Uno abandona las cosas que provocaron el incendio. La noche que se deslizaba, húmeda y sudorosa, plena de promesas, sobre nuestros hombros; el gesto ambiguo como una puerta entreabierta a la habitación del deseo más animal; el aroma salobre de las madrugadas, el transporte público que lo lleva a uno por desconocidas callejuelas y lo obliga a tomar el asiento trasero de un taxi sombrío, asido de la otra mano, para enseguida, movido por el deseo largamente macerado, vino silvestre, y por la tenaza del miedo, y por las intermitentes señales que a lo largo del bosque de los días alguien más ha ido dejando, migas para el hambre de la piel; se huye de esos paisajes rurales donde entre la oscuridad se buscó su mano, la garganta hecha nudo al intentar llamarla, para reencontrarla más tarde, con luz de día, en los sembradíos de cacahuate; se deja de escribir notas de tierna calidez para saludar su breve ausencia, para llenar las alamedas y los parques con símbolos inequívocos del incendio que seguramente después de unos días bautizarán con otro nombre, más dócil y anodino, más infestado de incurables mitologías y previstos naufragios; se deja atrás el temblor que provocó la caída de las hojas, el simple y repetitivo otoño, la polución de dientes de león en los sitios más recónditos de las avenidas; se deja de hablar en ciertos tonos, pero no de pronunciar palabras que se acumulan como polvo en una casa abandonada a las fauces del olvido.
2020/05/23
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