22 oct 2019

Canciones malas que recuerdan buenos tiempos


No hizo falta mucho, entender que en cualquier parte del mundo una brasa lleva tu nombre, que basta la brisa más suave para reiniciar el incendio; saber que cualquier paisaje guardaría las aves de tu recuerdo, y en su gorjeo matutino izaría sus velas el deseo. Subir a las azoteas y saber que cada ciudad, cada ranchería recién descubierta es anclar de nuevo en el mundo, hacer un hueco donde quepan la maravilla y la sospecha de un terror futuro donde la última calle se bifurca hacia la noche y hacia tu ausencia.
Mirar las fotografías tomadas en otro tiempo, antes del cataclismo, y aspirar el olor añejo de un paisaje urbano, de luces parpadeando en el horizonte, de vías abandonadas, de hoteles en mitad de la nada donde travestis buscaban el amor traducido en algunos pesos, de la noche vista desde almenas parecidas a tanques de agua universitarios, fumando el desasosiego, y entre todo ello, el otoño y su tapicería de hojas, tu labio por fin anclado en mi labio. Llegar siempre al mismo punto, anhelar la inexistencia del quiebre, inútilmente.
Recorrer, de memoria, los teatros donde tomaste su mano, aspirar el olor a cuerpo recién salido de la ducha, sentir en el bajo vientre crecer las ganas por enfrentar a sus demonios, salir derrotado. Escuchar, entrecortado, lejanísimo, un saxofón en mitad de la noche, vernos a ambos en un auditorio a cielo abierto, ambos tratando de asir la eternidad en una fotografía, en breves recados escritos espontáneamente, ambos mordiendo los frutos del incipiente invierno, el saxofón excitado resonando, entrecortado, en la lejanía, insistente aunque vago, una guitarra que evocaba las fluctuaciones violentas del agua a la orilla del mar, ambos sentados al borde de la cama como si estuviéramos al borde de un acantilado, leyendo los panfletos cristianos que la dueña de la casa comenzó a obsequiarnos cuando nos vio salir a su patio por tercera ocasión.
No hizo falta mucho, descender de un auto varios años después en el mismo sitio donde se fraguó el preludio de aquel primer beso en un puerto que desconocíamos y trató de engullirnos, guardar las fotografías de esa noche, inocentes, como la mala música de las estaciones radiofónicas, como la nostalgia. Poner los pies de nuevo en esa tierra, recordar la tempestad que nos recibió aquella tarde, aspirar hondo, simulando un bostezo, y sonreír como única respuesta ante los disparates del azar.

18 may 2019

hágame la luz, padre
que este cristal en la mirada
se resquebraje, que se astille,
que nada de él se salve
ha centurias que yace mi carne
en esta plancha de prudente belleza
impedida del peregrinaje entre la epidermis
y la tela, esa segunda piel,

ha centurias que enciende sus fanales
en su ansia desquiciada de iluminar,
atrabiliaria, la garza de la muerte!

deshágame la luz, padre, rájeme
la carne su lengua, esa cuchilla,
simple, afilada piedra entre la piedra,
que encalle mi barcaza en el peñascal
de la inhumana calígine, la llaga
dejen hablar la carne
que su vena se levante
tal un cadáver
de entre la tierra
que exprese su palabra
su ladrar de antigua herencia


que se hunda la uña
en su infatigable rabia
que la sangre
y la deje, pieza a pieza,
en la pavimentada desesperanza

2006, año siniestro

/para mis no amigos que sueñan con SER escritores/                   

escribir poemas
con la garra mohosa
                    puerca
                    persignada                    remendada                    senil                    idiota
                    cándida

del esnobismo
      - de café
      - cigarrillos largos
      - eructar pavadas polisilábicas
      - mezclar frases cursis
            con tormentas en vaso de agua mineral     

en una palabra:
de hacerse pajas mentales
con la idea estúpida de
SER escritor o poeta
famoso
marquesina en club de fans
cartel barato en poste
                     que otrora mearon los perros
                                                otros borrachos
es de veras
una provocación
               a risa
               a lástima
               a indiferencia

antes habría que
mostrarles cómo
se desgarraron los grandes
para escribir sus monstruos
de ochocientas mil páginas
                        o
                        de una línea en haikú

para abrir la puerta
                             cargada con toneladas
                             de saberse perdido en el sótano
coquetear con la muerte y salir no ilesos
/casi muertos/
pero victoriosos

como dijera uno no tan grande
ni tan pequeño
como tanto mediocre de hoy
esta vida fue una lucha feroz de enamorados

porque cualquiera -de ellos- que lo supiera
se aterraría:
The Heart Is a Lonely Hunter
Vuelvo a este silencio,
este encallar la palabra, cachalote,
sobre las aguas
donde Cristo practicó milenario surf

ah, mi lengua, bulto inanimado, carne dispuesta
para la fiesta de la putrefacción!
No volveré a escribir en el espanto.
La sangre es flor de mi apreciada,
es tinta, es brazo armado, es nada;
No volveré a soñar, y mientras tanto
pongo mi carne a reposar, en cada
trecho del camino, mi oscuro canto
irá al despeñadero: tendré el encanto
de la muerte y de su beso: su espada
ha de morder mi carne, y he de callar
aunque desmaye: no volveré a escribir
en el espanto o en la angustia de estar
postrado de tristeza, en la inercia de vivir.
No volveré a rugir, brutal: ya soy cautivo
del fantasma y de mí mismo fugitivo.
ya no despertaré en la honda madrugada
pendiente de tu voz y tu silencio:
algo he perdido, que no sé nombrar
pero echo en falta, tal vez el inocente,
el càndido fervor de otros meses,
de otra vida, tal vez eso he perdido,
y por eso duermo profundo, aterrado
frente a la posibilidad de despertar,
otra vez en el fango dulce de la adolescencia,
derrotado pero infatigable,
otra vez fracturado el músculo de la esperanza
de nueva cuenta desvalido de mí mismo
y no es mucho, a decir verdad, lo que se pierde,
lo que se echa en falta,
pese a todo lo que se extravía,
los juguetes queridos de la infancia, la moneda
de extraño cuño para invocar la suerte,
el recuerdo de un atardecer que juramos
sostener siempre como un triunfo,
los aristas del rostro que por primera vez
amamos, el sabor de aquella boca,
uno se siente así, intranquilo, soez,
descobijado de su suerte, aunque descrea de ella,
y vuelve a los viejos sitios
donde hubo trinos y algún ladrido
en medio de la espera, a esos sitios
apenas recordados, en los que no hubo nada
memorable, que ni el horror ni la felicidad tocaron

a mí me mordió la paz el nacimiento,
perro rabioso
que me dejó la herida infecta
tumefacta, abundante en su gangrena
y qué sutura, qué polvo milagroso
de qué mercado popular,
qué hierba en su infusión, qué polen,
qué abeja en el cadalso de su aguijón
habrían servido, para salvarme,

qué pases mágicos, de qué hechicero
me habrían devuelto entero, intacto, salvo,
al agua de los días
porque se me rompió la columna vertebral
de la alegría apenas puesto el primer pie
sobre la tierra, y no hubo diente
que permaneciera intacto en la caída,
ni roca que se apartara,
ni labio de mujer sobre mi sueño

Maromeros I


Sobre la cuerda, el hombre danza:
la vida se juega. Cual una flama.
debajo danzan otros, una dama
y el enigma; él retrocede, o avanza

pero no cesa su vaivén. Estampa
del destino es el ritual, la esperanza
cabe en estas horas. Arde su brasa
en el vientre, la muerte lo llama,
pero no acude: metales lo hechizan
con su canto, la pirotecnia de la tarde
que ya cae; el ayuno lo fortalece
para alcanzar la noche. No hay prisa:
esta escena es antigua y en ella arde
un símbolo inconcluso que fenece

poemas para saciar el hambre de los perros


I
la fiebre es un paisaje
un temblor apenas
perceptible
en la mandíbula
de la serenidad

su mano sostiene la mano
del delirio

II
cuando despierto, la luz
cubre cada rincón
de la casa;
la luz es una enredadera
descontrolada
la oscuridad un sol
que se apaga

III
detrás de la luz, está la niebla,
detrás de la niebla,
acecha una tormenta,
tras la tormenta, pese a lo dicho,
no viene la calma,
la luz (blanca, pura)
afilada hoja
vuelve a poner su dedo
sobre mi retina

IV
cierro los ojos
pero ella sigue presente
el día despunta entre las nubes,
entre la niebla florecen amapolas,
el coyote vuelve al gallinero;
en el fondo de un barranco,
descansa un nido de gavilanes
en el sueño y en la vigilia,
a donde quiera que vaya,
me sigue su presencia

V
en mi mano palpita un corazón
sinsontes anuncian la llegada de la tarde
las adormideras resucitan del sueño
pero aunque la noche haga sonar su música
aquí, dentro del manicomio
que es el corazón,
mis ojos permanecen sujetos por anzuelos,
lúcidos en el delirio

VI
la luz no es blanca,
es cálida cuchilla que deja caer
su hoja entre mis párpados

28 feb 2018

Es la hora, han caído las catedrales

Es la hora, han caído las catedrales
y nadie corrió a santiguarse,
a gritar, desesperado, algún nombre sacro,
la oración que les ofreciera un sosiego absurdo;
es la hora, entonces, de recoger el polvo
y la ceniza, de ofrecer la última liturgia
a lo sagrado: su misa fúnebre;

es hora, pues, de abandonar los parques,
de rehuir por fin la sombra, ensordecidos,
de mutilar la lengua trepidante de las multitudes,
volver a la piedra, dejarse desbastar por la sal
del llanto y por el viento o el suspiro
del enamorado y del guerrero;

es hora, pues, de abrazar el silencio, de abrasarlo todo,
ahora que todo calla pese al grito, de todo lo que
sin llamas incendia este pertrecho, esta empalizada
de esperanzas, por fin quebrada, por fin rota
por el embate incansable del enemigo

El Rex Poeta se relame los bigotes ante una jicarita de mezcal


Por fin lo saborea el paladar de mi corazón:
escucho el canto dulce de su caída
contemplo la perfumada flor de su aperlado

ojalá no me lo quiten, ojalá para siempre!

19 nov 2017

Yo vine a hablar de lo que urge,
de las puertas que por descuido
o inocencia dejé abiertas en el pasado,
de las ventanas que apedreó
la grosera mano de la ansiedad;
yo venía para hablar de la sed
que anida en estos ojos cada tarde,
a cada hora, en cada parque,
de esta exagerada frase que es
mantenerse a flote, cuando apenas
con dificultad uno es capaz
de mantener la caída, el ahogamiento,
la zozobra en el lomo, rasgueando
el cuero como uña de gato,
sangrándolo; yo vine a dialogar
con lo corriente, con la muerte cotidiana
de cada instante: con el pecho abierto,
con la mano tendida, a tientas
por el ojo que se me fue cerrando
en cada tropezar sobre la brasa,
hurgando entre el fango y las espinas,
sabedor de sí mismo, que es decir, de nada;
yo venía dispuesto a herir el fuego,
a humedecer el agua, a oscurecer la noche,
pero mi mano aún dibuja su reflejo
en el azogue del cristal, mi ojo brilla
en el ojo de un animal hambriento,
y esta voz, este alarido, esta garganta,
esta ronquera de hace siglos
posada como un gorrión o ave rapaz,
enjaulada, mostrenca, taciturna,
derrotada, que ha puesto ya su bandera
sobre el polvo, que se inclina,
que pese a mi rabia, no para de astillarse

Incendios en el paraíso

El reto fue asir su mano, dejarle tocar el desastre que comienza en la más corta de tus falanges y terminaba en el más largo de tu por entonces kilométrico cabello, dejarle la puerta entornada a tu guarida, sin fórmulas mágicas, sin más, arriesgarte a que viera tu libreta de notas donde poco había de las horas pasadas en clase, y mucho de su andar de cervatilla en celo, las marcas de acné que quisiste besar desde esa tarde en que la oscuridad los sorprendió en la escuálida hemeroteca municipal, de esa gana por dejar abierta, de su mano, la jaula en que se guardaban las aves del deseo. El reto fue dejarla pasar a tu espacio hasta entonces privado donde atesorabas, ladrón sin secuaces, los libros que te ayudaban a alcanzar el alba, las cuartillas emborronadas donde no hacías sino hablar de hombres y países inexistentes, y alguna fotografía que te recordara el paraíso y el infierno conviven en la tierra; tú eras un hombre hecho a fuerza de romperle los candados al insomnio, que más de una ocasión durmió en hoteles de gran parecido a centrales camioneras, un perro famélico, solitario, hecho a dentelladas de otros perros, que mantenía, o intentaba mantener el corazón intacto.
Pero ella nada sabía de las horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al estoicismo, dejaste que lluviera sobre el incendio, que todo desangrarse fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado por alfileres, secándose a cada pálpito.
Digo basta, me sacudo el plumaje en la hora de la lluvia,
que se vayan las sombras a poblar el insomnio de otro ojo,
el tremolar en el costal de huesos, el estremecimiento
de la piel frente a la nada, velloerizado,
la adrenalina perro ladrando a los fantasmas;
larga la resaca de estar sobrio, larga la inconsciente borrachera,
largo el invierno final del calendario, y el espasmo, ese sí,
corto, jeringazo, viaje sin maletas al puerto del delirio:
ya me lanzo por su acantilado, ya beso el oleaje con la rosa de mi sangre