1 may 2023

 

una roca atraviesa el lago de la noche
la roca es tu nombre; el largo cristal astillado del lago es mi memoria

 El personaje está de pie, escribe una historia sin pies ni cabeza. Se apoya en una especie de barra. Siendo precisos, más que escribir una historia, realiza anotaciones. Lo hace con paciencia. La única paciencia que es otorgada a quien asume la muerte como un mero suceso trivial.
El público que lo observa siente crecer la curiosidad como una hiedra venenosa al paso de los minutos.
Entonces la tormenta llega y la energía eléctrica huye despavorida.

 Algunas veces me encuentro a la nostalgia por la calle, como quien sin quererlo, distraídamente, se encuentra con un viejo conocido cuando ya no es posible cruzar la acera o fingir demencia. La saludo entonces y ella sin más toma mi mano, habla de los días pasados, de lo luminoso que fue compartir un lecho, una serie de palabras atadas a un secreto pacto de íntima complicidad. Mientras la oigo parlotear con la secreta esperanza de que un vehículo colisione contra nosotros ella ha rodeado ya mis hombros. Me va envolviendo de a poco y su abrazo es una enredadera que todo lo humedece y enfría en torno suyo.

 

El personaje está de pie, escribe una historia sin pies ni cabeza. Se apoya en una especie de barra. Siendo precisos, más que escribir una historia, realiza anotaciones. Lo hace con paciencia. La única paciencia que es otorgada a quien asume la muerte como un mero suceso trivial.
El público que lo observa siente crecer la curiosidad como una hiedra venenosa al paso de los minutos.
Entonces la tormenta llega y la energía eléctrica huye despavorida.

 

En verdad os digo, estaba muy cansado. Poco más que exhausto. Sólo quería un poco de vino, abrazar a Magdalena, sudar con ella hasta el amanecer. Al recobrar el aliento, postrado a su costado, planear la vuelta al mar para ver la subida de la marea, sentir la arena húmeda bajo nuestras sandalias, soñar que el futuro con ella era posible.
Y pese a todo, optimista como me hicieron, empezaba a disfrutar la vista. Ojalá tuviérais la oportunidad de esa panorámica: Jerusalem vista desde el Gólgotha, al atardecer.
Sólo tengan cuidado, no vaya a ir un centurión a rajarles el costado. Esas sí son chingaderas.

 

A veces quiero hablar de la casa del doble, un hombre que se parece a mí cuando era joven. Otras, hablar de mi padre, un hombre al que algunas veces me parezco ahora que soy mayor.
Pero siempre que voy a cortarme el pelo, me dan ganas de escribir una historia criminal en la que los meros malos sean los dos peluqueros mudos que desde hace un par de años frecuento y de los que siempre me pregunto qué idioma hablarán. Yo sé que el mutismo es su fachada. Deben ser aliens o algo. Y seguro que tienen ganas de degollar a más de un cliente castroso. Por eso cuando voy, me siento y calladito espero a que cualquiera de ellos haga su esmerado trabajo, y me dirijo a ellos con señas tímidas y concisas, porque me provocan un profundo temor y no quiero ser el próximo degollado en su lista.

Cartas que se arrancan como mala hierba de los parques.

 


Llueve. Sobre mis hombros, sobre una porción breve de esta tierra. No hay metáfora: se ensanchan en su cauce los arroyos, todos huyen en busca de un refugio. Llueve. Los perros se olvidan de ladrar a tu fantasma. Mis pasos recuerdan las caminatas en los recovecos de un paisaje que ya no me pertenece. Obcecada, inútilmente, huyo del recuerdo. En la estufa, el agua hierve. Alguien ha olvidado su oficio de cocinero, alguien desiste, en otro punto de esta callada noche, de llevar serenata. En el parque central se arraciman otros espectros: cada uno, a destiempo, recrea su muerte. Anhelan una canción, un par de versos, que los nombren. Aquí cayó Nemesio Ponce, por unos ojos ajenos/ corría el año once y nada traían de buenos. Luego el estruendo de una bala surcando el aire, asentando sus reales sobre la carne, hallando alojo entre hueso y músculo. Ojitos de esmeralda, que me supieron mirar/ Me mataron por la espalda cuando te quise olvidar. La viga crujiente de una casa ahora abandonada, un suspiro que huye, apresurado, de un pecho de hombre que no supo estar ni saberse solo. Vuelve a llover. Otros fantasmas pueblan las calles: cada cual con su herida, cada cual con su dolencia. Era un chamaco bragado, pero le faltó malicia/ siempre pagó lo acordado, hasta que llego su Alicia. También mis pasos resuenan en el eco de la madrugada, pero a diferencia de aquellos, sólo espero la música de tu voz al pronunciar mi nombre. Sin verso, sin metáfora: mi nombre enlazado al tuyo desde tu voz evocada por la voz de mi recuerdo. Por eso te escribo desde cada habitación de hotel a la que he llegado. Desde cada cuarto de vecindad en que he encallado. En cada paisaje, busco la palabra que me acerque: bosque enbrumecido, humedecida selva, espinante malpais, interminable llano. Cartas que escribo para arrancarle motivos al desasosiego, como quien arranca malas hierbas de los parques.

2020/05/30

 La aspiración es escribir con la suficiente claridad, despojados de innecesarios circunloquios, sin barroquismos estrafalarios. Un texto conciso y directo: no hay más.

Palabras que se acumulan como polvo

 


Uno abandona las cosas que provocaron el incendio. La noche que se deslizaba, húmeda y sudorosa, plena de promesas, sobre nuestros hombros; el gesto ambiguo como una puerta entreabierta a la habitación del deseo más animal; el aroma salobre de las madrugadas, el transporte público que lo lleva a uno por desconocidas callejuelas y lo obliga a tomar el asiento trasero de un taxi sombrío, asido de la otra mano, para enseguida, movido por el deseo largamente macerado, vino silvestre, y por la tenaza del miedo, y por las intermitentes señales que a lo largo del bosque de los días alguien más ha ido dejando, migas para el hambre de la piel; se huye de esos paisajes rurales donde entre la oscuridad se buscó su mano, la garganta hecha nudo al intentar llamarla, para reencontrarla más tarde, con luz de día, en los sembradíos de cacahuate; se deja de escribir notas de tierna calidez para saludar su breve ausencia, para llenar las alamedas y los parques con símbolos inequívocos del incendio que seguramente después de unos días bautizarán con otro nombre, más dócil y anodino, más infestado de incurables mitologías y previstos naufragios; se deja atrás el temblor que provocó la caída de las hojas, el simple y repetitivo otoño, la polución de dientes de león en los sitios más recónditos de las avenidas; se deja de hablar en ciertos tonos, pero no de pronunciar palabras que se acumulan como polvo en una casa abandonada a las fauces del olvido.

2020/05/23

 

no amo a mi patria:
su escherichia coli es incurable,
pero aunque suene mal, daría la vida
por dos o tres taquerías suyas,
el área de fondas de un mercado,
y más de un puesto de carnitas...
 
2020/05/22

 

uno habla, escribe, gimotea
porque no sabe de otra forma:
así sangra, así lame las llagas
dice amor pero acaba de escribir
el contorno de la herida,
se nombra al deseo
pero se señala el taburete de la soledad
y las constantes formas de enfrentarla;
porque se escribe del pasado
cuando en realidad la lengua señala
las hordas enloquecidas del presente,
las estampidas del insomnio
y la blanca duermevela
el inconcluso acertijo de estar vivo
y a nadie se dice palabra alguna
de esta sed definitiva de sepulcros
la sorpresiva necesidad de una marca
inversa de Caín, el manto incuestionable
del silencio, saltar por fin sobre las aguas
sepultar a los desconcertados Lázaros
de la nostalgia, abrirle el cráneo
a la tristeza, beber de su vino,
morder su carne, orinar su fuego
 
2020/05/19

 No hay adjetivo, nombre o casualidad que te abarque. En todo vienes a mi encuentro. En cada sonido de la madrugada, tu piel exuda sus efluvios, en el estruendo de cada pino que cae doblegado por el viento o por el rayo una caricia tuya estremece los cimientos de mi carne, un aroma basta para sentir en la punta de mi lengua el centro húmedo de tu cuerpo-universo.

 

2020/05/11

 

la casa que construyó mi sombra,
el jardín donde juegan mis demonios;
la jaula donde duermen mis insomnios,
la duda que me asalta si te nombra.
 
el último paisaje vivido de la infancia,
el mar primero mojando la pupila;
el amor cual una bestia que espabila,
tu beso matutino surcando la distancia;
 
las cosas, las palabras, los recuerdos
que completan y abultan mi equipaje;
los rituales, la suma final de la derrota
 
la voz que acompaña mis pasos lerdos
las cosas rotas, las ruinas, el estiaje:
todo es olvido, todo: ya nada importa

2020/05/18

 

Deja que todo transcurra, que el miedo ladre desde su azotea, que la angustia te obstruya como un río de sangre la garganta: deja que la vida se te escurra entre los dedos atrofiados de pergeñar manuscritos apenas legibles, apenas valederos.
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.
 
2020/05/18

 

Hace días me da por preguntarme lo que sucede con uno al dormir. Si, a fin de cuentas, somos un dispositivo que se apaga, y si además en ese apagón quedamos vulnerables, sumidos en un espacio de oscuridad. Digo oscuridad porque no hay otra cosa cuando duermo: cierro los ojos y al despertar no recuerdo nada, un aturdimiento leve que se diluye con rapidez, pero ningún recuerdo del sueño; quisiera decir que no sueño, pero diré que es más bien es raro que pueda recordar lo soñado. Entonces, digo que al dormir sólo queda la oscuridad.
Pancho murió el primer día de octubre, hace apenas siete meses.
En el sueño, varios conocidos estamos reunidos en un pequeño salón social que hace las veces de sala de reuniones y oficina de la autoridad local; la luz amarillenta de un foco de 75 estás ilumina mal pero con suficiencia la escena: algunos están de pie, otros esperan sentados en incómodas sillas de madera. Me parece que Juan, el único al que reconozco aunque sé que todos me son familiares, está de pie, fumando un cigarrillo oloroso.
Entonces llega Pancho. Firme, determinado, toma su sitio en el escritorio, abre un folder y extiende ante nuestros ojos expectantes varias hojas con fotografías impresas en ellas. Ha habido un enfrentamiento, dice, pero eso ya lo sabemos. Menciona varios nombres conforme va desplegando cada folio. Darío es uno de ellos, el único que ahora recuerdo. Las hojas pasan de mano en mano mientras trato de alcanzar la que lleva el nombre y el rostro (seguramente descompuesto por las muecas de la muerte) del compañero. Pancho nos mira y sé que piensa en algo, que hay un plan de acción porque su rostro pese a todo es sereno.
Quiero preguntar algo y en ese momento suena el teléfono, y despierto de la duermevela en que me sumió el frío de la madrugada.
 
2020/05/10