9 abr 2020

En el pecho de la tarde un ave mitológica se carboniza



antes de la roca, del desvarío del mundo, eras
zona de guerra donde los laureados eran
ingentes cadáveres sobre el pasto herido.
nadas como un ángel negro entre el follaje,
ónix que moldea con su filo el cuenco de la noche:
brasa y ruido hechos nudo, en perpetua batalla o agonía, retablo soy donde se adora el polvo, la telaraña, los bruñidos espejos,
resquebrajado fruto, eres turbia ecuación para cabalgar
a lomos de la muerte, terribles jinetes del desamparo:
creo, ahora, en el contorno angelical de tus caderas


en mi defensa diré que no he sido acusado, que mi nombre
sigue siendo, como Odiseo, nadie; sólo el viento, por descuido, me ha llamado

antes del cristal y de la aurora, antes, mucho antes,
cuando el mundo comenzaba a tomar forma,
imaginé la ciudad perfecta para tus pisadas y tu susurro:
grito y calma ayudan a recrear los planos de una Babel horizontal
olvidada a ratos, mordisqueada en sus cimientos,
la recuerdo tenebrosa y temblorosa; allí late un corazón que me perteneció;
ominosa dolorosamente ignorada, yace mi sangre como un árbol derribado,
trepanado de polilla o musgo, habitáculo de nadie.
incluso después de la fractura en el hielo,
me encuentro a tu recuerdo lanzando dentelladas, y vuelvo a tender la mano

entonces, vuelvo a cortar el fruto, la palabra que te nombre,
vuelvo a llamar a mi carcelero, a exigir la pena capital:
ahogarme a solas dentro tuyo, abrasarme en la caldera de tu infierno

nadie responde, sin embargo. ¿será el eco,
un espejo que resuena a mi lado, nombrándome?

enciendo mi último caballo de nostalgia,
deshago el primer nudo de mi boca, abro los dedos;
resuelto a encontrar el último rastro tuyo en el agua,
anclo esta voz al limo y al hambre del pez,
tomo la parte del náufrago que me corresponde,

abrígame en tu sima, nocturna tempestad,
lame mi cicatriz, siéntela palpitar bajo tu rayo:

el siglo que corre no ha visto el abismo, pero su cauce está abierta,
dormida, y pese a todo, a la espera de su descuidada presa

otra vez, insisto: antes de ser tú, ya eras
hebra de fuego en la línea descuidada, casual, del horizonte
carne de impoluta furia, a la espera de nadie;
en el hosco rumiar del tiempo maduran frutos extraños,
pacen bajo el sol cansado de enero las bestias de mi pecho

le he soltado las amarras al verano y al espejo donde danza tu recuerdo,
en ausencia, soy mutilado cuerpo, incapaz de articular un grito:
no pude, ni en defensa propia escribir 'aquí, en tu nombre, he muerto, he carbonizado hasta la raíz mi voluntad,
en la isla de los sacrificios dejé como un laúd colgado para tí mi corazón
Pinche doledura en el músculo hielar del pecho
se me hunde la garganta
los ojos, la rotura del desgastado calcetín,
la musical enfangación del habla,
llamar a gritos de oscureciente voz
la carne de tu nombre, ay, quejarse,
ahondar en la muriembre de septiembre

8 de agosto 2017


Como heredera de un antiguo oficio de hechicería, Ana vive en la cocina: allí, sus manos preparan lo que ha de alimentar a su familia. Recuerda, mientras prepara, hábil, las tortillas, la frugalidad de otros años, cuando no era más que una niña huérfana, atormentada por el fallecimiento de sus hermanos menores, perseguidos por el hambre; le angustia imaginar que sus diez hijos pasen por lo mismo, y le oprime el pecho el que sus nietos tengan el mínimo de hambre no saciada.
Su preocupación es tal que a ratos olvida el fallecimiento de su marido, se imagina correteando tras de sus hermanos, las trenzas al viento, con once años bajo el sol de mayo, da vuelta en una esquina y tiene en brazos al menor de sus hijos, es junio y afuera la noche de San Juan da inicio con fuegos artificiales y riadas de mezcal en las calles; alguien llama a la puerta, seguramente para moler nixtamal, es de madrugada aún, la víspera de alguna fiesta: ella da la última calada a su cigarro, lo apaga y mientras atraviesa el patio oye el montón de risas infantiles que traen consigo sus nietos, 'ojalá nunca crezcan', piensa mientras ruega a todos los santos de su altar por que su marido no vuelva borracho (pero José Ángel cuida de su perro, el Diablo, en otro mundo, hace ya siete años).
Pregunta por sus hijos más jóvenes, le mata saber que no han comido, pobres. Otra vez es medianía de siglo: lozana, fuerte aún, aprende a mascullar algunas frases en el castellano que desconoce. Mira a Celia desempeñar con celeridad y habilidad el mismo oficio de la cocina, el cuidado del hogar, y sabe que hasta su casamiento, ella será su brazo fuerte, como el de Victorio es de su pareja. Algo la distrae, algún vientecillo furibundo de marzo, y vuelve a su realidad: tiene Alzheimer y a ratos encuentra la forma de volver con su cuerpo: ya toda ella es un nudo de jugarretas de la memoria que dificultosamente se logra hilvanar. Viene el desespero, la furia guardada largos años, el grito sosegado por lustros, y ve a sus hijos, absortos en un mundo distinto al suyo, confundidos, lo ve con tanta claridad, con tanta lucidez comprende que ha quedado sola, que olvida las escaleras y en medio de la penumbra tropieza, rueda hasta llegar al suelo, pero ya no consigue ponerse en pie: algo se ha roto definitivamente. Llora, amargamente, pero no es el dolor físico, sino la conciencia del abandono de sus hijos y la sospecha de tener que atarse a una cama o a una silla en los días que le quedan en esta tierra. Atada, otra vez, pero ya no a un marido, sino a un objeto.
Las largas horas en el hospital y las caras compungidas de sus vástagos le confirman lo que ya sabía: vuelve a remontar el vuelo su imaginación a lomos de la memoria; tiene dieciséis y va, las faldas ondeando como banderas de conquistador, a por agua a la pileta del pueblo. Cuando vuelve a casa, sus hijos festejan, la mesa larga, plena de flores y las sonrisas pródigas, benevolentes.
Poco a poco va cerrando los ojos, un cansancio inexplicable la toma de la mano, la lleva por insospechados caminos.

2 abr 2020

hoy no brindé por ti, nena,
estaba cansado de cargar bultos,
de conducir entre la niebla
con los faros desajustados
y la suspensión hecha pedazos,
y, tú sabes, pese al frío, la sed
pone su garra en la garganta
y uno va y abre la primera cerveza,
pone música en el navegador
y justo en el tercer o cuarto trago,
cuando uno está hecho un lío
en la cabeza, y relajados los músculos,
es decir, con la guardia baja, distraído,
entonces comienza a sonar
una canción que compartimos,
un detalle insignificante, y la cosa
termina por torcerse
fue en ese momento que comencé
a acordarme de tí, nena,
ya repetí la canción unas diez veces:
me pesa la certeza de estar solo
y, además, sin ti

2002


Ese mezcal inaugural me hizo sentir como si me desplazara diez centímetros sobre el suelo.

23 mar 2020

Hay tardes en que el viento silba
como un viejo amigo, como diciendo
hermano! vamos a devorar el mundo,
aquí te espero, y a lo lejos se oye un relámpago,
pero nadie sale al patio infestado
de tordos a recibirlo, a ofrecerle una cerveza.
Como un amigo de hace siglos
ha venido el viento a preguntar
por la pandilla, por las hogueras a mediodía
y las guitarras que no dejaban de sonar;

Güeso roto

No el que alcanza para tallar vasos,
incensarios, flautas, collares
para el delicado cuello de la amada en cuestión,

es algo más cercano al ánimo, algo de hombre
desvencijado sobre su bolsa de años,
algo de la cuarteadura imposible del sosiego,
hundirse palmo a palmo en el fango
de la nada, con el alma relinchando
como un caballo que revienta de cansancio en la madrugada;
de eso hablo, de un hacha que alguien más blande
a ciegas sobre el pecho, o lo que es lo mismo,
sobre un leño reseco, y hace saltar la astilla sobre el ojo,
y mella el acero, y todo descompone,
todo sume en su entuerto de torpeza,
y nada se salva de quedar agonizando,
de lanzar la última cornada al aire,
este atacar a nadie a dentelladas,
recurso último del que sabe está cayendo
aunque a otros ojos parezca tan solo
la danza grotesca de un ciego antes del tropiezo
Mi lengua en el nacimiento de tu espalda,
mi lengua atrapada en el laberinto de tus rizos,
mi lengua asida a la eternidad de tu orgasmo,
¿dónde estaban mis manos, esa madrugada?
abres la herida
con la punta de tu lengua:
comienza el incendio
vine a decir que estoy dolido,
que me embriago y no hay sed
que justifique esta voracidad por las cantinas,
este barruntar en el esófago, este crepitar de la laringe,
como de cataratas que no terminan de llegar
al lecho del abismo, como de gargantas azoradas,
que se enferman en la noche, muertas de frío,
y apenas gritar tu nombre hay una estampida
de rinocerontes que se esconde,
y se rompe, cadena, papel, sueño,
y me pongo en pie, y digo que este amanecer
es un saraguato que ruge en la distancia
hambriento, que dice estoy dolido
no hay remedio en la tierra
para esta dentellada
y esta flor alojadas en mi pecho
un hombre sin cabeza,
además de grotesco es un hombre muerto
un hombre que ha perdido la cabeza
sea la razón que sea la que le haya hecho extraviarla
es, además de un triste espectáculo, un hombre perdido

¿quién de ellos era yo, postrado a tus pies,
adoptada la postura de Juan el Bautista
ante Salomé, el instante previo a su misteriosa danza?
y pese a todo, en el mar, me dueles,
en mi pecho hay una dentellada
y una flor, y tú desvaneciéndote
por todos los flancos del horizonte
Ya cerré mi mano, corazón;
ya no cabe tu suspiro en el intersticio
de mi adormecido pulgar y el índice que amó
la humedad de tu madrugada.

Ya empuñé mi tristeza, amor,
y me he despedí, aunque doliera,
de las cosas incorpóreas
que alcanzaron a nombrarnos.

Dije adiós, amor, y sin hacer maletas,
he retomado el camino, y sonriendo
agito la gaviota blanca de mi pañuelo.

Ya no te pertenezco, es cierto,
y he soltado ya tu mano para huir
cómo solo sabe hacerlo un vencido.

Ya he cerrado mi puño, amor, ya palpita
mi corazón en el desierto,
ya se desangra mi pasión en el destierro
Ahora puedo decir que tiembla la punta de mis dedos; ahora que he olvidado hasta mi nombre puedo nombrar sin resquemores la ciudad donde soñé por última vez tu cuerpo desnudo. Reías bajo la lluvia de las cuatro de la tarde, y en mi lengua no cabía otro deseo que lamer la sal que corre por tu espalda.
Otra vez, como entonces, me he embriagado para adormecer a los lobos oscuros y hambrientos del deseo; otra vez, como antes, me invento un idioma de señas para ciegos, y en esa cifradura del lenguaje muerdo la fruta breve, jugosa, de tu nombre.
Soy un gato, el que con gusto rasguñaría tu espalda, como buen hijo del arrabal bebería en el cuenco de tus labios hasta la embriaguez; en tus ojos de pantera descansan gavilanes, en las huellas que dejas marcadas tras tu paso, duermen apaciguados alacranes.
En esta hora puedo decir que me venciste, que basta cerrar los ojos para imaginarte de pie, desnuda como una Venus morena que surge entre los acantilados del mar de mi deseo.
Falto a mi palabra de no volver a mencionarte: sí, te he vestido con incontables nombres, manantial de llamas, te he desnudado con siempre variables adjetivos, lúbrica cristalería del firmamento, en ti alcanzo a sospechar el espejo que devoró a Alicia y ha de reflejarme en tu mirada de sirena.
Otra vez, como entonces, he llamado a la catedral de la memoria, me arrodillo ante el cuenco salobre de este deseo inagotable, y bebo, con fruición, pero sé que no es tu cuerpo (cae un relámpago en la lejanía, las aves abandonan las copas de los árboles, mi espalda es un gato que se eriza al sospechar el filo de tu uña al acariciarme)