28 abr 2020

Algunas veces he pensado en los amigos

Algunas veces he pensado en los amigos

 y sin sangrar
he abierto la puerta de la casa
donde hizo su nudo la infancia

 son diez años casi
y aquí estamos
sorbiendo los mocos
de la nariz de la nostalgia

algunas tardes pienso
en la fragilidad del espejismo

cuánto hace falta para perder
a un amigo entrañable

dejar de brindar como esta noche
mientras escribo
en el sanitario
de un karaoke
a veinte grados
en una ciudad
que abraza el invierno

 y sus mujeres
sin embargo
visten
ropa de verano

24 abr 2020

No venga por mi la muerte
sin un buen trago de ron.
Que traiga vino del fuerte,
que me escampe el corazón,
que venga bailando un son,

y en el aire su pañuelo
se agite con emoción.
De Tlapehuala el sombrero,
de costa chica el ardor,
de Tixtla lo bailador.

No venga la muerte a verme
para segarme la vida
si no trae con ella cuetes,
banda de viento, comida:
si no sabe de la vida

que no me busque la endina.
Que regrese pa su choza:
no la quiero aunque catrina,
no la quiero poderosa
si no sabe qué es la vida.
Olvidado, contrahecho, taciturno,
descabellado y puro, receloso,
alevoso y malherido; titubeante,
infeliz, llameante, adormilado.
Bruto, vago, turbio, silencioso;
Oscuro y hosco, tembloroso,
garrafal, desvencijado, ciego.
Animada bestia, ebrio gitano

Veneno

octubre trajo consigo algunas cosas:
naves para colisionar contra los acantilados del invierno,
espejos cuya luz opacara al fuego,
negras velas para cruzar sin remos
el abismo que nace entre el día y la anhelada noche.
Volar, volver, hacer del adjetivo llaga necesaria.

Vendrá el invierno, con el cuello anudado,
escolar y huraño, a abrir las puertas de la carne; vendrá
nebuloso, cejijunto, obsequios:
en su jauría ladra el frío, mastín furioso.
No inventaremos de nueva cuenta el fuego,
otra vez, ateridos en el fondo de una caverna, carne fresca para el terror
Dios que todo lo sabe, ¿sabrá ya que no existe o hay que enviarle un telegrama?
lo decadente, lo mordido por el musgo que en mi habita, lo turbio,
acre, indolente, hosco que en mi voz anida, lo terriblemente tierno,
torvo, que me enmarca, lo doloroso que me conjuga,
cual un verbo hecho de espinas o cristales en perpetuo afilamiento;
ahora, en este hundimiento de certezas, llama a su mesa,
ruge hambriento, exige un festín a costa de mi carne. Todo lo oscuro, lo habitado de podredumbre,
furioso, despiadado, cimbra mi lagrimal cadáver, pasa su lengua por mi llaga
o retorcido, lo entrañablemente fugaz, lo silencioso, lo que se crispa,
agitado, en el espejo, en la vena rugiente de la angustia,
noche a noche, en cada crujido del esqueleto que reclamo mío;
el inasible llanto, la fractura del recuerdo en la espalda: lo susceptible de oxidación,
voluble, hecho nudo, lo que arde aún en la ceniza,
último rescoldo de nada, polvo, costra,
jirón de patria o bandera, tibia sangre en la boca, ajena
dejé mi corazón donde dormías
con ganas de robarme tus pupilas
dejé mi corazón, tú eras Ercila;
Caribdis es mi sombra, cosa mía

dejé mi corazón y cruel tú lo mordiste:
hambriento quedaré yo de tu beso,
cuando la tarde llegue, y el embeleso
de la perdida juventud decaiga triste

el mar se hará pequeño, y caracolas
habrá que engalanen entonces tu partida;
el mar se hará suspiro, y su ola breve

querrá dormir en tierra firme, a solas;
será mi corazón el artificio de tu huída,
será tu manto, tu bastón, aunque me incendie.
creo que llegué sin faros a la noche,
enfebrecido a copas de ron y boleros,
creo que llamé a mi padre entre la bruma,
para decirle cuánto hemos perdido
pero mi palabra no supo hallar su oído;
creo que llegó a sentarse a mi costado
la madrugada, para escucharme conjugar
el verbo amargo de la venganza incumplida,

supongo que ahora mismo mi fantasma
flota sobre las olas, mientras yo me alejo
entre carreteras intrincadas, y soles de plomo
o hierro lacerado, y digo adiós,
y no hay gaviotas en el puerto
en tu costado, amor, se dormirá mi beso, en tu costado
navegará el rizo de mi fuego su extravío
en cada lluvia mi pecho escuchará tu risa, en cada arroyo;
la tarde, cada tarde, besará tus senos en la ducha:
recordarás la caricia apresurada del amante,
aunque ya no sepas pronunciar su nombre de piedra o de hierba seca:
muere la tarde como una vela al final de la cuaresma,
[algo de mí, desobediente, busca tu aroma en las piruetas de la brisa,
[algo de ti muerde mi espalda,
nunca tus ojos vieron la nieve caer, al galope del invierno, pero
estuvimos a punto de sonrojar cada rincón de la habitación, el universo
mañana reinarán las cenizas, mañana alguien recordará que fuimos
relámpago en el ombligo del día, roca estrellándose en el parabrisas
anonadado de los días, que cada resquebrajamiento de horas tuvo nuestros nombres

creo, en esta hora, a la distancia, fuimos un doble cuerpo celeste
[que al tocarse iluminó el vacío
algo es cierto: tu nombre ondea su flama en una colina de mi pecho;
larga la ausencia, lento el invierno, te he imaginado recorriendo laberínticas ciudades,
escribiendo de nueva cuenta el viejo blues que compartimos
como se comparte la sal o el infortunio
recuerdo que una vez te soñé atravesando el desierto y en ese sueño escribía una carta
mientras la arena iba llenando el paisaje
[ahora repaso un viejo blues, invoco al fuego,
[pero no he vuelto a ver tu cabellera agitándose entre las multitudes
¿a dónde fue la noche, cuando te fuiste?
cerró su puerta el azar, y sus ventanas, para ocultarte
icé banderas y estandartes para señalar tu paso, para dejar constancia de tu huella;
lancé, a ciegas, dardos y cartas a la madrugada,
es preciso decir que nadie, ni el silencio, respondió:
ganó terreno el estruendo de los días, creciendo como una hierba vigorosa
nacida en el jardín donde sembré la duda de tu partida

ahora que hemos depuesto las armas, que navegamos ajenos mares,
[digo tu nombre para que me devore el olvido
a un hombre que desconoce el amor, poco puede ofrecérsele;
rojos frutos de ciudades invisibles por desconocidas,
últimos mensajes llegados del mar en los picos de las gaviotas, poco más
a un hombre que desconoce el propio nombre, bestia común
le puede ser ofrecido el mundo, y aún así aullar por la tarde
[que se aposenta en tus ojos
Cómo decirte, corazón, que desfallezco en el dolor
bajiventral de saberte ajena ya,
cómo explicarte la conjunción de volcanes,
este romperse milenarias rocas de paciencia,
este bramar de bestias encabritadas,
que rompen cadenas, evaden jaulas,
saltan por encima de cualesquier cerco,
cómo te explico, pues, este enturbiarse de aguas,
esta catástrofe en los eriales del pecho,
la pequeña, decisiva muerte que clava sus incisivos
en mi hombro, esto, que otros llaman celos,
y yo no sé llamar sino cataclismo, herida para siempre abierta, supurante