1 mar 2020

La poesía siempre vigila


Quiero decir que hoy, mientras camino
pienso en ti, en las horas que se escapan
de nosotros en esas tardes en que alcanzo
a tocar tu mano, y oigo en esos instantes
breves por fugaces, el latido acompasado
de tu corazón. De pronto ha oscurecido
y es hora de partir, decirnos hasta pronto,
amarrar a los perros furiosos del deseo,
acariciarles el morro, decirles 'tranquilos,
ya vendrán otras tardes en que puedan
aullar a la luna creciente de su sonrisa,
calma'. Las horas vuelven a tomar su peso,
la abrumadora carga de su tonelaje, pero
gradualmente. Sería insoportable que
apenas soltar tu mano, esa mano cuyos
dedos van y vienen entre los dedos míos,
la realidad volviese a morder mi cráneo.
Es cuestión de supervivencia, o gracia
de una divinidad en la que no creo.
Pero poco a poco, como si se tratara
de un velo o de una roca cimentadora,
la tristeza, el desasosiego, vuelven
a poner sus manos sobre mi hombro,
como si quisieran hundirme en el concreto.
Y es tan poderoso el imán de la gravedad,
y pasan tan lentas las horas, como un engranaje
que se ha cansado de girar, de empujar
otras poleas, de ser empujado a su vez,
que todo en torno rechina, máquina
venida de otras épocas, arcaico animal
que no termina nunca de despertarse;
te decía que las horas pasan lentas,
como animales al borde de la extinción,
que se reduce cada flama en mi pecho,
y mi corazón es una fiera agazapada,
que espera a su presa, o al cazador,
o el momento de volver a tomar tu mano

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