28 feb 2020

Caín

¿Quién la frente besó del fratricida?
¿Qué voz le deseó los dulces sueños?
¿Qué hacha rajo de su hogar los secos leños,
quién su rebaño cuidó, quién la herida

abierta en el espíritu, quién los cabellos
le mesó, en el desamparo? ¿Qué aterida
sombra le siguió, fiel, por la oscurecida
ruta del desierto? ¿De qué tierra se alzó dueño,

a qué mujer de qué ciudad tomó por suya,
en qué altar su holocausto fue de nueva
cuenta rechazado? Yo lo imagino solo: aulla,

lastimado aún, pero se cura; ya no ruega
el perdón de su verdugo, aunque huya.
Si hay un dios, no le perdono: dice, alega.
Me basta tomar tu mano,
pero estoy quebrado en el ánimo,
y me alcanza la voz para el silencio,
se me resquebraja el nervio lingual
de mi más ferviente deseo;
caerán ciudades, se harán polvo,
esta mano sostendrá, aún entonces,
entre las ruinas, bajo la nube de polvo
implacable, la mano de tu beso.

Me basta la iridiscencia de tu ojo,
hoguera, espejismo, faro
Me basta tomar tu mano, pero estoy dolido
de otras horas, en mi último costado,
y sangro de esperar que vengas, de buscar
tu voz a tientas en la caverna de los días,
y grito y rompo los cristales del manicomio,
y rujo por hallar el rastro de tu aroma,
y me duelo y resquebrajo y te llamo
y no respondes, sólo el arco de tu sonrisa
lanza su dardo, solo, el manantial de tu mirada
sacia mi sed, me arroja al infinito
¿Quién del amor armó la trampa,
quién puso a la ternura dulce voz,
quién, cansado del silencio atroz,
mordió su carne, quién escampa

la lluvia bajo el relámpago, precoz,
para salvarse? ¿Qué ave en jaula canta
una canción de amor, quién rapta
ya la noche, quién afilará la vieja hoz

para segar el trigo seco del recuerdo?
¿Quién me dirá qué nombre mascullar
en la ardiente arena del desierto?

Mi mano urdió la trampa -he de callar-
y mi pie cayó bajo su embrujo. Muerto,
o casi, yazgo a la vera de su mar.
sólo resta decir que se me vino la oscuridad
a cuestas, sin avisar o decir agua va,
que se me vino encima como garrapata hambrienta,
y me horadó la carne, los tendones, el coraje
cuando busqué la puerta para escapar de su caricia

que en su trajinar por las ciudades se olvidó de buscar el naufragio


porque debo decir que se me torció la lengua una mañana,
que mi voz llegó incompleta, desgarrada, a su destino,
como una carta que se fue quedando bajo la lluvia,
resquebrajada en sus dobleces al secarse, estrujada
contra el pecho del abandono, deslavada, ya imprecisa;
que mi voz se fue mellando como el filo de un hacha
o un cuchillo de carnicero repetidas veces tropezado
con la piedra vertebral de su cadáver, con el cráneo
empequeñecido en el aceite, y así, romo, estropeado
en la acerada mordedura, fui sacando la lengua
para nombrar el fuego, para ahuyentar al fantasma
en el reflejo; que se me dislocó la lengua en el aullido,
cuando llamé a su sombra y no encontré a mi padre,
y ahora que le busco, no hay piedra, ni rincón, ni templo
que lo asile, pues se ha desvanecido su fantasma,
y estoy aquí, de pie aunque esguinzado en la lira vocal,
que apenas balbuceo se resquebraja este papel humedecido
bajo la lluvia, esta carta donde nadie me nombra su heredero,
y se corre la tinta, y se desgaja en sus dobleces,
y se mella el filo de la palabra que guardo como una fruta
largo tiempo madurada en el maxilar, que ya supura,
y no hay aullido, ni crepitar de los molares, ni suplicio,
ni ofrenda para el hambre del fantasma
Y debo decir que no sé cómo se masca la ternura,
que me hizo falta, entre la polvadera de estar vivo,
apretarle la tuerca a la amargura,
que olvidé aprender los modos
de espolearle las costillas a la tristeza,
y en este relinchar de potros salvajes
del pecho y su huésped el corazón
de pie ante su querencia, me da por trastabillar,
y en el tartamudo soliloquio,
arranco una flor, escribo una carta,
pergeño oraciones que, tímidas, indecisas,
anuncian el arco grotesco por inusual
de una sonrisa, de estar perdido, pendiente de tu voz
Esta noche iré
donde acaba la ciudad:
el infinito
Es un incendio
o una ciudad insomne
lo que me llama
El sonoro crujir
de ciudades antiguas
ya me adormece

17 feb 2020

por naufragar gustoso en la saliva
de tu boca, por conocer la llama
de tu vientre, por recorrer tu cama
noche a noche: madera recia y viva,

en cada ocaso y cada aurora altiva;
por pretender tu nombre en brama,
por aprehender tu voz de tierra llana,
por deshojar la flor de mi cautiva

sangre y su paciencia, por salmodiar
en el desierto, en soledad, el beso
tuyo, por el lago azul de tu mirar,

por la fiebre compartida, el embeleso
al sostener tu mano, el respirar,
por fin al lado tuyo, porque te pienso
me pongo en pie, tropiezo en el caos
de los seis metros cuadrados
que encierran mi jaula o habitación,
tanteo en la oscuridad: alguien se llevó
la luz una mañana, no supe cuándo
porque había sol, y ahora un abrazo
de niebla y de llovizna lo envuelve todo;
soy incapaz de ordenar mi celda:
apenas ordeno los libros, me agobian
las botellas, la ropa sucia, los papelillos
donde anoto sin cansancio un nombre
de mujer, algunos versos, el ácido reclamo
a lo que me dio el hálito de ineluctable vida;
encerrado como fiera mansa me revuelvo,
rasco mis heridas, dejo crecer el moho
en la costura de mis zapatos, en la navaja,
toco pero con inconfesable temor el polvo
que cayó de mi cuerpo por la noche,
con el espanto de quien toca por primera vez
a un muerto, fascinado y al borde de la lágrima;
acaso esta inmovilidad del paisaje, de las horas,
sea un sueño parecido a estar montado
en la cama de la muerte, tal vez me duela
por el ansia irrefrenable de estar tendido
en ese lecho, o porque me excita su mordisco
de tierna amante sobre mi hombro;
y acaso esta inmovilidad de los colores, este
perpetuo gris que todo lo maquilla,
que todo lo congela, para el que no hay puerta,
me esté sirviendo para dormir en tierra,
amar la brasa, el músculo entumido que entre
el lodo palpita, se revuelve, ansioso, resignado casi,
suelto, como si estuviera ebrio, pero resignado
a la supervivencia, a que amanezca
y vuelva el sol, la jauría de uno mismo,
la insalvable hidrofobia, el barro que se quiebra
a sí mismo, enfurecido, rabioso
después de todo, uno se acerca a la jaula,
gruñe, rasca el suelo, desenfunda la garra,
se golpea el pecho, rompe la fina tela
del delirio; después de todo, no se es menos animal
por deglutir palabras, por mascador de extraños
adjetivos y concluyentes oraciones, no se es por docto
menos bruto si dentro la sangre rebulle,
se hace rosca, eriza la espalda, ladra y muestra,
sin compromiso, güero, el colmillar, la salivante
fauce, la rencorosa entraña regurgitante,
el entrecomillar de la cortés genuflexión;
después de todo, se es granada de fragmentación,
retorcido fruto en el jardín del dios de las cantinas,
hilo descarriado en el perfecto telamental
de lo correcto, y poco queda en mano que de fé,
constancia de haber tenido el pecho sano, limpio,
de no haber tomado cicatriz o mujer o vino;
después de todo, se es incapaz de sostener la calma
-pese al estoicismo, al temple ferramentado,
a la férrea voluntad del temblor en cada pierna-,
uno se sabe, cada uno comprende que no hay día
que vuelva, que no hay modo de que ocurra
otra vez ese milagro sencillamente despreciado
de mirar el vacío para apreciar la caricia del vendaval
en los entresijos macilentos de la camisa,
la incolora sensación de estar a salvo, inocente,
con apenas cuarteaduras en el estrépito de carcajearse
a lomos de la noche, a fin de cuentas, después de todo
para encender un fósforo que haga arder el día,
para que la lluvia ilumine el horizonte,
para que la música sostenga el esqueleto y la carne,
para que lo terriblemente torpe en mi se enderece,
para sincerar a los ladrones,
para besar el cadalso, la hoja de la guillotina,
para arrojarse a la boca del lobo, jubiloso,
para acariciar la llaga, para resplandecer
basta el arroyo de su voz,
el iridiscente relámpago de su mirar,
su mano tierra firme para mi mano madero extraviado
Cómo negar que he amado la noche,
cada oscura reverberación suya
cada insospechada esquina atestada de torvos asesinos,
cómo negar sin dilaciones
la abrupta llaga en el erial del cuerpo
si a cada paso, a cada renquear de su esqueleto
es patente y visible que supura,
que cada gozne óseo ya chirría
al más leve movimiento, que la casa
ha gemido hace siglos sin que nadie,
ni el más nervioso de sus habitantes
parezca darse cuenta, que se hunde
con la pudrición de sus maderos,
absorta en su juego de espejos;
que esta casa que es mi enredijo
de caudalosa vena y brutal arteria
gime hace rato ya como si de un herido
animal se tratara, cual atropellado
ladrido sobre la acera, ¿no los ha visto aún?
Para qué, la poesía, para qué?
Con qué fin, a qué el rugido de la poesía,
ese analgésico para la cefalea
cotidiana del hombre?
Muestra tus dientes, poesía, ladra,
no esperes que alguien se amedrente