23 mar 2020
Te ha sucedido que después de viajar toda la noche y buena parte del día
bajas del bus en la cuarta terminal de trasbordo, y encuentras largas
filas para comprar el siguiente boleto y nadie sabe de líneas piratas ni
han visto el mar a pesar de su cercanía y entonces decides salir a
explorar los alrededores porque de todos modos ya no llegas hoy a tu
destino y apenas poner un pie en la calle vez con escepticismo un
triciclo que oferta pozol con cacao y al buscar al vendedor no
ves a nadie, y tu paladar saliva por una bebida que se parezca a la que
encontraste muchas tardes en Cinco de Mayo, en la lejana y calurosa
ciudad Coneja, pero el callo de la decepción te dice seguramente será
más parecido al preparado insípido que alcanzó a calmar la sed en la
infernal Villahermosa, y justo cuando estás a punto de reanudar la
marcha aparece el vendedor y sin mucha fe pagas los doce pesos de la
porción, y pruebas y solo alcanzas a decir coño, carajo! Y ese trago
basta para olvidar que no has probado bocado desde la tarde anterior y
te encaminas al corazón de la ciudad, tomas un par de fotografías con tu
celular porque olvidaste la cámara en el departamento que para no
complicarte llamas casa, y al volver a la terminal encuentras mangos con
chile, es decir, otro asalto de los corsarios de la memoria contra el
galeote del paladar?
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