30 abr 2020

hablemos, pues, de lo que cimbra,
de lo telúrico que en el ojo salta,
de este carnaval de carne y oropeles;
que alguien venga a decir, para que conste,
dónde dejó su huella la ceniza,
en qué páramo o desierto
y hablemos entonces de lo que doloroso
se enquista y hiede a sangre,
a víscera ofrendada a los dioses
paganos del olvido
hay
algo en la entraña
llámese pecho
avispero
o
casa de fantasmas
[por fin hallada

como una ráfaga
martillea
carpintero
el cráneo
y entonces
dejar a las horas
romperse
contra el hastío
(mariposas
palomillas
en un radiador)
a eso se resume
estar vivo
nadie dijo
desde luego
hemos de sorber
el miedo
en silencio
de apretujar
bajo la quijada
la desesperación
fingir que
la demencia
viste ropas
de verano
que nos toma
de la mano
cuando en verdad
tiene su fauce
abierta
sobre la yugular
nadie nos dijo
que lameríamos
nuestra sangre
del suelo
sedientos
que a ratos
estaríamos
gritando
por un poco de piedad
así fuera una pizca
una leve brisa
que nos acaricie
el rostro
que nos
recuerde
existe el mar

28 abr 2020

ahora, decir tu nombre
que eres llama
en mitad de la lengua
que fuiste meteoro
en los lechos
que apresurados
compartimos
que soy el cráter
tras tu deseo
que somos este nudo
en la garganta del olvido
que ciegamente
fuimos
el principio de esta llaga
que me sostiene
en la fauce de la locura
Me lo encontré por la calle una tarde de esas tan comunes del rumbo, llenas de niebla, en las que uno apenas alcanza a ver a unos metros de distancia pese a ser mediodía. Venía dando tumbos, midiendo la calle como quien dice, ebrio y desarrapado. Pese a la suciedad y lo andrajoso de sus ropas, a su imagen descuidada (su cabello, siempre largo, lo mismo que su barba, habían perdido todo brillo: eran plastas hediondas de mugre que pasaron del pulcro blanco a un café deslucido y opaco), pese a que agachó la mirada apenas verme, lo reconocí de inmediato.
Deshice los pasos y lo invité a mi departamento. Prefirió quedarse en el vano de la puerta y a regañadientes aceptó un vaso de agua que le ofrecí. Ni qué decir de todo lo que debí insistirle para que se deshiciera de su calzado roto y aceptara un par de tenis viejos pero en buen estado, así como ropa limpia que le diera una imagen menos deplorable.
Cuando se fue, quiso darme un abrazo que educadamente rechacé. Su aliento alcohólico y el olor rancio de sudor eran demasiado para mi olfato, sé que no lo habría soportado y muy seguramente habría terminado vomitando.
Lo acompañé a la salida.
Ya en la calle, mientras se encaminaba calle arriba, me agradeció con unos ojillos de animal lastimado.
No mames, pinche Dios, le dije, ya ponte serio cabrón; al mundo se lo carga la chingada y tú en la peda, ya ni la chingas.
No sé qué dijo en su balbuceo, pero la mirada que me lanzó prometía un sitio privilegiado en el séptimo círculo del infierno.
Tal vez me mentó la madre, nunca lo sabré.
Luego se perdió entre la bruma, dando tumbos, midiendo la calle como quien dice.
poesía de la muerte de mi muerte
me aferro a ti, lacerado,
marsupial me guardo en ti,
para entrar a la boca del incendio

poesía
de la piedra en mi cabeza
del oleaje devorador de barcas
de la espina profunda en el beso a la carne
de los huesos mordiscados por la hiena desesperación

en tu grito cetáceo me despierto

devórame

que mi aullido de mono te acompañe
aunque caries, aunque obsceno resto
que enjuagar de entre tus dientes

muérdeme, piérdeme
poesía del terror de estar callado:

en tus garras encomiendo
el pichón cansado de mi espíritu
Deja que todo transcurra, que el miedo ladre desde su azotea, que la angustia te obstruya como un río de sangre la garganta: deja que la vida se te escurra entre los dedos atrofiados de pergeñar manuscritos apenas legibles, apenas valederos.
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.

mi madre busca la azotea tras la lluvia

ya ha pasado la zozobra de vaciar los tendederos
el pasillo, ahora, hace las veces de secadero
(las camisas de su padre, los jirones de tela
con que visten sus hermanos -sólo de verlas
recuerda la parafina impregnada en sus pliegues)
pero ahora busca otra cosa, sonríe
con esa sonrisa que más tarde conocerán sus hijos
cuando con ella puesta les cuente
cómo sobrevivió las picaduras de alacrán en Puentito
o de su miedo nocturno a las ratas
que acechaban desde las vigas de su casa
a sus quince años y con la falda al viento
mira el arcoiris, embelesada lo saluda:
tiotakile, le dice, mientras el mundo alrededor desaparece
Bajeza obliga:

Me retuerzo pensando
en la falta que me hacen tus caderas
ahora que es enero,
y la tarde se congela
este nudo en la calma
como un nudo en la tubería
estas ganas de romperlo todo
con la placidez la indiferencia
de quien rompe una hoja de papel
esta amenaza de diques a punto
del desbordamiento, de inundación
este marasmo de aguas calmas
con la fauce a flor de piel
este sordo estallido de gorriones
algunas veces vienes
la sonrisa en ristre, la cabellera
ondulante desafiando al viento
insisto: algunas veces/ otras eres
breve palabra agitándose en mi boca

arena las horas se escabullen
frenético el corcel del deseo cabalga mi nervadura

Cartas como novias abandonadas en los parques

He debido decir hace ya tiempo que tu cercanía es algo que sin buscarlo anhelo. Que toda luz se enciende cuando llegas, que vuelven a abrir sus pétalos los jardines -que no consigo evitar la horrorosa cursilería-, que no hay bruma ni invierno si te apareces al filo de la aurora.
Que cualquier pretexto basta para ir a tu encuentro, para buscarte como quien busca afanoso una ciudad desconocida en las profundidades del mar o del desierto. Que eres el chispazo, y estoy ebrio de desearte.
Que mi lengua se fatiga de nombrarte, de anhelar el puerto de tu humedecido pubis. Que cierro los ojos para soñar contigo, y estoy tan cerca que casi puedo tocarte con la punta lasciva de mis dedos, y me sonrojo a solas, y te vuelvo a pensar y casi oigo el palpitar de mis dos heridos corazones.

son sus labios

constante transfiguración, rostro del espejismo,
o más bien, su soñado contorno, la línea
que se bifurca delectosa, frágilmente,
en los pasillos del sueño, quiero decir
el anhelado encuentro de su boca, la miel,
y este par de labios que sé me pertenecen
pero no son más míos cuando la nombro,
cuando apenas dibujarse su silueta en el filo
inasible del horizonte, la sé llegando;
cuando, ladrillos en el muro, entrelazados,
dan forma a un refugio que bien haríamos
en llamar, exageradamente, amor, o tregua
al fin pactada, y entonces, nos alejamos
volvemos a comulgar con las calles y la niebla,
retomamos el miedo como quien retoma
un dibujo largamente postergado,
como quien vuelve a una partida de ajedrez
sin contrincantes, un laberinto donde el centro
es el único sitio inalcanzable: la muerte;
entonces atracamos en los puertos,
olvidamos nombres de reyes, de gobiernos,
colores confusos de banderas, y aullamos,
miramos la noche con la tristeza de quien mira
por primera vez el fuego, como quien lame
por primera vez el rostro de la sangre;


dirán que soy el pez que aquella noche,
en esas sosegadas aguas, cayó en el anzuelo
rojo de su boca, indefenso y ferozmente derrotado;
quiero decir, que no se acuse a nadie
que no lo sepa nadie: en mi pecho
hizo nido con ramas arrebatadas al fuego
el ave migratoria del ensueño

son sus labios, puerta o nudo en mi sosiego,
reverberación del espejismo, punto ciego
o más bien, el incipiente germinar de la derrota;
Abruptamente, el auto vira a la derecha para salir de la carretera. Lleva sobre su pintura la suciedad de varios días y largos kilómetros.
De su interior emerge un hombre que aparenta más edad de la que carga sobre sus hombros. Sin prisa se dirige al bar y en el trayecto, no más de diez pasos, siente la calidez del día, ve a una mujer rubia tendiendo ropa al sol, pero enseguida desaparece tras un muro. El bar se llama El llano infinito y está vacío.
El hombre piensa en el infinito. Es un bar, se dice, y está a punto de cerrar.
Pide una cerveza, cierra los ojos.

27

Reinvéntame como a ti, luna,
recíclame como a tus fases;
hazme ser otro, dime los pases
del conjuro para mi hambruna.

Ayer menguante, hoy plena,
¿cómo logras ser tan varia,
tan cambiante y tan terrena?
Habla, dime cual es la plegaria
que transforma la faz y el brillo.
¿Cuál es la pócima que tiene
el poder de hacerme nuevo?
¿dónde ocultas el manojillo
de hierbas que cambiándote viene?
bruja, ¿cómo cambio, qué me bebo?