16 feb 2020

Dejaste mi mundo trastocado cuando te fuiste. Intensa y fugaz. Me dio por querer todo contigo, quererte hasta la víscera, hasta perder la cordura y la edad y la sensatez.
Luego reapareces, súbita, seis años después. Tengo dos niñas, dices, al otro lado de la línea. Que te alegras, que llamarás más tarde. Pero no llamas, y algo se enciende dentro mío. Estúpida, ingenuamente, voy a tu encuentro. Envío el primer mensaje, la charla se torna larga y por momentos peligrosa. Podemos seguir como amigos, acordamos. Encantado, firmo, con la angustia anudándose en mi garganta, en mis músculos, en la espina dorsal de mi deseo. Y si se da algo más, te preguntas, y con naipes armas ya no un castillo, sino todo un reino. Luego por la mañana te despierta un mensaje suyo, largo. Sabes que algo se terminó de torcer. Lees, confirmas. Implosiones al interior, catástrofes desenvolviéndose lentamente adentro tuyo.
Te dices que los alcohólicos son la imagen terrena del Sísifo, apenas consiguen alcanzar la cima del olvido, despiertan, lúcidos y urgidos por ahogarse en los brazos de un buen trago. Hay una parte mayoritaria de ti que quisiera arrojarse a esas aguas tan deliciosamente peligrosas, salir a buscar un amor ocasional, más fugaz acaso que el tuyo, dejarlo todo nuevamente. Pero no tienes ganas de romperte la madre contra el polvo, de andar por la calle sangrante, arrojando espuma como un perro rabioso. Consigues ropa limpia, sales a la calle. Aún tienes ganas de una cerveza fría, y te duelen todos los huesos del amor propio, pero sabes que es el bochorno de esta tierra lo que te provoca sed.
Discúlpame, por favor, fue su último mensaje. Estoy vivo, te dices, duele, pero no como entonces, y qué más da.
Lo bailado nadie me lo quita. Y qué bonito bailabas cuando era conmigo.

No hay comentarios: