16 feb 2020

En verdad os digo, estaba muy cansado. Poco más que exhausto. Sólo quería un poco de vino, abrazar a Magdalena, que sudáramos hasta el amanecer. Al menos volver al mar, mirar la subida de la marea, sentir la arena húmeda bajo mis sandalias.
Y pese a todo, optimista como me hicieron, empezaba a disfrutar la vista. Ojalá tuviérais la oportunidad de esa panorámica: Jerusalem vista desde el Gólgotha, al atardecer.
Sólo tengan cuidado, no vaya a ir un centurión a rajarles el costado. Esas sí son chingaderas.
Aurora que no enciende sus ojos,
ruina que se levanta, que rehuye el oscuro abrazo del mediodía,
brazo tumefacto que no acaba de resucitar,
ola mansa, etérea, sobre el lomo del día:
La dualidad del ojo empañada.

Otra palabra resuena en la penumbra,
bermeja: tal vez la caracola recuerda el mar,
relicario donde santiguo el veneno,
ala cortada de la noche
Aquí está mi palabra, su oscuro verbo
han venido a nombrar la tarde y sus paisajes,
como el hombre ante el dios que creó
a su imagen y semejanza;
así mi angustiado signo ha de dar nombre
a las cosas de este mundo que se agrieta
y, luminoso, hunde la obsidiana
en su decadente carne
Voy a arrojar mi corazón
sobre tu plato
que su sangre palpite
por última vez
frente a tus ojos
Está el ruido, la incomprensible tesitura de este mundo,
atizando los carbones sonrojados de la madrugada,
está el murmullo de los bosques y de los arroyos,
la niebla y su mano metida en el bolsillo izquierdo
de mi silencio, mis dedos quebrándose
en el castañeteo,

señala una palabra en el diccionario, al azar,
y estará también disponible en la madeja del día,
luminosa, distendida, lozana,
como una duda, jovial, asaltándome en mitad del día
pero no estará por ningún lado
el silabario breve de su nombre
aquí te nombro: en el silencio
que como un bulto se ciñe a mi hombro,
en la dentellada primordial del beso;
que cada palabra sirva para forjar el molde
de tu cintura, cada sendero en que lengua
y falanges se disputen la primera piedra.
que cada palabra sea una roca suave
donde pueda lavar mi sangre con tu llanto,
que tu sudor, a cada susurro funde ríos;
que cada bocanada de tu aliento quepa
en este murmurar las sílabas de tu nombre, mantra.

no para que vengas, para nombrarte,
para iluminar mi oscuridad sin nombre, te nombro;
contigo he conjurado los terrores
de la infancia, he puesto a hervir el plomo
de mi sangre; marqué tu hora de partida,
en la pizarra de mi pecho, en ese ruidoso
cajón de resonancias
para acariciar al perro hambriento de la soledad,
digo tu nombre, en el torno de la lengua
lo hago girar, afilo sus aristas;
en esta casa que no es mía, te llamo:
estoy construyendo la noche
con mi mano adolorida de quererte,
porque necesito nombrar esta hora sombría,
ponerle un dique al ojo, armarme de terror,
dejar que caiga la nostalgia,
que se desborden las represas,
que se abra mi voz para gritarte
La noche abraza el insomnio, pero el suicida cierra los ojos
Uno piensa, a veces, que ha conjurado a los fantasmas, que es posible fincarse un templo en los eriales de la paz. Pero se llama a engaño. Basta un guiño del azar, un símbolo que creímos olvidado, un aroma tocando a las puertas de la nariz, una palabra dicha en el momento exacto para romper el delgado hilo del sosiego.
Aunque no lo desee, uno vuelve al lugar del crimen, a rondar su periferia y a bailar con sus fantasmas.
Poco se puede hacer: el fascinante horror de haber presenciado la maravilla, de haber sido capaz de tocarla y de perderla, de haber dejado a su uña abrir el pecho
En el silencio te reconozco, aciaga luz
beso en la última sombra del verano, aire
que a su paso ahoga el sofoco,
que agrieta cristales, que gira, atrabiliario
que enciende en el vientre del día
su hoguera, su tabaco, su sonrisa
Dejaste mi mundo trastocado cuando te fuiste. Intensa y fugaz. Me dio por querer todo contigo, quererte hasta la víscera, hasta perder la cordura y la edad y la sensatez.
Luego reapareces, súbita, seis años después. Tengo dos niñas, dices, al otro lado de la línea. Que te alegras, que llamarás más tarde. Pero no llamas, y algo se enciende dentro mío. Estúpida, ingenuamente, voy a tu encuentro. Envío el primer mensaje, la charla se torna larga y por momentos peligrosa. Podemos seguir como amigos, acordamos. Encantado, firmo, con la angustia anudándose en mi garganta, en mis músculos, en la espina dorsal de mi deseo. Y si se da algo más, te preguntas, y con naipes armas ya no un castillo, sino todo un reino. Luego por la mañana te despierta un mensaje suyo, largo. Sabes que algo se terminó de torcer. Lees, confirmas. Implosiones al interior, catástrofes desenvolviéndose lentamente adentro tuyo.
Te dices que los alcohólicos son la imagen terrena del Sísifo, apenas consiguen alcanzar la cima del olvido, despiertan, lúcidos y urgidos por ahogarse en los brazos de un buen trago. Hay una parte mayoritaria de ti que quisiera arrojarse a esas aguas tan deliciosamente peligrosas, salir a buscar un amor ocasional, más fugaz acaso que el tuyo, dejarlo todo nuevamente. Pero no tienes ganas de romperte la madre contra el polvo, de andar por la calle sangrante, arrojando espuma como un perro rabioso. Consigues ropa limpia, sales a la calle. Aún tienes ganas de una cerveza fría, y te duelen todos los huesos del amor propio, pero sabes que es el bochorno de esta tierra lo que te provoca sed.
Discúlpame, por favor, fue su último mensaje. Estoy vivo, te dices, duele, pero no como entonces, y qué más da.
Lo bailado nadie me lo quita. Y qué bonito bailabas cuando era conmigo.

Incendios en el paraíso



El reto fue asir su mano, dejarle tocar el desastre que comienza en la más corta de tus falanges y terminaba en el más largo de tu por entonces kilométrico cabello, dejarle la puerta entornada a tu guarida, sin fórmulas mágicas, sin más, arriesgarte a que viera tu libreta de notas donde poco había de las horas pasadas en clase, y mucho de su andar de cervatilla en celo, las marcas de acné que quisiste besar desde esa tarde en que la oscuridad los sorprendió en la escuálida hemeroteca municipal, de esa gana por dejar abierta, de su mano, la jaula en que se guardaban las aves del deseo. El reto fue dejarla pasar a tu espacio hasta entonces privado donde atesorabas, ladrón sin secuaces, los libros que te ayudaban a alcanzar el alba, las cuartillas emborronadas donde no hacías sino hablar de hombres y países inexistentes, y alguna fotografía que te recordara el paraíso y el infierno conviven en la tierra; tú eras un hombre hecho a fuerza de romperle los candados al insomnio, que más de una ocasión durmió en hoteles de gran parecido a centrales camioneras, un perro famélico, solitario, hecho a dentelladas de otros perros, que mantenía, o intentaba mantener el corazón intacto.
Pero ella nada sabía de las horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al estoicismo, dejaste que lloviera sobre el incendio, que todo desangrarse fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado por alfileres, secándose a cada pálpito.
Hablar de ti es horadar la madrugada a sorbos lentos, pastorear el rebaño inagotable de la ternura y el deseo, abrir los brazos ante el aguacero torrencial y cerrados los ojos agradecer por la humedad de tu entrepierna y de tu lengua entrelazada en la lengua y en la entrepierna mía.
Hablar de ti es caminar en placenteros círculos, paladear por vez siempre primera la suavidad ajena de la carne, moldear a ciegas el único paraíso entre hombre y mujer, las privadas horas en que naufragio significa siempre salvación, romper el cielo a dentelladas.
Recordarte a ti es abrir los ventanales en verano, dejar correr al viento sus silbidos por la casa y la memoria, desdoblar el polvo, ahuyentar el carnaval fantasmagórico de tu inocultable ausencia

11 ene 2020

soneto oscuro número XXIV

Decir tu nombre es cosa de pez ciego,
que los pasillos de la casa se llenen
de aves -en el lodo de su pico tienen
la flor de tu silencio- que en el fuego

aguardan la roca que su canto frene.
Hablar de ti, en resúmen, es al ego
atarle el desvarío, y cuando abrevo
el agua amarga espero caída leve

y paz furiosa (que entre tus muslos
brota, tenaz, fragante, humedecida).
Nombrarte es enmarcar el péndulo

de tu cadera en un suspiro (ah, prohibida,
ácida fruta!), es soltar lanza y escudo,
dejarse herir, llamarte en la caída
Eres, en mí: distancia, quiebre en el ojo amoratado,
receloso; arena que lanza su dentellada,
beso que germina pústula que deviene locura,
oleaje sobre el oleaje, naufragio ajeno de tormenta,
nube de inmaculada furia, espejismo sobre el que labro,
uniforme, laso, el dedo medio de la derrota,
terco, oscuro, cenagoso en este beso que para tu regreso guardo
y en este vertedero de nostalgia,
en este caudal de frases rotas,
en este impresentable documento,
emborronado, garrapateado a frases hechas,
con qué tinta para simular sangre o carbón,
con qué ilusoria habilidad para sostenerse en el alambre,
tragar fuego, disfrutar un lecho de cristales,
dime, en qué silueta vaga, en qué misterio,
al abrigo de qué techo digo tu nombre
la tormenta el cataclismo la cuarteadura
en el lomo de la soledad en el vientre
de todo lo sabido y lo ignorado

dame mujer el filo la obsidiana
ábreme
quiebrirrómpememe
mírame soy el guiñapo
mírame pido tu fauce