23 mar 2020

ayer, amor, temblaba en la mordedura
del frío; se dolía mi costado, tiritaba
la espina dorsal de mi alegría

hoy he mordido sin más una cebolla,
he puesto al fuego una sartén
y alimentado mi hambre: llevo desde
la madrugada dando vueltas
como un perro feliz en su encierro


pienso en las horas que compartimos,
en las madrugadas y algunos detalles
que me quedaré como un recuerdo
inocente aunque afilado de tu rostro

ayer, como decía, el frío era la fauce
de un cocodrilo sobre el más
desamparado de mis veinte dedos

hoy escribo, llueve desde la madrugada,
y la niebla ha vuelto a cubrir la ciudad
esta mañana; he dicho que es maravilloso
este clima lleno de gris, saberme
otra vez de pie frente al camino,
otra vez con mi desesperanza
y con mi fuego.

He dicho que la madrugada se hizo lluvia,
que tomé una ducha larga mientras el mundo
se hacía un cubo de hielo, y tarareé
alguna canción de la lejana infancia;
volví a abrazar a mis amigos muertos,
a mis perros y al mocoso que fui,
recién levantado entre las piedras
o entre el lodo de las calles sin pavimento
de mil novecientos noventa y cuatro.

He dicho que todo mantiene su curso,
que esta despedida es un contratiempo
pero el río permanece inmutable,
y ya ha bañado algunas piedras
mientras peleaba contra el mar

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