1 may 2023

 

Hace días me da por preguntarme lo que sucede con uno al dormir. Si, a fin de cuentas, somos un dispositivo que se apaga, y si además en ese apagón quedamos vulnerables, sumidos en un espacio de oscuridad. Digo oscuridad porque no hay otra cosa cuando duermo: cierro los ojos y al despertar no recuerdo nada, un aturdimiento leve que se diluye con rapidez, pero ningún recuerdo del sueño; quisiera decir que no sueño, pero diré que es más bien es raro que pueda recordar lo soñado. Entonces, digo que al dormir sólo queda la oscuridad.
Pancho murió el primer día de octubre, hace apenas siete meses.
En el sueño, varios conocidos estamos reunidos en un pequeño salón social que hace las veces de sala de reuniones y oficina de la autoridad local; la luz amarillenta de un foco de 75 estás ilumina mal pero con suficiencia la escena: algunos están de pie, otros esperan sentados en incómodas sillas de madera. Me parece que Juan, el único al que reconozco aunque sé que todos me son familiares, está de pie, fumando un cigarrillo oloroso.
Entonces llega Pancho. Firme, determinado, toma su sitio en el escritorio, abre un folder y extiende ante nuestros ojos expectantes varias hojas con fotografías impresas en ellas. Ha habido un enfrentamiento, dice, pero eso ya lo sabemos. Menciona varios nombres conforme va desplegando cada folio. Darío es uno de ellos, el único que ahora recuerdo. Las hojas pasan de mano en mano mientras trato de alcanzar la que lleva el nombre y el rostro (seguramente descompuesto por las muecas de la muerte) del compañero. Pancho nos mira y sé que piensa en algo, que hay un plan de acción porque su rostro pese a todo es sereno.
Quiero preguntar algo y en ese momento suena el teléfono, y despierto de la duermevela en que me sumió el frío de la madrugada.
 
2020/05/10

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