24 abr 2020

nunca tus ojos vieron la nieve caer, al galope del invierno, pero
estuvimos a punto de sonrojar cada rincón de la habitación, el universo
mañana reinarán las cenizas, mañana alguien recordará que fuimos
relámpago en el ombligo del día, roca estrellándose en el parabrisas
anonadado de los días, que cada resquebrajamiento de horas tuvo nuestros nombres

creo, en esta hora, a la distancia, fuimos un doble cuerpo celeste
[que al tocarse iluminó el vacío
algo es cierto: tu nombre ondea su flama en una colina de mi pecho;
larga la ausencia, lento el invierno, te he imaginado recorriendo laberínticas ciudades,
escribiendo de nueva cuenta el viejo blues que compartimos
como se comparte la sal o el infortunio
recuerdo que una vez te soñé atravesando el desierto y en ese sueño escribía una carta
mientras la arena iba llenando el paisaje
[ahora repaso un viejo blues, invoco al fuego,
[pero no he vuelto a ver tu cabellera agitándose entre las multitudes
¿a dónde fue la noche, cuando te fuiste?
cerró su puerta el azar, y sus ventanas, para ocultarte
icé banderas y estandartes para señalar tu paso, para dejar constancia de tu huella;
lancé, a ciegas, dardos y cartas a la madrugada,
es preciso decir que nadie, ni el silencio, respondió:
ganó terreno el estruendo de los días, creciendo como una hierba vigorosa
nacida en el jardín donde sembré la duda de tu partida

ahora que hemos depuesto las armas, que navegamos ajenos mares,
[digo tu nombre para que me devore el olvido
a un hombre que desconoce el amor, poco puede ofrecérsele;
rojos frutos de ciudades invisibles por desconocidas,
últimos mensajes llegados del mar en los picos de las gaviotas, poco más
a un hombre que desconoce el propio nombre, bestia común
le puede ser ofrecido el mundo, y aún así aullar por la tarde
[que se aposenta en tus ojos
Cómo decirte, corazón, que desfallezco en el dolor
bajiventral de saberte ajena ya,
cómo explicarte la conjunción de volcanes,
este romperse milenarias rocas de paciencia,
este bramar de bestias encabritadas,
que rompen cadenas, evaden jaulas,
saltan por encima de cualesquier cerco,
cómo te explico, pues, este enturbiarse de aguas,
esta catástrofe en los eriales del pecho,
la pequeña, decisiva muerte que clava sus incisivos
en mi hombro, esto, que otros llaman celos,
y yo no sé llamar sino cataclismo, herida para siempre abierta, supurante

todo esto es un cliché absurdo

calentar leche para el café soluble
agregar un par de cigarrillos
y un libro de poesía recién descubierta
mientras espero a que la centrifugadora
haga su trabajo


la última vez que estuve así
esperaba a que el mezcal hiciera su trabajo
tenía veintiún años y el mezcal hizo su magia
cuando recordé a mi padre y levanté
por enésima ocasión mi copa
-a escondidas, desde luego-
en un museo de Taxco colonial

esa noche la confusión puso delicadamente
su beso en mis ojos
desperté con los nudillos adoloridos
un par de moretones y una resaca deliciosa

ahora mismo la niebla vuelve como una golondrina
a oscurecer los balcones del día
ya he dado la última calada a mi cigarro
-mira este devoto amor fumando lucky strikes-
el poema, hambriento, hace rato que mordió
'el pan enorme de mi corazón'

ya es hora de tender la ropa
cómo quien tiende una red para peces mitológicos

9 abr 2020

Hizo la primavera sus tres maletas,
izó, rauda, la lluvia sus banderas.
Yo canto con la voz sin soldaderas,
con ripio monocorde y dos violetas.

Qué bravo, el frío de las quimeras
al marcharse, qué frágiles cometas
en el cielo infantil, y qué coquetas
las niñas en el parque, qué extranjeras.

Qué húmedo, el beso de la tarde,
qué rojo, el tramposo lenguaje
de tu espejo: afuera llueve y arde

un recuerdo de nosotros. No rebaje
nadie a lágrima o reproche mi elegía.
Vino el invierno, besó mi frente, sonreía.
No consigo escribir, se me ha secado
la lengua de los dedos, me rehuye
la palabra en cada esquina, y la persigo,
con la desesperanza del cazador novato;
he perdido un amor, siete monedas, me sangran las encías,
me ha perseguido un perro por la calle,
y aún así, pareciera que la grieta es mayor
que uno mismo, una boca insaciable
que se ha tragado las ganas de escribir, lo que de humano
y enloquecido quedaba en mi equipaje


y mientras tanto, el mundo arde y se retuerce sobre sí mismo,
babosa bañada en sal, agonizante bestia,
y algo de mí se duele en los rincones más turbios
de mí entraña, y me nombra y dice es urgente salir
a conquistar las calles, a romper la noche empeñada,
que el cadalso, la prisión, la desventura, son apenas frutos,
que el mundo se retuerce bañado en su jugo gástrico,
qué es bestia y agoniza, y hay que vencer
Algo, en el polvo de la tarde, ha susurrado tu nombre; algo se ha henchido en mi pecho, bandera.
Largo, al dibujarte en el haz de la memoria, pasa el tiempo con su carruaje de horas;
esta casa forjada en la penumbra, este fuego cruzado de gaviotas -ya he descrito, para ti, mi pecho- es lo que ofrezco
cae mi mano sin hallar tu mano, estoy en una isla poblada de huracanes que te nombran; en el arco de tu sonrisa anida mi más suave pesadilla,
rojo es el fruto que muerdo para salvarme del asedio de la muerte.
Ahora pido: ahógame en tus aguas, dame la bendición desde el púlpito de tu boca

martiriza la flor de mi deseo, que no salga vivo de tu lado
El hombre que se hace llamar Guillermo Tell tensa el arco. Cierra los ojos un instante, aspira. Imagina un campo de batalla y que su ejército está a punto de ser derrotado. Recuerda el sabor de la sangre y el zumo de los frutos del verano.
No ha visto el blanco, pero dispara.
Un estruendo le hace abrir los ojos, pero ya es tarde. Su nombre es el mismo, aunque su apellido es otro; está en una ciudad llena de vicios, y sabe que nunca participará en una batalla.
El país es México. El blanco es su mujer.

los perros que le aullan a la nada


la tarde nos pertenecía:
el siglo aún era joven,
un recién nacido que gimoteaba,
falto de lágrima, en un sitio lejano y desconocido;


una ciudad ardía antes de la hora del almuerzo,
y nosotros abríamos la puerta a la desesperación
en la polvorienta calle Bravo
nunca faltó un puño para una pelea

jauría, ladraban nuestros corazones
cuando estallaba la pirotecnia de San Juan;
mojados, empapados de sudor y lluvia de mayo,
nos bautizamos en el fuego del mezcal

en la interminable calle Bravo
hallamos la fiebre y la inmortalidad
de los veinte años

pero ya no habrá quien cante
por nuestros hermanitos idos,
por nuestra separada jauría
por eso brindo, por los perros que le aullaban a la nada,
mientras acaricio el muslo de la nostalgia
son las dos de la tarde y el deseo es un animal
que agoniza sobre los rieles:
peligroso, impredecible, empuña su garra.
Aquí está mi carne,
este bulto hecho de sangre, huesos,
y una oscura sabia nacida en la tristeza.
Ustedes perdonarán, pero no tengo otro
modo de nombrarla, mi pobre lengua
me es insuficiente para envolver ese amasijo de duda y molecular simpleza.
 

Por eso digo que ya he puesto mi carne
sobre la madera sucia de la mesa,
como quien arroja el fardo de su pecado
o su alegría inconmensurable
a un rincón después de haberla cargado largo tiempo,
sin descanso, obligado por las normas
no escritas del buen comportamiento.
 

Pero no me confundan, soy un rumiante mal herido
-porque la herida no es mortal,
porque mi agresor fue torpe en su arte-
y si he conservado intacto el artificio
sin color de la esperanza,
si he roto cada vaso o cáliz para santificar el vacío,
ha sido mi ignorancia, este conjunto de atrofiado músculo
y tendones, esta celebración de la decadencia,
lo que por mí levanta la voz, y dice
'pongamos que estoy ebrio
y he abandonado cada ofertorio del amor,
y he sido derrotado'
en la antesala del invierno aguardo,
falto a mi palabra de vencer el miedo,
abjuro de las cosas y las flores que te nombran;
creo, para siempre, sin duda, en la beatífica rosa de tu orgasmo

Rita, el sueño

Ahora que reconozco el fuego, que mi mano tiembla,
te nombro calladamente, hurgo en la caracola de tu nombre,
intento que mi pulso te describa, que en la explosión el humo enmarque tu silueta;
reconozco el fuego, ahora, en la cercanía del ocaso, repito las dos sílabas de tu nombre