Uno piensa, a veces, que ha conjurado a los fantasmas, que es posible
fincarse un templo en los eriales de la paz. Pero se llama a engaño.
Basta un guiño del azar, un símbolo que creímos olvidado, un aroma
tocando a las puertas de la nariz, una palabra dicha en el momento
exacto para romper el delgado hilo del sosiego.
Aunque no lo desee, uno vuelve al lugar del crimen, a rondar su periferia y a bailar con sus fantasmas.
Poco se puede hacer: el fascinante horror de haber presenciado la
maravilla, de haber sido capaz de tocarla y de perderla, de haber dejado
a su uña abrir el pecho
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