En verdad os digo, estaba muy cansado. Poco más que exhausto. Sólo quería un poco de vino, abrazar a Magdalena, sudar con ella hasta el amanecer. Al recobrar el aliento, postrado a su costado, planear la vuelta al mar para ver la subida de la marea, sentir la arena húmeda bajo nuestras sandalias, soñar que el futuro con ella era posible.
Y pese a todo, optimista como me hicieron, empezaba a disfrutar la vista. Ojalá tuviérais la oportunidad de esa panorámica: Jerusalem vista desde el Gólgotha, al atardecer.
Sólo tengan cuidado, no vaya a ir un centurión a rajarles el costado. Esas sí son chingaderas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario