27 jul 2020

Piedras heridas es un poema de Eusebio Rubalcaba al que siempre trato de volver. Lo leí por primera vez en un soleado patio de Taxco de Alarcón, en las primeras horas de mi onomástico número 21, me parece. Tenía suficiente mezcal a la mano, en esos días en que beberlo era casi un sinónimo de aberrante indigencia, y yo le profesaba una devoción incuestionable a su fuego. Ana y Gilberto dormían en su habitación de jóvenes ansiosos de alcanzar el pináculo de sus respectivos oficios de artistas, y no sospechaban la borrachera monumental que se avecinaba.
Jesús, en el monte de los olvidos, recuerda el tacto del madero y de la espina, y suspira

Cantinas cerradas en el corazón


Será posible dejar de hablar de uno, poner a un lado lo subjetivo. Pensar en ti es pensar en mí a tu lado. Digo el sabor de tus cuatro labios y ya he invocado mi lengua paladeando tu cuerpo. Digo tu calidez y estoy diciendo la calidez que transmitiste a mi cuerpo en una noche de invierno.
Se habla para el otro, desde uno mismo, para convencerlo de volver a inundar una soledad mal planeada. Se tienden trampas, entonces.
Y a veces, uno mismo cae dentro de ellas.

17 02 2019

Huele a noviembre. El viento sacude las ramas de los árboles, inquieta a los perros callejeros. Me asomo a la ventana del segundo piso, veo el patio de mi casa con sus ficus llenos de zanates, su limonero y su bugambilia de colores; por la calle Álvarez, pasa un conocido.
Al cerrar la ventana, me percato que en la sala no hay muebles, en mi habitación el bochorno lo colma todo. La calle tiene otro nombre y es febrero en esta sierra veracruzana.

16 01 2019

La borrachera ya había durado varios días. Un fin de semana completo, al menos. Y era martes.
El Trino se casa mañana, y yo soy padrino, dijo Pollo, vamos, ¿no? Vamos respondió Chendo, el Gato no se opuso. Mota, preocupado se negó. Mi jefa me ha de andar buscando, mejor ya me voy.
Alguien puso esta canción en el reproductor, winamp, barrio de San Mateo, Chilpancingo, el avispero como le decíamos. El año, probablemente sea 2004 o 2005.
Mota, en la puerta, voltea a vernos. Desde el viernes, que fuimos a una tocada del Real, no hemos dejado de escuchar uno tras otro sus discos. Tampoco hemos parado de beber. Cierra la puerta. Ustedes no quieren que me vaya, dice el buen Mötley, mientras se destapa otra cerveza.

Pablo, resucitado, corrige una línea:

la misma bruma que hace tiritar los mismos amantes

nosotros, los de entonces, sólo somos abismos

Señor Guillermo Fadanelli:

Señor Guillermo Fadanelli: acabo de conocer a Eduarda; con la salvedad que es mayor que yo, y al parecer no ha asaltado ningún mini super, aún.

Señor Harry Haller: acabo de conocer a Armanda, con la salvedad que ella no sabe de ningún espectáculo solo para locos. La entrada a su vida me costará la razón.

Señor Pig: acabo de conocer a Violetta, con la salvedad de que ella no ha conocido Nueva York. Estoy seguro que no seré un mal diablo guardián: seré uno de los peores.

Y así podría seguir, señores...

nomás por no dejar
diré que soy
la decepción a la regla

03 01 2019

A principios del 2010, huyendo de mí mismo, encontré la vena policíaca de Taibo. Durante cuatro días se convirtió en mi lectura de las mañanas, que aderezaba con poesía que ya olvidé. Por las tardes el tiempo se me iba en buscar sitios altos para tomar fotografías, arrobarme ante el paisaje de Itzanktun y suspirar por el amor perdido.
También fue el mes de enero, poco más allá de la primera semana, y a todo momento sonaba en mi cabeza un bolero de La Sonora Santanera que dice '... yo sé que eras ajena, que sigues siendo ajena...' con el que mi desgracia inmediata se identificaba plenamente.
Y nada, hoy, 3 de enero de nueve años más tarde, acabo de leer la tercera entrega de Belascoarán Shayne, el detective tuerto que aquella vez me tendió la mano en medio del aguacero.
Leer. Que la lectura avance sin complicaciones, fluida. Que te tome de la mano. Que te lleve a los tortuosos meses de 2009 y 2010 en que el nombre de ella, de C... fue imperante.
Que vuelvas a ladrar como el más ferviente de sus amantes infelices.
Que vuelvas a labrar la más presente de tus cicatrices.
Salí sin demora de ese lugar. Estaba indignadísimo, cómo era posible. ¡Cuánta desfachatez, qué falta de respeto a la clientela!
¡Miren que recibir y atender, como a un buen cliente, a un tipo como yo!
¡Las cosas que tiene que ver uno!
Algunas veces uno se topa de frente con el pasado, sin advertirlo. Como una puerta de cristal que no vimos a tiempo.

28 10 2018

Es mejor arder que desvanecerse, decías y luego contabas chistes malos.
Voy a contarte un chiste negro y malo, carnalito: ¿En que se parecen Cobain, Hemingway y tú? Que los tres son proclives a perder la cabeza. Hahaha
Yo sé que tu humor extraño si te dejaría reírte, pinche vato.
Salud pues, y saludos. Ahí luego nos topamos en los autobuses que atraviesan la noche de Chilapa con mezcal a bordo, en la horrorosa simetría de dios caminando por las cañadas rumbo a Acatlán, en las intrincadas calles de Taxco, en Morelia con cigarros alas extra, en tu casa sin patio. Salud, pues, sigue con tu ruido eterno, no recobres la cordura

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10 06 2018 / Sobre la lengua y la memoria

El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor [José Ortega y Gasset: El espectador, II, “Azorín: primores de lo vulgar”].


Seguramente estoy equivocado. Hace bastante tiempo que no lo practico, y es muy probable que algún vocablo, al evocarlo, se me extravíe o se me confunda.
Pero venía conduciendo y de pronto recordé la última ocasión en que pude hablar con mi abuela, acaso unos meses antes de que falleciera. El Alzheimer la mantenía en un mar picado de recuerdos en el que ella confundía con facilidad los nombres, los rostros, y las épocas. Podía sostener una charla en apariencia lúcida, y al momento siguiente preguntar por alguno de sus hermanos muertos, cuando la orfandad los acunaba en una infancia poco más que trágica. Hacía tiempo que había dejado de fumar sus cigarros gratos en el breve patio de su casa tal como era su costumbre: a solas, casi a escondidas, acaso en la complicidad de algún nieto.
Era diciembre y llegué al pueblo el veinticuatro. Ese mismo día, en la cena, la vi. Le pregunté por las ferias a donde íbamos a vender velas de parafina, por las largas procesiones que habíamos presenciado cada año, en cada feria, las largas horas despachando las mercancías y las interminables noches en que la lluvia amenazaba con destrozar nuestros puestos hechos con horcones, tablas y enormes manteados. De todo me dio constancia, y agregó muchos detalles.
Seguramente la plática se hubiera prolongado mucho más tiempo, pero un detalle vino a sembrar el fin de la plática, a saber: tanto platicar le despertó la curiosidad y me preguntó, en náhuatl, en su lengua, en la lengua que siempre usamos para comunicarnos con ella, quién era yo, y si acaso había trabajado en algún momento con su marido. Le respondí afirmativamente, y estaba por retomar la charla cuando una de sus hijas le llamó la atención y quiso decirle quién era yo.
Haré un paréntesis para abundar en lo siguiente: aunque no es grato ver el olvido en los ojos de alguien tan querido, me pareció superfluo obligarla a recordar, perdida como estaba, o divagando en un oleaje de recuerdos que la perseguían desde hace una vida, y no por decisión propia, sino por una enfermedad que le arrebataba la lucidez y el sosiego. Sé por las charlas que sostengo con mi hermana, que le era difícil conseguir la calma, y por lo general su estado era de permanente angustia. Agregarle la exigencia de recordar a cada persona, en su época correspondiente, en un momento en que parecía gozar de tranquilidad, aunque no estuviera en el mismo momento en que estábamos los demás, se me figuró un ejercicio de tortura terrible, y por ello me excusé de emplearlo.
Tratamos de seguir con el diálogo interrumpido, pero ya su paz se había quebrado y comenzaba a exigir el retorno a su casa. Alcancé a notar que mi tía la llamaba aparte, y algo le decía. Acto seguido, la pequeña figura de doña Ana volvió a donde yo estaba sentado, y me llamó por mi nombre. ¿Eres tú? me dijo. Xnetsjiove, se disculpó, xotimitz elnamik.
Perdóname, no te recordé, fue lo que dijo, y se dirigió a la salida, a la calle, para volver a su hogar. Mi hermana y mi madre la siguieron para acompañarla.
Hasta ahí el recuerdo. Sin embargo la evocación de esa noche me llevó a pensar en el significado de esa palabra, elnamikilis, recordar. Cualquiera sabe que la palabra en castellano se refiere a reconectar algo con el corazón, aunque Ortega y Gasset da una definición sublime, que he puesto al inicio de este amasijo de palabras.
En nahuatl, eltepan, elpantli se refiere al pecho como tal, aunque ambas son palabras compuestas. Eltepan, va conformada de 'el' y 'tepan'. Pecho y muro, respectivamente. para Elpantli, casi diríamos lo mismo, pues pantli es otra forma de nombrar un muro. Entonces al decir eltepan, o elpantli, decimos 'el muro del pecho', casi como si el 'el' se refiriera a una cuestión metafísica.
Ahora, volviendo a la palabra que me llevó a divagar, Elnamikilis, lleva el mismo radical 'El', que se refiere al pecho, y el verbo 'namikilis' que se refiere a un encuentro, a encontrarse con algo,o con alguien. Quien recuerda, en náhuatl, y lo hace patente en la palabra, dice que se produce un reencuentro en su pecho, en ese sitio donde se guarda el corazón con todo su simbolismo y su semiótica. Entonces, mi abuela, al final de esa última plática que tuvimos, alcanzó a decirme que no me encontró dentro de su pecho, que al interior de su pecho no supo ir a mi encuentro, y que por ello se disculpaba.
Hoy, que sin querer he salido a su encuentro, escribo estas líneas.

20 04 2018

Hay ratos, mi buen Gilberto, que llegas, no al recuerdo, más bien como una presencia viva, como si estuvieras en Morelia tal vez, o en tu casa de patio minúsculo en la Apenas del Sur que tanto querías y despreciabas.
Ahora mismo, he buscado esta canción, y justo al pegarla aquí, he estado a punto de llamarte. Un impulso, tú sabes. Uno se distrae escuchando los primeros acordes de la rola y ya está echando la imaginación a volar. Pienso en una chica que me gusta sobremanera, en los buenos tragos que compartimos en los cuartos mal construidos de Taxco, en los pulques sabatinos de los tianguis de la periferia de Texcoco, de los fantasmas que te recibieron siempre de buen modo en la casa de Acatlán. Una distracción imperdonable, hermano.
Apenas se había generado la intención y ya estaba recordando que a estas alturas no he tenido la entereza de ir a despedirte.