23 mar 2020

¿Qué me has dado, amor, que no sea fuego?

La casa compartida (versión de prueba para el doble)

Algunas veces lo veo, como si me buscara
entre la niebla del recuerdo.
Luego de algunos intentos desesperados,
vuelve a su rutina de materia condenada
al olvido, coge un fruto, y al morderlo,
el universo estalla como una granada madura


 entonces, vuelvo a la casa
donde fuimos uno, y nos miramos
uno al otro en el reflejo del agua
que llena la sala en los días de lluvia
o en el humo denso de la fiesta de San Juan;
me mira como quien termina por encontrar
un viejo retrato en el que apenas alcanza
a reconocerse

no niego que me embarga la envidia
y quisiera el guante de la amnesia
para olvidar su manía persecutoria,
y cierta nostalgia, la de quien acaba de comprender
que entrega a un amigo al polvo,
y algo dentro se nubla, como anunciando el diluvio
En el penúltimo hueso de mi deseo
anida el primer carroñero de la tarde
Te ha sucedido que después de viajar toda la noche y buena parte del día bajas del bus en la cuarta terminal de trasbordo, y encuentras largas filas para comprar el siguiente boleto y nadie sabe de líneas piratas ni han visto el mar a pesar de su cercanía y entonces decides salir a explorar los alrededores porque de todos modos ya no llegas hoy a tu destino y apenas poner un pie en la calle vez con escepticismo un triciclo que oferta pozol con cacao y al buscar al vendedor no ves a nadie, y tu paladar saliva por una bebida que se parezca a la que encontraste muchas tardes en Cinco de Mayo, en la lejana y calurosa ciudad Coneja, pero el callo de la decepción te dice seguramente será más parecido al preparado insípido que alcanzó a calmar la sed en la infernal Villahermosa, y justo cuando estás a punto de reanudar la marcha aparece el vendedor y sin mucha fe pagas los doce pesos de la porción, y pruebas y solo alcanzas a decir coño, carajo! Y ese trago basta para olvidar que no has probado bocado desde la tarde anterior y te encaminas al corazón de la ciudad, tomas un par de fotografías con tu celular porque olvidaste la cámara en el departamento que para no complicarte llamas casa, y al volver a la terminal encuentras mangos con chile, es decir, otro asalto de los corsarios de la memoria contra el galeote del paladar?
He dicho tu nombre en cada esquina
del ocaso, en la más pura soledad
como esperando a que llegaras,
a que tu mano dentro de sí guardara
un papel que me nombrase depositario final
de tu espejismo y de tu beso.


Herido en la más leve molécula del desamparo,
hablé de ti en cada plaza pública
en que fui supliciado, culpable de todo crimen,
imperdonable ladrón, corruptor de lo sagrado;
y, lanzando coágulos de sangre por la boca,
me atreví a murmurar tu nombre

para que vinieras,
para que rugieras,
para que me oyeras,
para que tus yemas tocaran
la tierra yerma de mi hueso

Hundido, hecho nudo o bagazo,
materia deleznable, grosera piedra,
¿alcancé a sostener el fuego de tu nombre?
Nuestros son el olvido y sus cachorros, la invaluable
ortiga del deseo en nuestros lechos funerarios;
insisto, en el filo de tu uña teje su nido,
solitario, el halcón de la nostalgia,
obcecado, incontenible. ¿Quién llama en esta hora, quién,
llamando, exige el silencio de la roca y el sepulcro?

Con estas manos, en este páramo, he abierto una herida;
en este pecho, con este acero, abro un canal para irrigarlo
Oleaje en el horizonte,
dársena para el naufragio ajeno,
aleatoria enumeración de catástrofes;
tuya es la palabra que ahora brota:
salvaje y luminosa, toma mi cuello,
abre la puerta a la sangre,
vulcánica, marca su dentadura,
el filo de su garra sobre esta carne

descansan las gaviotas sobre balsas de aire
ayer, amor, temblaba en la mordedura
del frío; se dolía mi costado, tiritaba
la espina dorsal de mi alegría

hoy he mordido sin más una cebolla,
he puesto al fuego una sartén
y alimentado mi hambre: llevo desde
la madrugada dando vueltas
como un perro feliz en su encierro


pienso en las horas que compartimos,
en las madrugadas y algunos detalles
que me quedaré como un recuerdo
inocente aunque afilado de tu rostro

ayer, como decía, el frío era la fauce
de un cocodrilo sobre el más
desamparado de mis veinte dedos

hoy escribo, llueve desde la madrugada,
y la niebla ha vuelto a cubrir la ciudad
esta mañana; he dicho que es maravilloso
este clima lleno de gris, saberme
otra vez de pie frente al camino,
otra vez con mi desesperanza
y con mi fuego.

He dicho que la madrugada se hizo lluvia,
que tomé una ducha larga mientras el mundo
se hacía un cubo de hielo, y tarareé
alguna canción de la lejana infancia;
volví a abrazar a mis amigos muertos,
a mis perros y al mocoso que fui,
recién levantado entre las piedras
o entre el lodo de las calles sin pavimento
de mil novecientos noventa y cuatro.

He dicho que todo mantiene su curso,
que esta despedida es un contratiempo
pero el río permanece inmutable,
y ya ha bañado algunas piedras
mientras peleaba contra el mar
entonces, digo estoy quebrado,
o en camino de resquebrajarme los huesos
de la paciencia contra la nada,
que estoy enfermo, y sin embargo, empuño,
festivo, desafiante, el descuido, vivir como
si no fuera con uno la cosa de ir muriendo,
envejecer, con el desenfado de los veinte años,
pero hay algo dentro, una viscosidad del alma
que me sujeta por el tórax, que me dice tranquilo
mira cómo se hunde todo, también esta daga
indolora en tu carne, como la daga de un granjero
sobre el cerdo para calar el músculo, la carne
que ha de llevar más tarde a su mesa,
a la mesa donde convidará a sus invitados,
a su progenie desconocedora del chillido,
pero me extravío, yo estaba diciendo
que algo hay como una pequeña muerte
bailando en mis entrañas, un son de tarima,
a ritmo de violines, zapateando alegremente
y es lo que me tiene anquilosado en este mutis
porque estoy tan roto como se puede estar
sin desplomarse, porque estoy tan sobrio
como se puede estar sin desplumarse en el intento,
y callo, acaso por verme más bonito,
tal vez, seguramente, porque me da traspiés
la lengua, y me falta un diccionario para decir
que sí, que hay algo que quiero contarles,
y necesito la sencilla palabra que no encuentro

cerveza verde como sus ojos

Parafraseando mal al viejo cocodrilo:
probé esa chela años antes de conocerla
pero ya sabía que iba a combinarle.
Ya sabía que, ebrio de abstinencia,
al pronunciar su nombre, el cielo
caería rendido ante nosotros,
incapaz de tormenta o relámpagos,
que el mar, ese molusco incomprendido,
ofrecería la perla de su amanecer
a nuestros labios, a nuestras manos
entrelazadas, falange a falange,

yo sabía que después de tanta arena
y tanto horizonte en resquebrajamiento,
que después de hurtar los frutos del deseo,
los gatos en tus ojos estirarían la zarpa,
para acariciar hasta sangrarlo este corazón
que empuño como la defensa de un viejo
boxeador, que levanto por encima del aire
para clamar que abrazo la derrota
ante el arco de tu cadera
Esta ebriedad tan suave,
la carne tumefacta ante la mordida
del enamoramiento, este traspié
sobre el fango del miedo,
ese miedo a dejarse caer
sobre el lomo de la esperanza

1 mar 2020

Estás en el hueco de mi abrazo, en el sorpresivo espasmo de mi lengua cuando contigo sueño. Mi segundo corazón palpita bajo mi ropa, sé que al llamarte, busca el vuelo de tu falda
Creo en el alba oír un atareado rumor de multitudes que se alejan

— Borges, en una colonia popular de la ciudad de México, ha resucitado. Busca el origen de la mítica despensa, pero el mapache ya ha partido, a la caza de nuevos votos.
Oh, dulces despensas por mí mal halladas!
Bonos Chedraui cuando el PAN mi voto quería!
Perdidas estáis en la pobreza mía
y por ella en mi hambre conjuradas!

— Garcilaso de la Vega despierta bajo un puente, de cara a las elecciones en México 2018

La poesía siempre vigila


Quiero decir que hoy, mientras camino
pienso en ti, en las horas que se escapan
de nosotros en esas tardes en que alcanzo
a tocar tu mano, y oigo en esos instantes
breves por fugaces, el latido acompasado
de tu corazón. De pronto ha oscurecido
y es hora de partir, decirnos hasta pronto,
amarrar a los perros furiosos del deseo,
acariciarles el morro, decirles 'tranquilos,
ya vendrán otras tardes en que puedan
aullar a la luna creciente de su sonrisa,
calma'. Las horas vuelven a tomar su peso,
la abrumadora carga de su tonelaje, pero
gradualmente. Sería insoportable que
apenas soltar tu mano, esa mano cuyos
dedos van y vienen entre los dedos míos,
la realidad volviese a morder mi cráneo.
Es cuestión de supervivencia, o gracia
de una divinidad en la que no creo.
Pero poco a poco, como si se tratara
de un velo o de una roca cimentadora,
la tristeza, el desasosiego, vuelven
a poner sus manos sobre mi hombro,
como si quisieran hundirme en el concreto.
Y es tan poderoso el imán de la gravedad,
y pasan tan lentas las horas, como un engranaje
que se ha cansado de girar, de empujar
otras poleas, de ser empujado a su vez,
que todo en torno rechina, máquina
venida de otras épocas, arcaico animal
que no termina nunca de despertarse;
te decía que las horas pasan lentas,
como animales al borde de la extinción,
que se reduce cada flama en mi pecho,
y mi corazón es una fiera agazapada,
que espera a su presa, o al cazador,
o el momento de volver a tomar tu mano