6 feb 2017

Esta zozobra interminable, este crujir de hueso a todas horas, 
este envejecer desde las articulaciones,
azorado y loco, ebrio de estar lúcido,
de andar, sangrante, por las calles,
con la mano tendida, como exigiendo
el denario de la locura larga, hondamente
perseguida; como quien exige, ante cualesquier dios
un milagro para sortear el día, que todo recobre
su condición de espuma o roca;
este agonizar en los festejos, de echar espuma
por la boca, rabioso, abrazado al desconcierto,
este interminable ejercicio de morder el polvo,
de rajarse el pecho en cada esquina,
de incendiar la casa al menor soplo de duda,
con la inflexible certeza de estar a punto
de quebrar definitivamente la existencia,
de estar, a solas, fallecido, conduciendo
por la vida con mi cuerpo de fantasma,
dejemos de lado los conceptos,
la rebuscada receta en que marino
las ideas, el primitivo beso
para la lejana o la imposible amante
llamemos a la piel, esa rudimentaria bestia,
que la domen, no sé quiénes,
que todo le corrijan a su trote
hay un paisaje urbano, que algo recuerda
pero te llamará cobarde
cuando le busques
poco hay por decir,
que saltes, que lo olvides todo


me he abrazado a la cuerda de la ebriedad:

yo no sé si es necesario, hacer las paces
con uno mismo, dejar las naves naufragando;
tal vez uno habla hasta el cansancio,

entreteje sobre la carne alguna excusa que le permita
salvar el fuego, abrazarse a la locura
aunque su signo sea la áspera cordura;

será que es necesario, pregunto, tender la mano
para salvar el pasado, que nada vuelva a refulgir
como una lanza en el costado, cicatrizarlo todo
o permanecer sangrante, receloso, turbio;
en qué rincón guardar esta obtusa necesidad


de perpetuarse, de creer en los axiomas
que nos orillan al amor, y nos condenan
a sorberlo todo, con el regusto amargo
de la búsqueda infructuosa, de la frustrada
soledad; con qué argumentos se destierra
de la carne el confuso deseo de otra carne,


el hormigueo de los sentidos, la torsión
de los horarios y las ganas, con qué sólido
concepto convencer a la carne propia
de que el deseo no requiere más pretexto,
ni más conjuro que la sal ajena, 
que no hay amor para ofrendar, que todo está ya roto
hace siglos, y no hay pegamento que restaure
los labios separados, el gemido dado,
ni altar para los dioses que han sido asesinados
al despuntar el alba

las cervezas se amontonan en torno, como los días

así la coloración de los días, la obstinada decadencia
esta abulia que llena los rincones,
que todo lo toca con su falange 


las cosas se acumulan, como los días
y uno es el roedor que todo guarda
para mejores días, para cuando la tristeza
llame a la puerta, aunque no llame nunca

¿quién, en su desvarío, llama a la casa
si ya se ha instalado en sus habitaciones?
¿quién, en el más remoto destello
del alba, registra los nimios detalles
que le insuflaron vida, el crisol
que forjó su carne y su espiritu?

todo flota en torno, todo ha perdido el nombre,
la memoria, las fechas del destierro.
Nada hay que nos desconozca, todo somos,
cristal que se repite, infinito, en cada hora,
en cada par de ojos

poco hay en este ojo: la reverberación de los días,
el pálpito en el bajo vientre
escribo en la ebriedad,
tambaleante hasta los huesos
mi fantasma se ovilla entre la hierba
del frío, a dentelladas destroza
su hambre
no hay más que hielo
en la palma de mi mano,
ay, ay allá arriba brama un toro
es mi corazón:
al alba será sacrificado
gime, se congela de ansiedad
escribo en la sobriedad,
agitado en los pulmones
herido de bala propia
esperando a que la noche
o una mujer venga
a desordenar mi cama
a lametazos
escribo y miro el horizonte
como el hijo idiota
con los hilos de baba
orlando la quijada
espero a que el ocaso
traiga su bandeja
de cadáveres carmines
la interminable fila de árboles
que no se deciden a caer
tras el embrujo del alba
espero y escribo con mala letra
las cartas legadas al olvido,
alimento del fuego,
arrinconado en mi caverna,
tumefacto, inapetente
Era como si el fantasma de un hombre que se hubiera ahorcado regresara al lugar de su suicidio, por pura nostalgia de beber otra vez las copas que le dieron valor para hacerlo y preguntarse, tal vez, cómo tuvo el coraje.
Malcolm Lowry, Bajo el volcán.
https://www.facebook.com/artifex.ru/videos/1279816535410777/
Brevísima, la felicidad
llama a mi puerta
y emprende la carrera
sueño el hogar, una desbandada de pájaros

sueño que he vuelto a casa, que los olores impregnan sus paredes,
que viene otra vez la lluvia, pero ya no hay angustia por la inundación,
sino el regocijo familiar de los rituales amados en silencio


sueño que me vuelvo a sumir en pesadillas, todos los oscuros
personajes que atenazaron con garra áspera la lejana infancia,
sueño que después de vencer los invito a beber de mi cuenco,
que todo vuelve a derrumbarse, que abro por fin los ojos

y ladro aún sin comprender que la ceguera permanece,
que me sostengo, pero desconozco todo del mundo

sueño el hogar, el viejo lago, las aves migratorias;
sueño en desbandada, como un ave que extravía el rumbo
y bate el desesperado par de alas antes de la caída

sueño que he vivido, que tengo treinta años,
que el amor me tocó la frente para rajarme el vientre
que estoy, de pie, descarnado, fiero, en el horror del mundo
mi corazón es un madero atravesado por tres clavos

a ciegas busco los muros, la incorpórea lengua de la ausencia

atado en el tobillo me revuelco
envejezco
ladro

llamo a cada puerta
que topo a mi paso, vocifero
a la espera de que alguien responda,
a qué algún fantasma me compadezca

pero todo está vacío, y callado,
y no tropiezo

todo tiene un aire de verano destrozado,

de primavera recién cortada, de alambres que cortan el aire,
de mazmorra recién tapiada, a la espera del primer obtuso prisionero,


todo tiene un aire de vuelo interrumpido en su batir de alas,
de copa que sostiene, envenenada, el dulce vino del amor;
no hay puerta que se abra, ni ciudad dispuesta al sueño,
ni esclavo redimido en la espesura de esta noche

todo tiene olor de carne apresurada, de ciegos taciturnos
empeñados en fincarle coloración a su diálogo,
olor a tierra húmeda por los orines del destino;

todo tiene un aire de agua empozada, 
de rigor mortis acercándose, de vientre hinchado
de beber agua en las profundidades

pero me dejo caer, y el aire pesa en mis entrañas,
caigo de todo lo que he sido como quien se hunde 
en el lodo fétido de lo perdido, entonces nado
y soy el buzo de mi propia podredumbre
nadando hacia el vientre de la muerte

todo tiene este humor de otoño que se resiste
a la partida, que insiste en perpetuar su reino
de transitoria muerte, todo alrededor exuda
su indolencia de siglos, la desmemoria, el desamparo

todo tiene un aire de verano desolado, de tapia por fin
derruida, de castillo que se desploma,
de primavera que no termina de anclar sus naves,
de barco con las velas destrozadas, de belleza que se extingue

de catorce, 085

Anhelo el fuego, la ardiente lava
de la juventud; quiero el fragor
de la batalla, la duda, el resquemor,
las porfiadas horas que anegaban
la casa y sus esquinas; el sabor
de la tortuosa pubertad, la llaga
en el orgullo, el beso de la nada,
morir a cada instante, el dolor
de haber nacido, los suplicios
de la carne a solas, la temprana
certeza de estar roto, los silicios
del ajeno amor. Pero es mañana,
la hora de la angustia, de los vicios,
de todo lo extraviado, es la hora vana

29 ene 2017

Baptismo

¿Qué es mi denominador, mi vano nombre?
Un símbolo, un susurro, bruma o viento.
Ser el uno, aislado, la mujer o el hombre
¿Qué soy, el recipiente el cual el viento
roe, desvasta y hala cual hoja pueril, innoble,
hacia la insaciable boca del olvido, o cuerpo
eterno, o devorador de parco, ansioso, cobre?
¿Qué soy, cabe mi soledad en el reflejo
de una letra? ¿A qué apelo si terreno, si hombre
me bautizo, qué guarda mi glifo? Mil secretos
ya que me he preguntado
a qué se nace, o se viene a devorar
                                           [horas
aún sin apetito para ello,
-materia como somos
a la espera de la transmutación-
hijos pródigos del polvo y la ceniza,
hermanos de toda insípida materia

orlados nuestros cráneos
con títulos nobiliarios
o académicos
hemos ganado la partida
a la barbarie
a un alto costo:

porque perdimos la calma
la sosegada paz de las bestias
y las plantas

cuando quisimos abrazar el fuego
quedó grabada en nuestras frentes
la angustia
la plena conciencia de las horas
escurriendo
entre las cloacas de la existencia
                                    [misma
la certeza de un futuro
o un pasado inalcanzables
para el cadenamiento de un brazo
                                    [humano
aierta ya la caja de Pandora,
imposibilitada de cierre

/

pero nos sabemos agonía,
la huída permanente
de la sangre y de la hollada carne

/
permítaseme disertar sin elocuencia:
es decir voy a soltar este alegato
como quien dice a sus bestias,
sóis libres para devorar el pasto,
las estancadas aguas de vuestra sed

I
explicar que la carne
toda músculo atrofiado, toda
                                      [nervadura
no es otra cosa que engranaje
para arrastrar la maquinaria del dolor,
que no hay gesto que al pergeñarse
no deje su huella de sangre
sobre el averiado motor del corazón,
ni cuchilla en la mano, ni caída
sobre el musgo del amor
que no contribuya al desgaste
de rótulas, engranes, muelles,
inyectores;

que no hay motor que llegue
a la segunda década
incólume
que no haya pisado una sola ocasión
los accidentados caminos
del corazón,
ninguno que tras arder
por la fiebre de la carne ajena
se mantenga en pie
sin tambalearse
aunque imperceptiblemente
/

la carne es la muerte:
al oído silba canciones de cuna
antes de alcanzarnos,
afable,
desternillada de risa

eres materia
me dice

guardo mis conjeturas
este pobre material de disertación