1 mar 2020

Aquí está mi corazón, piedra de sal.
Arrúllalo en tu lengua, en el vaivén de tu cadera.
Como un cristal astíllalo. Que nada suyo quede en pie.
Que se le duerma el corazón a mi corazón,
cuando al llorarte, nombre, hueso a hueso,
tu recuerdo: que se le descoyunte cada hora
sobre la soberbia noche, que, roca, me sepulte
la primera sospecha de tu labio.


Que no haya rincón que alcance a ocultar
el suspiro al caer como un hacha sobre el silencio,
que no haya viento, por suave, que no le queme
la carne al pequeño habitante de mi pecho,
que lo ame el invierno como a un animal perdido.

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