23 mar 2020

He dicho tu nombre en cada esquina
del ocaso, en la más pura soledad
como esperando a que llegaras,
a que tu mano dentro de sí guardara
un papel que me nombrase depositario final
de tu espejismo y de tu beso.


Herido en la más leve molécula del desamparo,
hablé de ti en cada plaza pública
en que fui supliciado, culpable de todo crimen,
imperdonable ladrón, corruptor de lo sagrado;
y, lanzando coágulos de sangre por la boca,
me atreví a murmurar tu nombre

para que vinieras,
para que rugieras,
para que me oyeras,
para que tus yemas tocaran
la tierra yerma de mi hueso

Hundido, hecho nudo o bagazo,
materia deleznable, grosera piedra,
¿alcancé a sostener el fuego de tu nombre?

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