el pequeño hombre recoge
ramas secas que lo espinan,
un nutrido grupo de hormigas rojas
han irritado la carne de sus brazos,
pero insiste en alcanzar la noche
en tocar el torso gélido del firmamento
ahora que su garganta se cierra
como el puño de un humillado,
y no alcanza a balbucear su nombre,
ha decidido alcanzar la frontera del sueño,
atravesarla como el cuchillo
atravesó el agitado corazón del cerdo,
una mañana que no sabe fijar en una fecha,
de la que sólo recuerda
los chillidos del animal, la inesperada sangre;
ha decidido cruzar la frontera del sueño,
sabe que navega sobre un mar de arena
que en el fondo hallará, tal vez,
un lecho de agua
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