Una vez que se ha nombrado la causa
del temblor a media noche,
el batir de puertas sin motivo,
abiertas como la fauce de un animal
que no se decide aún a clausurar
su resuello agónico, el columpiaje del último respiro,
que no llega ni se asoma, tímido
visitante por el ojo torvo de la ventana;
una vez que el nudo donde empieza a romperse
la casa de cristales del sosiego
se ha reconocido como un hijo propio
un hijo al que se teme con fervor de hiena,
y se recogen las pertenencias del abandono,
es pertinente asegurar las hendiduras,
tapiar grietas y persianas, envolver
en espinas los espejos de la casa, sus ojos;
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