13 oct 2017

este dolor agudo sobre el carcamal de huesos,
esta vorágine, esta hambre por escribirlo todo,
deshacer las formas cotidianas, escupir a toda
hora; esta sed no de beber, de mantenerse lúcido,
de cansar el cuero con la espalda quebrada
como cristal roto por un pelotazo de juventud
que corre desaforada para evitar la reprensión,
los platos rotos, este apalearse uno mismo
sobre el concreto de la desesperación,
de madrugada, a cualquier insoslayable hora,
en la más inesperada esquina, a la sombra
del más anodino de los parques, cual ofrenda
a la bestia atroz, descomunal del desaseado amor;
este azotar, eviscerada carne, habitante fugaz
de los congeladores, este abrirse de pulmones,
hender el aire con la lengua, y sin embargo,
este croar bajo la mesa, este palpitar de hojas
y antiguos pegamentos, este olor a lejanísima
imprenta, a cocuyo reventando sobre la camiseta
oscura de un mocoso, abrir la mueca y que sobrevenga
la carcajada fácil, gratuita, y sin embargo, esta sed
que no se apaga, que lo consterna todo
mira, toma mi beso asnal, esta correa con que ato la ternura
que no se vaya, que se quede quieta, paciendo el trigo
de mi tristeza; soba su lomo, anda, mira su crin hirsuta,
torneada por la brisa, escucha el crepitar de fuego
en el cristal oscurecido de sus ojos.
que nada quede en estas manos, empollando su caducidad,
tómalo todo, este hombro para sostener tu pena,
mi ojo y su relincho para cuando llegabas,
silenciosa y deslumbrante, toma esta voz, que no se quiebre
cuando salgas a la lluvia,
que no te toquen los relámpagos, ni te despeine el huracán,
toma mi libro de notas, vete ya, ve sin cuidado

Deseo


Oquedad en que se guarda, inquieta, la flor de la nostalgia,
escaño último del peregrino, remanso de fe, agua purificada al toque del sediento,
soga para tender al sol los aspavientos, el enigma de las horas,
eclosión nebular, casa de piedra, augurio de hecatombe,
nube en el ojo, convento lagrimal donde navegan oscuras mitologías
todo este resquebrajamiento de lo propio,
la inconsistencia, el cristal de lo que permanece roto en el umbral de la casa,
el polvo acumulado largos años, esta duda acechando tras la puerta, desvencijada, cubierta de telarañas,
esta indecisión de los nudillos por llamar a una puerta de cristales en astillaje permanente,
donde no habrá luz que permita mirar el rostro de su inquilino,
ni su mano vacilante, ni su andar a trompicones por los pasillos,
no dejará tampoco oír su nombre, Nadie,
permanecerá sobre la tierra, condenado, abisal, solo
Santa poesía, madre de Yeats, ruega por nosotros los escribidores ahora y en la hora de nuestra mala letra, amén
El abismo me toca las sienes o soy yo el que tiende la mano?
Con qué dedo, en la fractura de qué hueso,
bajo el cuidado de qué sanatorio de oscuras vecindades
me conjuga la lengua de mi sino?
Ahogado en el agua de qué extraña borrachera, en lo profundo de qué selva
me sostengo, pinchado de qué alfileres se mantiene suspendida mi cordura?
Como viento de abril llegó la muerte,
como sagrada carne a mi mesa de pagano,
yo la toqué con el filo mellado de los dientes, con la excretante lengua,
con la denodada ansiedad a flor de piel,
y heme aquí, moribundo, condenado a la supervivencia
Antes del tesoro, antes, mucho antes de la sangre
relucirá el acero, fúrico, sediento, su afilada lengua;
buscarás entonces la paz de las banderas, el oleaje
manso del mediodía, las velas apenas tocadas por el viento,
otearás el horizonte, a la espera de arcabuces y piratas,
esperarás seguramente el horror marino de otro siglo,
de un siglo pródigo en tierras violentas y desconocidas,
óbolo será el pasado ante las aguas del caronte,
imán para fantasmas, azogue sobre el cristal, reflejo.
Cortarás con el hierro lo que forjó la carne, abrirás la puerta,
impaciente, pero no habrá otra vastedad que el mar,
cuerpos de salobre manufactura, seres amorfos que tenderán la mano
raquítica sobre la esperanza, sobre el pecho henchido del amor,
el descuidado amor del musgo; su mano tocará la piedra hasta tornarla polvo,
juego de sombras sobre la sombra, agua empozada para el hombre y sus caballos,
este largo trasegar por la ceniza, recoger los abalorios del olvido con la lengua
pero el hombre no escribe sino para sí,
carcelero de sí mismo, perro, jauría,
espanto;
no escribe fuera de la línea del estorboso amor,
le da más peso, como una báscula atrofiada
adrede en sus mecanismos internos,
al escribir nos deja el lastre más pesado
luego de prometer la ligereza
profunda, su lengua conjura el odio
y lo ensalza con la mano
qué poco hay detrás de la palabra,
el hueco horizonte del silencio,
la promesa futil,
la soga en el cuello del que será ahorcado
y uno hace poco, abrir de nueva cuenta la torpe boca,
injuriar al indefenso amor, perorar en contra
de los valores más humanos, atacarlo todo
como bestia hidrofóbica, toro de lidia
destrozado desde la oscura boca de su cueva,
energúmeno, ciego, urgido de sangre ajena
terco, insiste, dice que es inútil la paz,
sembrarse en el pecho la exigua, la timorata,
la inocente, la desnuda esperanza,
la imberbe paz del hombre y sus demonios

6 ago 2017

Llamarte, desde las periferias del incendio, mordiscar tu nombre como un fruto cuando se tiene hambre. Que sea el silencio el que responda, que sea el eco el que devuelva, cada vez, tu nombre cargado de reminiscencias.
Te veo pasar, de largo, por la casa. Abres las puertas, las ventanas, todo lo reordenas. Todo lo toca tu oscura luz, todo lo derriba. Los malos sueños, los recuerdos. La paz recién hallada.
Me he propuesto escribir con mayor denuedo, con la angustia de otros días. Que nada me sea gratuito, escribir hasta que duela, hasta el horroroso fastidio, que se vuelva un suplicio. Y pese a ello, continuar. Recomenzarlo todo. Borrarlo todo, aunque parezca contradictorio. Erosionarlo todo para cultivar sobre el yermo las volutas de voz. 
He decidido dejar de escribir sobre el teclado. Volver a la artesanía del grafito y de la tinta como principio. 
Salgo de casa, busco, como en otros años, las bragas bajo la orlada falda de la muerte: la sangre escandalosa, el filo de todas las navajas. No sé si permanezca a salvo, ignoro a tal grado que desconozco la puerta de salida a la calle.


Otra noche, otra tarde, escucharás mi lamento; otro seré, aunque el caudal de sangre mantenga irrigado el jardín de los recuerdos. Diré tu nombre con el desenfado de quien nombra una calle antigua, donde alguna vez halló, tras la lluvia, una moneda para completar el pasaje de autobús, o como quien recuerda el chascarrillo que a otro amigo tocó pasar. 
Alguna vez dibujaré los contornos de tu sonrisa, y una espina me atravesará por los flancos del deseo, serán mis muecas quebradizas para entonces, seré más viejo y estaré a solas, rumiando por las calles. Todos sabrán que sigo solo, y estaré tan solo que más de uno pensará estás conmigo, compartiendo el pan y el frío en la misma mesa. 
Sucumbirán mis dedos a la tentación de escribirte, como entonces, cuando supimos saborear el lujo del nosotros, de ocultar las cartas con la ciega esperanza de que las encontraras; serán de otro tus entusiasmos, de otra será tal vez mi mala letra: habremos ardido, carbón, entraña de pino. Ahora, deja que me revuelva sobre la cama, empuñando en mi diestra el calor de tu recuerdo, deja que ladre otra vez a los fantasmas del pasado, igual que entonces, cuando te miraba huir hacia la ducha después de haberte amado; tengo que hacerlo, romper otra vez las escuetas cartas, pintar los muros de la casa, bramar, Asterión, en otra carne, mientras la destrozo, para salvarme de la devastación. 
Vienen por mi las horas nuevas, me arrastran, me conminan a abrir el pecho, dejar huir por fin las golondrinas que se acurrucaron en él desde el invierno de tu partida; pero me resisto, algo se ha perdido en mi que no sé explicar porque al perderlo lo he olvidado, y tengo un hueco tan grande entre las manos, que ya no sé distinguir entre tu talle y la parte de corazón que me hace falta.
Este que soy, este animal salvaje, esta bestia, aúlla, inunda la noche con su lamento, pero sólo tiene frente a sí a la nada. 
Díganle por favor que calle, que deje en paz este insomnio de luces apagadas, este morir de ojos abiertos, en el fango de la migraña.
¿Cómo te digo que me arde el deseo
en la boca del estómago,
en la oscura planta de mi bajo vientre,
que no hay hora, ni día, ni minuto
que valga la pena mientras te espero
sin saber la hora de tu llegada?
Cómo decirte, dejando de lado las palabras,
que me palpita el ojo izquierdo de aguardar
por un atisbo tuyo, así sea mínimo,
así sea el rumor de tu perfume asomándose
en los barrios marginales de mi angustia;
que se me descompone la carne
del corazón encabritado, que no hay cosa
que pueda asir con las dos manos
sin que se caiga a medio camino,
sin que me abrase al sospechar tu nombre,
que la tarde se consume como un cigarro
en la playa de tus labios carmín,
que todos los sitios de mi voz
son sitios comunes, sosos, inocuos;
cómo explicarte, haciendo gala del silencio,
que todo a mi alrededor se torna de agua
pero no alcanza a inundarme las cuencas,
que no hay escopeta suficiente para salir
a cazar las bestias de mi alma, ni ganas
de ayuntarse a una mujer extraña,
ni camisa de fuerza para contenerme
cuando en medio de la noche, a mitad de todas las cosas
salgo a buscarte entre los precipicios

que no hubo horizonte para el halcón del deseo

dejaste que todo partiera y te partiera,
que dejara tras de sí su estrépito de hojarasca,
de ramas que se quiebran bajo el paso
titánico de las horas, y luego de sangrar
volvió a crecer en ti la mueca adusta
y la bienvenida recelosa, pero la puerta
se mantuvo abierta, chirriante en sus goznes


no hubo helada, ni veraniego ardor que alcanzara
a llevarte lejos de esa cueva,
todo se perdió a lo lejos, todo lo arrastró
el vendaval de los días; todo lo mordiscó
el perro hambriento del desvelo;

hemos tendido la mano, el brazo, para que otros
lo mordieran, para sentir la sangre bullir
fuera de sí; porque no hubo horizonte
que alcanzara a alimentar el halcón del deseo,
ni bisonte en la estepa salvaje
paciendo, nostálgico de la manada,
anhelante de ese temblor de tierra
bajo la pezuña multiplicada, incontable
como incontenible, y el bisonte con su carne
de antiguo mamífero retozando en solitud,
mugiendo ante la herida ausente;

hemos arrebatado al mundo el ramaje,
el pasto seco para encender la hoguera
en medio de la noche helada,
para dejarse acariciar por el cuerpo de mujer,
la lengua amante de la flama,
y al alba pisoteamos los restos de su ceniza,
último rescoldo de su ardiente beso

pero, acaso somos otra cosa que hombres,
seres truncos, plagados de carencias,
desorbitados en la cuenca lagrimal del ojo,
rencorosos perros que aullan orillados
en las carreteras, hambrientos, lastimeros;
qué otra cosa, amasijo de carne y sangre,
hueso herido que gimotea para saberse
vivo; nada, apenas hombres, minúsculas
representaciones del polvo de la historia,
receptáculo de terror, hijos de la desesperanza;
nada, apenas diminutas formas de albergar
el caos, anhelantes de su infausta gloria;
pero no podríamos anhelar otra cosa además de la caída,
este crepitar de huesos, el trepidar de potros
sobre la espalda, ser un tanto mayores, alcanzar
con la punta anhelante de los dedos
la última repisa de la alacena cotidiana,
el amor, esa bestia escurridiza, cuando menos

Algo más, otro anhelo que despierte el motor secular
del corazón, que tocar a la bestia mitológica
así sea con la yema última de mis falanges

en el centro de la pesadilla resuena tu carcajada





es esta calle, el rumor de su oleaje de concreto,
el punto de quiebre entre la noche y este brazo
dormido en el último vagón de la madrugada;
el terror, los túneles hambrientos que se alejan
sin pañuelos blancos, augurio de sequía;


uno muerde el polvo, envejece: en la lucidez comprende
que su trastabillar pende sobre la vela
ardiente del ridículo, que nada hay ya que valga la pena
sostener con la gallardía, el orgullo de un cetro,
premio recién cobrado por la caza del animal
mitológico del amor; que ya no le valen los escritos
donde hombres hablaron de arrojarse a la fauce
de los leones del enamoramiento, que es pueril
cortar la flor, y tenderla a la inexistente mano del azar,
luego de cargar con su cadáver largos minutos,
atenazado por el sol y su calígine, a la espera
de una mueca, de un signo de admiración
en un rostro ajeno, cotidiano, pero que a fuerza
de atragantarse el organismo con píldoras
de azucarado cariño a perpetuidad, de haber
devorado sin quitarle las espinas, la ambigua idea
del amor, a fuerza de haber bregado en esa
agua oscura, en ese fango delicioso, uno termina
por hallarle, arqueólogo, el más hermoso rasgo
en el bamboleo errático de la sonrisa,
o en el estrábico ojo de su pasado...