchas veces ni tan siquiera saben usar. Desconfiar de todo porque la vida está en juego. Porque un día de estos puedes amanecer haciendo parte de la decoración de los basureros municipales o un montón de carne en la que practicar las habilidades de carnicero. Se desconfía de la propia sombra, y a quien se le da la confianza, se le entrega hasta la vida.
Dijeran por ahí, cada vez más la muerte se parece a la propia, los muertos ya no son los extraños, el viejo cascarrabias de la esquina.
Pasarela de difuntos urgentes, vida loca.
Hablar de tí, a todas horas,
al cobijo del más cándido pretexto.
Ahí mi oficio: Caronte
obligado a cruzar las aguas
del naufragio.
Imposible habitante de la orilla.
Hasta el próximo colapso
Otra vez llego a la orilla final de la noche,
gritando el nombre tuyo, enfermo de mí mismo:
naufragué toda la noche para alcanzar la cuchilla del alba,
incendié mi lengua para llamarte sin resquebrajamiento,
pero estoy herido de tu ausencia, y no consigo desvanecerme,
aliviar esta dolencia de etérea carne arrancada a mordiscos, de astillado hueso;

heme aquí, ahora, a unas brazadas del naufragio, bandera en alto,
caído, desvencijado, con mi cadáver a cuestas, sudoroso
hemos abierto una puerta imaginaria,
hemos dicho una palabra desgastada a fuerza de pronunciación,
hemos roto los pantalones rotos del desamparo,
hemos hecho juramentos de sangre, sin la sangre
pero exigimos no ser llamados traidores

En el pecho de la tarde un ave mitológica se carboniza



antes de la roca, del desvarío del mundo, eras
zona de guerra donde los laureados eran
ingentes cadáveres sobre el pasto herido.
nadas como un ángel negro entre el follaje,
ónix que moldea con su filo el cuenco de la noche:
brasa y ruido hechos nudo, en perpetua batalla o agonía, retablo soy donde se adora el polvo, la telaraña, los bruñidos espejos,
resquebrajado fruto, eres turbia ecuación para cabalgar
a lomos de la muerte, terribles jinetes del desamparo:
creo, ahora, en el contorno angelical de tus caderas


en mi defensa diré que no he sido acusado, que mi nombre
sigue siendo, como Odiseo, nadie; sólo el viento, por descuido, me ha llamado

antes del cristal y de la aurora, antes, mucho antes,
cuando el mundo comenzaba a tomar forma,
imaginé la ciudad perfecta para tus pisadas y tu susurro:
grito y calma ayudan a recrear los planos de una Babel horizontal
olvidada a ratos, mordisqueada en sus cimientos,
la recuerdo tenebrosa y temblorosa; allí late un corazón que me perteneció;
ominosa dolorosamente ignorada, yace mi sangre como un árbol derribado,
trepanado de polilla o musgo, habitáculo de nadie.
incluso después de la fractura en el hielo,
me encuentro a tu recuerdo lanzando dentelladas, y vuelvo a tender la mano

entonces, vuelvo a cortar el fruto, la palabra que te nombre,
vuelvo a llamar a mi carcelero, a exigir la pena capital:
ahogarme a solas dentro tuyo, abrasarme en la caldera de tu infierno

nadie responde, sin embargo. ¿será el eco,
un espejo que resuena a mi lado, nombrándome?

enciendo mi último caballo de nostalgia,
deshago el primer nudo de mi boca, abro los dedos;
resuelto a encontrar el último rastro tuyo en el agua,
anclo esta voz al limo y al hambre del pez,
tomo la parte del náufrago que me corresponde,

abrígame en tu sima, nocturna tempestad,
lame mi cicatriz, siéntela palpitar bajo tu rayo:

el siglo que corre no ha visto el abismo, pero su cauce está abierta,
dormida, y pese a todo, a la espera de su descuidada presa

otra vez, insisto: antes de ser tú, ya eras
hebra de fuego en la línea descuidada, casual, del horizonte
carne de impoluta furia, a la espera de nadie;
en el hosco rumiar del tiempo maduran frutos extraños,
pacen bajo el sol cansado de enero las bestias de mi pecho

le he soltado las amarras al verano y al espejo donde danza tu recuerdo,
en ausencia, soy mutilado cuerpo, incapaz de articular un grito:
no pude, ni en defensa propia escribir 'aquí, en tu nombre, he muerto, he carbonizado hasta la raíz mi voluntad,
en la isla de los sacrificios dejé como un laúd colgado para tí mi corazón
Pinche doledura en el músculo hielar del pecho
se me hunde la garganta
los ojos, la rotura del desgastado calcetín,
la musical enfangación del habla,
llamar a gritos de oscureciente voz
la carne de tu nombre, ay, quejarse,
ahondar en la muriembre de septiembre

8 de agosto 2017


Como heredera de un antiguo oficio de hechicería, Ana vive en la cocina: allí, sus manos preparan lo que ha de alimentar a su familia. Recuerda, mientras prepara, hábil, las tortillas, la frugalidad de otros años, cuando no era más que una niña huérfana, atormentada por el fallecimiento de sus hermanos menores, perseguidos por el hambre; le angustia imaginar que sus diez hijos pasen por lo mismo, y le oprime el pecho el que sus nietos tengan el mínimo de hambre no saciada.
Su preocupación es tal que a ratos olvida el fallecimiento de su marido, se imagina correteando tras de sus hermanos, las trenzas al viento, con once años bajo el sol de mayo, da vuelta en una esquina y tiene en brazos al menor de sus hijos, es junio y afuera la noche de San Juan da inicio con fuegos artificiales y riadas de mezcal en las calles; alguien llama a la puerta, seguramente para moler nixtamal, es de madrugada aún, la víspera de alguna fiesta: ella da la última calada a su cigarro, lo apaga y mientras atraviesa el patio oye el montón de risas infantiles que traen consigo sus nietos, 'ojalá nunca crezcan', piensa mientras ruega a todos los santos de su altar por que su marido no vuelva borracho (pero José Ángel cuida de su perro, el Diablo, en otro mundo, hace ya siete años).
Pregunta por sus hijos más jóvenes, le mata saber que no han comido, pobres. Otra vez es medianía de siglo: lozana, fuerte aún, aprende a mascullar algunas frases en el castellano que desconoce. Mira a Celia desempeñar con celeridad y habilidad el mismo oficio de la cocina, el cuidado del hogar, y sabe que hasta su casamiento, ella será su brazo fuerte, como el de Victorio es de su pareja. Algo la distrae, algún vientecillo furibundo de marzo, y vuelve a su realidad: tiene Alzheimer y a ratos encuentra la forma de volver con su cuerpo: ya toda ella es un nudo de jugarretas de la memoria que dificultosamente se logra hilvanar. Viene el desespero, la furia guardada largos años, el grito sosegado por lustros, y ve a sus hijos, absortos en un mundo distinto al suyo, confundidos, lo ve con tanta claridad, con tanta lucidez comprende que ha quedado sola, que olvida las escaleras y en medio de la penumbra tropieza, rueda hasta llegar al suelo, pero ya no consigue ponerse en pie: algo se ha roto definitivamente. Llora, amargamente, pero no es el dolor físico, sino la conciencia del abandono de sus hijos y la sospecha de tener que atarse a una cama o a una silla en los días que le quedan en esta tierra. Atada, otra vez, pero ya no a un marido, sino a un objeto.
Las largas horas en el hospital y las caras compungidas de sus vástagos le confirman lo que ya sabía: vuelve a remontar el vuelo su imaginación a lomos de la memoria; tiene dieciséis y va, las faldas ondeando como banderas de conquistador, a por agua a la pileta del pueblo. Cuando vuelve a casa, sus hijos festejan, la mesa larga, plena de flores y las sonrisas pródigas, benevolentes.
Poco a poco va cerrando los ojos, un cansancio inexplicable la toma de la mano, la lleva por insospechados caminos.

2 abr 2020

hoy no brindé por ti, nena,
estaba cansado de cargar bultos,
de conducir entre la niebla
con los faros desajustados
y la suspensión hecha pedazos,
y, tú sabes, pese al frío, la sed
pone su garra en la garganta
y uno va y abre la primera cerveza,
pone música en el navegador
y justo en el tercer o cuarto trago,
cuando uno está hecho un lío
en la cabeza, y relajados los músculos,
es decir, con la guardia baja, distraído,
entonces comienza a sonar
una canción que compartimos,
un detalle insignificante, y la cosa
termina por torcerse
fue en ese momento que comencé
a acordarme de tí, nena,
ya repetí la canción unas diez veces:
me pesa la certeza de estar solo
y, además, sin ti

2002


Ese mezcal inaugural me hizo sentir como si me desplazara diez centímetros sobre el suelo.