Dejaste mi mundo trastocado cuando te fuiste. Intensa y fugaz. Me dio
por querer todo contigo, quererte hasta la víscera, hasta perder la
cordura y la edad y la sensatez.
Luego reapareces, súbita, seis años
después. Tengo dos niñas, dices, al otro lado de la línea. Que te
alegras, que llamarás más tarde. Pero no llamas, y algo se enciende
dentro mío. Estúpida, ingenuamente, voy a tu encuentro. Envío el primer
mensaje, la charla se torna larga y por
momentos peligrosa. Podemos seguir como amigos, acordamos. Encantado,
firmo, con la angustia anudándose en mi garganta, en mis músculos, en la
espina dorsal de mi deseo. Y si se da algo más, te preguntas, y con
naipes armas ya no un castillo, sino todo un reino. Luego por la mañana
te despierta un mensaje suyo, largo. Sabes que algo se terminó de
torcer. Lees, confirmas. Implosiones al interior, catástrofes
desenvolviéndose lentamente adentro tuyo.
Te dices que los
alcohólicos son la imagen terrena del Sísifo, apenas consiguen alcanzar
la cima del olvido, despiertan, lúcidos y urgidos por ahogarse en los
brazos de un buen trago. Hay una parte mayoritaria de ti que quisiera
arrojarse a esas aguas tan deliciosamente peligrosas, salir a buscar un
amor ocasional, más fugaz acaso que el tuyo, dejarlo todo nuevamente.
Pero no tienes ganas de romperte la madre contra el polvo, de andar por
la calle sangrante, arrojando espuma como un perro rabioso. Consigues
ropa limpia, sales a la calle. Aún tienes ganas de una cerveza fría, y
te duelen todos los huesos del amor propio, pero sabes que es el
bochorno de esta tierra lo que te provoca sed.
Discúlpame, por favor, fue su último mensaje. Estoy vivo, te dices, duele, pero no como entonces, y qué más da.
Lo bailado nadie me lo quita. Y qué bonito bailabas cuando era conmigo.
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