Uno abraza la madrugada con la desesperanza
de quien abraza el cadáver de su padre,
con la cruda certeza de estar frente a frente
con el último día del resto de su vida,
sabedor de que a partir de ese instante,
interminable, irrepetible, todo habrá de trastocarse;
que no habrá, bajo el cenit del día,
tabla de salvación, ni cayado que separe las aguas
de un mar de oprobio; uno abraza la quemadura
en la piel con la ternura de quien sostiene
en la camisa de fuerza del abrazo al niño que se fue,
que tuvo a bien caer de bruces en el parque,
en el húmedo empedrado de una calle:
uno arrulla el desasosiego y piensa en cada cosa
que lo espera tras la puerta, pero, y esto es importante,
ignora si la puerta da a la calle, o al oscuro
interior de una casa que está a dos pasos, a la espera
del más pequeño temblor para venirse abajo
16 feb 2020
Debo decirte que estoy de pie,
que el día llega con su ofrenda
de ciruelos y naranjos en flor,
que el invierno muerde, pero con delicadeza,
mi carne por la calle, que me faltan
las horas para aspirar el aire del delirio.
que el día llega con su ofrenda
de ciruelos y naranjos en flor,
que el invierno muerde, pero con delicadeza,
mi carne por la calle, que me faltan
las horas para aspirar el aire del delirio.
Debo decir, en pocas palabras,
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo
Las estaciones del olvido II / Max Rojas
Grabo en la noche
tu perfil de sombras,
mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes.
Un signo entre la noche,
una señal de tu regreso:
la huella de tus pasos,
el eco de tu voz,
tu personal cementerio
de pájaros heridos.
Mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes,
masco en la noche
la sombra que dejaste
tu perfil de sombras,
mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes.
Un signo entre la noche,
una señal de tu regreso:
la huella de tus pasos,
el eco de tu voz,
tu personal cementerio
de pájaros heridos.
Mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes,
masco en la noche
la sombra que dejaste
También esta dolencia cansa,
este andar, paso a paso, por la casa
con el ansia del lengüetazo en la llaga del lomo,
salivar inútilmente, hacer del gimoteo
la única palabra, la primera oración del día, cansa
este andar, paso a paso, por la casa
con el ansia del lengüetazo en la llaga del lomo,
salivar inútilmente, hacer del gimoteo
la única palabra, la primera oración del día, cansa
y he de decir que estoy humeante de congoja,
atribulado, casi roto el maxilar de mi esperanza,
pero en pie aunque tambaleante y receloso
He de decir que estoy, que pongo el ojo en la otra mano,
que me aulla este fantasma, que esta casa
desde sus grietas, desde la cuarteadura de su sueño, grita y se abre
atribulado, casi roto el maxilar de mi esperanza,
pero en pie aunque tambaleante y receloso
He de decir que estoy, que pongo el ojo en la otra mano,
que me aulla este fantasma, que esta casa
desde sus grietas, desde la cuarteadura de su sueño, grita y se abre
Anoche he vuelto a beber. La noche era fría, de un frío que abraza como
una madre que no sabe arrullar a sus hijos pero aún así hace el intento
de arroparlos, aunque en el abrazo los ahogue. Las calles estaban
solitarias, los treinta y cinco kilómetros que recorrí hasta la ciudad
más cercana también estaban solitarios. Durante el trayecto iba pensando
en que necesitaba cargar gasolina, en los recientes levantones, en la
absurda polución de fuerzas armadas, en su inútil despliegue
de torretas, en la niebla, en como hace más oscura la oscuridad, al
tragarse toda luz, en la densa oscuridad bajo la niebla. Pensé en los
ojos de esa mujer de la que he estado enamorado los últimos dos años. En
cómo ninguno se decide a dar el siguiente paso. Pensé en una balacera
desatada, en las talacheras que sirven de cobijo a los secuestradores,
en las fondas a la orilla de la carretera donde llegan a ocultarse
algunos narcotraficantes de poca monta, apenas gatilleros, apenas
empleados menores del crimen organizado. Pensé en los baches de la
carretera y en la posibilidad de caer en uno de ellos, tan profundo como
la muerte, y salir disparado contra un tráiler o a la boca abierta de
una barranca. En los coyotes que otrora aullaron en estas planicies, en
los bosques perdidos. El frío tendió su mano y atenazó mi corazón. Volví
a mirar las solitarias luces de la pequeña ciudad. Bebí un trago más,
entré en la madrugada como un ladrón a una casa que desconoce. Pensé en
el tierno amor de una mujer de la que me separé hace unos años, en lo
hermoso que fue descubrir el lunar en el medio de su espalda, como un
sol, o una piedra de sacrificio en el corazón de una estepa solitaria.
Pensé en cerrar los ojos, en sumergirme en el pozo del sueño. Pensé en
las calles de Texcoco hace nueve años. En el chaval que en ese entonces
sostenía sobre su mano el corazón: rudo, bravo, ojeroso, inocente, en
los plantíos de cierta universidad. Pensé en los frenos, en el
acelerador, en el sabor del tabaco en la boca, en la infelicidad, en la
aventura.
Un minuto
Otra vez, la calle abierta del pasado. Terrible. Una y otra vez
caigo, borrachín poco menos que alegre, pero que sabe soltar la
carcajada en el estertor.
No es esta mano el pedestal que te sostiene. Ingente lengua de hoguera, trago para el frío.
Me he hecho viejo, y sin embargo, habito el mismo sitio común de la derrota.
No es esta mano el pedestal que te sostiene. Ingente lengua de hoguera, trago para el frío.
Me he hecho viejo, y sin embargo, habito el mismo sitio común de la derrota.
Nadie dirá esta ruina con su trinos anuncia la primavera. Umbral de
otoño, caigo, borrachito poco menos que enlodado, brinqueteando bajo la
lluvia.
En esencia decir el humo se estrella en tus ojos como aves borrachas
de insomnio contra el parabrisas empañado del destino es decir palabras
más, palabras menos, que me tienes embrujado y pendejo de amor o de
nostalgia irresistible
Decir que se camina
bajo la lluvia
sin paraguas
ni lámpara
que muerda el talón
de la ciega oscuridad
para alcanzar el beso
sincopado de tu ojo
es tanto como explicar
el fuego en la entraña
del concreto,
el torvo incendio de la infancia,
el aleteo quebrado, hosco, de la adolescente carne,
la aguerrida, descarnada, desarmada, ilusa
ferocidad volátil, kamikaze, de la juventud,
el amargo, irrisorio pan de madurar en el delirio,
de sentirse cristal, ya no la piedra, el cristal,
el muro fragilísimo que amenaza sin embargo con el hórrrido bramido de su beso
y pese a todo es atravesado, roto, hecho astillas,
órale pues
Decir que se camina
bajo la lluvia
sin paraguas
ni lámpara
que muerda el talón
de la ciega oscuridad
para alcanzar el beso
sincopado de tu ojo
es tanto como explicar
el fuego en la entraña
del concreto,
el torvo incendio de la infancia,
el aleteo quebrado, hosco, de la adolescente carne,
la aguerrida, descarnada, desarmada, ilusa
ferocidad volátil, kamikaze, de la juventud,
el amargo, irrisorio pan de madurar en el delirio,
de sentirse cristal, ya no la piedra, el cristal,
el muro fragilísimo que amenaza sin embargo con el hórrrido bramido de su beso
y pese a todo es atravesado, roto, hecho astillas,
órale pues
Hablo con la lengua de fuera: perro, hablo.
Se me eriza en la nuca el beso del invierno,
aletea mi pena izquierda, paloma negra, sobre el tejado,
y yo aquí, tirado sobre el cuerpo de mi cuerpo,
en la grotesca placidez de este bulto que otrora me
perteneció,
en este atento rapiñar del beso,
en este renquear de hambre, en el despeñadero matutino,
en este muro que se rompe, que deja caer sus bloques de granito
sobre el lomo anhelante del sosiego
Se me eriza en la nuca el beso del invierno,
aletea mi pena izquierda, paloma negra, sobre el tejado,
y yo aquí, tirado sobre el cuerpo de mi cuerpo,
en la grotesca placidez de este bulto que otrora me
perteneció,
en este atento rapiñar del beso,
en este renquear de hambre, en el despeñadero matutino,
en este muro que se rompe, que deja caer sus bloques de granito
sobre el lomo anhelante del sosiego
Tristeza, perra flaca, andrajosa vieja amiga:
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
En el tenso arco del día,
a punto casi de romper
el negro cascarón de la noche,
nace el faro de tu dedo, señala
el infinito hilo cansado
del horizonte, las tolvaneras,
el graznido de las aves
en su incesante cacería sobre la superficie del agua y de la sal.
Tu ojo brilla en ese instante,
perla, desde el fondo azul
arroja su haz de luz para iluminar
el día que agoniza. Es tan simple,
presenciar la belleza, y sin embargo,
comprenderla, condensar en unas cuantas líneas
la maravilla de su aparición,
tan complicado, tan inasible su materia de intangible sueño,
su espejismo tan real, indescriptible.
Sin oración, sin palabra que ahora alcance, vuelvo a casa, maravillosamente desconsolado, sonriente, insatisfecho
a punto casi de romper
el negro cascarón de la noche,
nace el faro de tu dedo, señala
el infinito hilo cansado
del horizonte, las tolvaneras,
el graznido de las aves
en su incesante cacería sobre la superficie del agua y de la sal.
Tu ojo brilla en ese instante,
perla, desde el fondo azul
arroja su haz de luz para iluminar
el día que agoniza. Es tan simple,
presenciar la belleza, y sin embargo,
comprenderla, condensar en unas cuantas líneas
la maravilla de su aparición,
tan complicado, tan inasible su materia de intangible sueño,
su espejismo tan real, indescriptible.
Sin oración, sin palabra que ahora alcance, vuelvo a casa, maravillosamente desconsolado, sonriente, insatisfecho
Soliloquio de Jesús ante su padre, en el desierto.
¿Tanto es mi cariño hacia tí, mi ciega devoción o el imponente miedo que en mi despierta tu presencia, padre? Las generaciones venideras me tomaran como ejemplo del buen hijo que se sacrifica ante su padre para beneficio de sus hermanos, menores e ingratos.
¡Si tan sólo supieran! ¡Si pudieran, en un atisbo de pobre imaginación, hacerse la imagen de lo desgraciado que soy al observar, y en un arrebato de estúpida obediencia, abrazar tus planes!
Nadie sabrá, acaso tú, el implacable voyeurista, el tormento que es cada una de las noches en este páramo reseco; ¿quién podría saber que mis noches están pobladas con los gemidos que de Magdalena mantiene encendidos mi memoria, quién diría que mis oraciones más íntimas y fervorosas se me van en evocar cada palmo de su piel al entregárseme, viva, palpitante, en el helado desierto? ¿Habrás adivinado, tú, padre, en tu infinita y obscena sabiduría, cómo se me revuelve la entraña al imaginarla, a ella, en brazos de otro, de otros desconocidos amantes, encendida en el centro de su carne, esa carne que hasta hace algunas noches me era imposible imaginar, absorto en escuchar tu perorata?
Mezcal & una carta que dice adiós, la noche cae, hada alcohólica, le parte la madre a la última botella.
Mezcal & este barruntar de hueso sobre hueso, el coro de lamentaciones para la misa de domingo.
Mezcal & hacerse viejo, la placidez de estar muriendo a cada paso, que todo ha de pasar, fugaz.
Mezcal & abrir los ojos antes de la estocada, primer anuncio de la caída, festín de galgos el jirón de la nostalgia.
Mezcal & sangre en el estupor de estar vivo, resucitado, en esta fecha tan fregona que es noviembre.
Mezcal & playas con tormenta, cervecerías desoladas, promesa para la embriaguez, carta abierta al desenfreno. Mezcal & ventarrones. Mezcal & tu recuerdo salado, tú que jamás viste el mar. Mezcal & la artritis, los cuervos, el graznido de las gaviotas al guardarse un arponazo en el costado. Mezcal & autos viejos sobre la carretera, panza arriba, humeantes como este corazón humeante de vivir. Mezcal & habichuelas mágicas para encontrar la mordida de la serpiente de las escamas de oro. Mezcal & piedras de estaño. Mezcal & la flor que se roba a los muertos para inventar la sonrisa de una mujer. Mezcal & la lengua entumecida. Mezcal & la fiebre tifoidea. Mezcal & los compadritos muertos. Mezcal & el viejo barrio calle en polvo, puño en ristre.
Mezcal & este barruntar de hueso sobre hueso, el coro de lamentaciones para la misa de domingo.
Mezcal & hacerse viejo, la placidez de estar muriendo a cada paso, que todo ha de pasar, fugaz.
Mezcal & abrir los ojos antes de la estocada, primer anuncio de la caída, festín de galgos el jirón de la nostalgia.
Mezcal & sangre en el estupor de estar vivo, resucitado, en esta fecha tan fregona que es noviembre.
Mezcal & playas con tormenta, cervecerías desoladas, promesa para la embriaguez, carta abierta al desenfreno. Mezcal & ventarrones. Mezcal & tu recuerdo salado, tú que jamás viste el mar. Mezcal & la artritis, los cuervos, el graznido de las gaviotas al guardarse un arponazo en el costado. Mezcal & autos viejos sobre la carretera, panza arriba, humeantes como este corazón humeante de vivir. Mezcal & habichuelas mágicas para encontrar la mordida de la serpiente de las escamas de oro. Mezcal & piedras de estaño. Mezcal & la flor que se roba a los muertos para inventar la sonrisa de una mujer. Mezcal & la lengua entumecida. Mezcal & la fiebre tifoidea. Mezcal & los compadritos muertos. Mezcal & el viejo barrio calle en polvo, puño en ristre.
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