Mezcal & una carta que dice adiós, la noche cae, hada alcohólica, le parte la madre a la última botella.
Mezcal & este barruntar de hueso sobre hueso, el coro de lamentaciones para la misa de domingo.
Mezcal & hacerse viejo, la placidez de estar muriendo a cada paso, que todo ha de pasar, fugaz.
Mezcal & abrir los ojos antes de la estocada, primer anuncio de la caída, festín de galgos el jirón de la nostalgia.
Mezcal & sangre en el estupor de estar vivo, resucitado, en esta fecha tan fregona que es noviembre.
Mezcal & playas con tormenta, cervecerías desoladas, promesa para
la embriaguez, carta abierta al desenfreno. Mezcal & ventarrones.
Mezcal & tu recuerdo salado, tú que jamás viste el mar. Mezcal &
la artritis, los cuervos, el graznido de las gaviotas al guardarse un
arponazo en el costado. Mezcal & autos viejos sobre la carretera,
panza arriba, humeantes como este corazón humeante de vivir. Mezcal
& habichuelas mágicas para encontrar la mordida de la serpiente de
las escamas de oro. Mezcal & piedras de estaño. Mezcal & la flor
que se roba a los muertos para inventar la sonrisa de una mujer. Mezcal
& la lengua entumecida. Mezcal & la fiebre tifoidea. Mezcal
& los compadritos muertos. Mezcal & el viejo barrio calle en
polvo, puño en ristre.
16 feb 2020
Pese a su brevedad, adiós es una palabra difícil de escribir.
No. Me quedará tu nombre
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.
No te perdí: gano un recuerdo.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
25 10 2017
Clásico, vas a Chilpancingo (no es tu reino, pero queda cerca), y la
aplicas: barbacoa de chivo en el mercado, con su respectiva vicky bien
fría a ritmo de algún dueto que se raje la garganta con La mula bronca.
Las empanadas rellenas de camote que de morrillo jamás habrías aceptado
en tu reducido catálogo de manjares, los panecillos llamados borrachitos
que siempre llegaban en domingo, acompañados de nieve de leche; el
queso añejo con guajillo en la corteza por el que te hiciste
afecto a los mercados, acudías a ellos buscando la sección de
abarrotes, ansioso de inhalar su olor característico, llenarte las
narices de ello, aunque la mandíbula no se abriera para cerrarse sobre
sus texturas. Las pepitas de calabaza asadas en comal, sempiternas
compañeras de la sobremesa en casa de los abuelos, en todas las casas de
la tierra, de lo que en aquel tiempo significó 'la tierra'. El polvo
para preparar chilate, esa bebida espumosa, fría, que también llegaba
los domingos, día de festiva mercadería. Esas breves cosas llenan la
mochila, y es casi como llevar el mundo a cuestas. Un mundo que, por
otro lado, poco pesa.
En un puestecito de discos piratas, un cedé con sones calentanos se queda en tus manos. Buscabas los requintos de Agustín Ramírez, de Dueto Caleta, pero es todo lo que hay, en los demás te han ofertado, en el mejor de los casos, a Los Donnys, a Las Jilguerillas, que no son malos pero tampoco son lo que buscas ahora mismo; los otros, a lo sumo, encogen los hombros, como si les hablaras en un idioma ajeno para ellos, te ofertan los más variopintos narcocorridos.
Entonces, mientras atraviesas la avenida, te ríes. De tí, por haberte reído antes de los amigos siempre inmersos en la nostalgia por el terruño, por los nimios detalles que le dan forma. Porque, ahora, en este mismo instante, tú, el señor frío, el desarraigado, el nómada sin ataduras, acaba de tensar, de ejercitar casi sin darse cuenta, el músculo de la nostalgia.
En un puestecito de discos piratas, un cedé con sones calentanos se queda en tus manos. Buscabas los requintos de Agustín Ramírez, de Dueto Caleta, pero es todo lo que hay, en los demás te han ofertado, en el mejor de los casos, a Los Donnys, a Las Jilguerillas, que no son malos pero tampoco son lo que buscas ahora mismo; los otros, a lo sumo, encogen los hombros, como si les hablaras en un idioma ajeno para ellos, te ofertan los más variopintos narcocorridos.
Entonces, mientras atraviesas la avenida, te ríes. De tí, por haberte reído antes de los amigos siempre inmersos en la nostalgia por el terruño, por los nimios detalles que le dan forma. Porque, ahora, en este mismo instante, tú, el señor frío, el desarraigado, el nómada sin ataduras, acaba de tensar, de ejercitar casi sin darse cuenta, el músculo de la nostalgia.
Porque aprendí a deletrear, en el paroxismo
del amor, tu nombre, tierna fruta,
porque al tocar, consciente de la herejía, el cáliz
de tu vulva, por humedecerla en mi oscura saliva,
escribo, hoy, para siempre, a solas.
Confinado, pero no a la estrecha jaula,
a la distancia infranqueable. Mía es la tierra
para recorrerla. Pero la casa tuya, la noche de tu habitación,
me son imágenes sólo permitidas en el recuerdo,
en el confuso marisma del anhelo.
Porque habité, impetuoso, el agua de tu noche,
y en la ruptura, en la cuarteadura de la madrugada lamí tus plantas,
escribo, a todas horas, enceguecido.
Porque tu abrazo completó el círculo de mi abrazo,
dejo la página abierta, boca anhelante, ofuscada en la sed de otro desierto
del amor, tu nombre, tierna fruta,
porque al tocar, consciente de la herejía, el cáliz
de tu vulva, por humedecerla en mi oscura saliva,
escribo, hoy, para siempre, a solas.
Confinado, pero no a la estrecha jaula,
a la distancia infranqueable. Mía es la tierra
para recorrerla. Pero la casa tuya, la noche de tu habitación,
me son imágenes sólo permitidas en el recuerdo,
en el confuso marisma del anhelo.
Porque habité, impetuoso, el agua de tu noche,
y en la ruptura, en la cuarteadura de la madrugada lamí tus plantas,
escribo, a todas horas, enceguecido.
Porque tu abrazo completó el círculo de mi abrazo,
dejo la página abierta, boca anhelante, ofuscada en la sed de otro desierto
En verdad os digo, estaba muy cansado. Poco más que exhausto. Sólo
quería un poco de vino, abrazar a Magdalena, que sudáramos hasta el
amanecer. Al menos volver al mar, mirar la subida de la marea, sentir la
arena húmeda bajo mis sandalias.
Y pese a todo, optimista como me hicieron, empezaba a disfrutar la vista. Ojalá tuviérais la oportunidad de esa panorámica: Jerusalem vista desde el Gólgotha, al atardecer.
Sólo tengan cuidado, no vaya a ir un centurión a rajarles el costado. Esas sí son chingaderas.
Y pese a todo, optimista como me hicieron, empezaba a disfrutar la vista. Ojalá tuviérais la oportunidad de esa panorámica: Jerusalem vista desde el Gólgotha, al atardecer.
Sólo tengan cuidado, no vaya a ir un centurión a rajarles el costado. Esas sí son chingaderas.
Aurora que no enciende sus ojos,
ruina que se levanta, que rehuye el oscuro abrazo del mediodía,
brazo tumefacto que no acaba de resucitar,
ola mansa, etérea, sobre el lomo del día:
La dualidad del ojo empañada.
ruina que se levanta, que rehuye el oscuro abrazo del mediodía,
brazo tumefacto que no acaba de resucitar,
ola mansa, etérea, sobre el lomo del día:
La dualidad del ojo empañada.
Otra palabra resuena en la penumbra,
bermeja: tal vez la caracola recuerda el mar,
relicario donde santiguo el veneno,
ala cortada de la noche
bermeja: tal vez la caracola recuerda el mar,
relicario donde santiguo el veneno,
ala cortada de la noche
Está el ruido, la incomprensible tesitura de este mundo,
atizando los carbones sonrojados de la madrugada,
está el murmullo de los bosques y de los arroyos,
la niebla y su mano metida en el bolsillo izquierdo
de mi silencio, mis dedos quebrándose
en el castañeteo,
atizando los carbones sonrojados de la madrugada,
está el murmullo de los bosques y de los arroyos,
la niebla y su mano metida en el bolsillo izquierdo
de mi silencio, mis dedos quebrándose
en el castañeteo,
señala una palabra en el diccionario, al azar,
y estará también disponible en la madeja del día,
luminosa, distendida, lozana,
como una duda, jovial, asaltándome en mitad del día
pero no estará por ningún lado
el silabario breve de su nombre
y estará también disponible en la madeja del día,
luminosa, distendida, lozana,
como una duda, jovial, asaltándome en mitad del día
pero no estará por ningún lado
el silabario breve de su nombre
aquí te nombro: en el silencio
que como un bulto se ciñe a mi hombro,
en la dentellada primordial del beso;
que cada palabra sirva para forjar el molde
de tu cintura, cada sendero en que lengua
y falanges se disputen la primera piedra.
que cada palabra sea una roca suave
donde pueda lavar mi sangre con tu llanto,
que tu sudor, a cada susurro funde ríos;
que cada bocanada de tu aliento quepa
en este murmurar las sílabas de tu nombre, mantra.
que como un bulto se ciñe a mi hombro,
en la dentellada primordial del beso;
que cada palabra sirva para forjar el molde
de tu cintura, cada sendero en que lengua
y falanges se disputen la primera piedra.
que cada palabra sea una roca suave
donde pueda lavar mi sangre con tu llanto,
que tu sudor, a cada susurro funde ríos;
que cada bocanada de tu aliento quepa
en este murmurar las sílabas de tu nombre, mantra.
no para que vengas, para nombrarte,
para iluminar mi oscuridad sin nombre, te nombro;
contigo he conjurado los terrores
de la infancia, he puesto a hervir el plomo
de mi sangre; marqué tu hora de partida,
en la pizarra de mi pecho, en ese ruidoso
cajón de resonancias
para acariciar al perro hambriento de la soledad,
digo tu nombre, en el torno de la lengua
lo hago girar, afilo sus aristas;
en esta casa que no es mía, te llamo:
estoy construyendo la noche
con mi mano adolorida de quererte,
porque necesito nombrar esta hora sombría,
ponerle un dique al ojo, armarme de terror,
dejar que caiga la nostalgia,
que se desborden las represas,
que se abra mi voz para gritarte
para iluminar mi oscuridad sin nombre, te nombro;
contigo he conjurado los terrores
de la infancia, he puesto a hervir el plomo
de mi sangre; marqué tu hora de partida,
en la pizarra de mi pecho, en ese ruidoso
cajón de resonancias
para acariciar al perro hambriento de la soledad,
digo tu nombre, en el torno de la lengua
lo hago girar, afilo sus aristas;
en esta casa que no es mía, te llamo:
estoy construyendo la noche
con mi mano adolorida de quererte,
porque necesito nombrar esta hora sombría,
ponerle un dique al ojo, armarme de terror,
dejar que caiga la nostalgia,
que se desborden las represas,
que se abra mi voz para gritarte
Uno piensa, a veces, que ha conjurado a los fantasmas, que es posible
fincarse un templo en los eriales de la paz. Pero se llama a engaño.
Basta un guiño del azar, un símbolo que creímos olvidado, un aroma
tocando a las puertas de la nariz, una palabra dicha en el momento
exacto para romper el delgado hilo del sosiego.
Aunque no lo desee, uno vuelve al lugar del crimen, a rondar su periferia y a bailar con sus fantasmas.
Poco se puede hacer: el fascinante horror de haber presenciado la maravilla, de haber sido capaz de tocarla y de perderla, de haber dejado a su uña abrir el pecho
Aunque no lo desee, uno vuelve al lugar del crimen, a rondar su periferia y a bailar con sus fantasmas.
Poco se puede hacer: el fascinante horror de haber presenciado la maravilla, de haber sido capaz de tocarla y de perderla, de haber dejado a su uña abrir el pecho
Dejaste mi mundo trastocado cuando te fuiste. Intensa y fugaz. Me dio
por querer todo contigo, quererte hasta la víscera, hasta perder la
cordura y la edad y la sensatez.
Luego reapareces, súbita, seis años después. Tengo dos niñas, dices, al otro lado de la línea. Que te alegras, que llamarás más tarde. Pero no llamas, y algo se enciende dentro mío. Estúpida, ingenuamente, voy a tu encuentro. Envío el primer mensaje, la charla se torna larga y por momentos peligrosa. Podemos seguir como amigos, acordamos. Encantado, firmo, con la angustia anudándose en mi garganta, en mis músculos, en la espina dorsal de mi deseo. Y si se da algo más, te preguntas, y con naipes armas ya no un castillo, sino todo un reino. Luego por la mañana te despierta un mensaje suyo, largo. Sabes que algo se terminó de torcer. Lees, confirmas. Implosiones al interior, catástrofes desenvolviéndose lentamente adentro tuyo.
Te dices que los alcohólicos son la imagen terrena del Sísifo, apenas consiguen alcanzar la cima del olvido, despiertan, lúcidos y urgidos por ahogarse en los brazos de un buen trago. Hay una parte mayoritaria de ti que quisiera arrojarse a esas aguas tan deliciosamente peligrosas, salir a buscar un amor ocasional, más fugaz acaso que el tuyo, dejarlo todo nuevamente. Pero no tienes ganas de romperte la madre contra el polvo, de andar por la calle sangrante, arrojando espuma como un perro rabioso. Consigues ropa limpia, sales a la calle. Aún tienes ganas de una cerveza fría, y te duelen todos los huesos del amor propio, pero sabes que es el bochorno de esta tierra lo que te provoca sed.
Discúlpame, por favor, fue su último mensaje. Estoy vivo, te dices, duele, pero no como entonces, y qué más da.
Lo bailado nadie me lo quita. Y qué bonito bailabas cuando era conmigo.
Luego reapareces, súbita, seis años después. Tengo dos niñas, dices, al otro lado de la línea. Que te alegras, que llamarás más tarde. Pero no llamas, y algo se enciende dentro mío. Estúpida, ingenuamente, voy a tu encuentro. Envío el primer mensaje, la charla se torna larga y por momentos peligrosa. Podemos seguir como amigos, acordamos. Encantado, firmo, con la angustia anudándose en mi garganta, en mis músculos, en la espina dorsal de mi deseo. Y si se da algo más, te preguntas, y con naipes armas ya no un castillo, sino todo un reino. Luego por la mañana te despierta un mensaje suyo, largo. Sabes que algo se terminó de torcer. Lees, confirmas. Implosiones al interior, catástrofes desenvolviéndose lentamente adentro tuyo.
Te dices que los alcohólicos son la imagen terrena del Sísifo, apenas consiguen alcanzar la cima del olvido, despiertan, lúcidos y urgidos por ahogarse en los brazos de un buen trago. Hay una parte mayoritaria de ti que quisiera arrojarse a esas aguas tan deliciosamente peligrosas, salir a buscar un amor ocasional, más fugaz acaso que el tuyo, dejarlo todo nuevamente. Pero no tienes ganas de romperte la madre contra el polvo, de andar por la calle sangrante, arrojando espuma como un perro rabioso. Consigues ropa limpia, sales a la calle. Aún tienes ganas de una cerveza fría, y te duelen todos los huesos del amor propio, pero sabes que es el bochorno de esta tierra lo que te provoca sed.
Discúlpame, por favor, fue su último mensaje. Estoy vivo, te dices, duele, pero no como entonces, y qué más da.
Lo bailado nadie me lo quita. Y qué bonito bailabas cuando era conmigo.
Incendios en el paraíso
El reto fue asir su mano, dejarle tocar el desastre que comienza en la más corta de tus falanges y terminaba en el más largo de tu por entonces kilométrico cabello, dejarle la puerta entornada a tu guarida, sin fórmulas mágicas, sin más, arriesgarte a que viera tu libreta de notas donde poco había de las horas pasadas en clase, y mucho de su andar de cervatilla en celo, las marcas de acné que quisiste besar desde esa tarde en que la oscuridad los sorprendió en la escuálida hemeroteca municipal, de esa gana por dejar abierta, de su mano, la jaula en que se guardaban las aves del deseo. El reto fue dejarla pasar a tu espacio hasta entonces privado donde atesorabas, ladrón sin secuaces, los libros que te ayudaban a alcanzar el alba, las cuartillas emborronadas donde no hacías sino hablar de hombres y países inexistentes, y alguna fotografía que te recordara el paraíso y el infierno conviven en la tierra; tú eras un hombre hecho a fuerza de romperle los candados al insomnio, que más de una ocasión durmió en hoteles de gran parecido a centrales camioneras, un perro famélico, solitario, hecho a dentelladas de otros perros, que mantenía, o intentaba mantener el corazón intacto.
Pero ella nada sabía de las horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al estoicismo, dejaste que lloviera sobre el incendio, que todo desangrarse fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado por alfileres, secándose a cada pálpito.
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