16 mar 2017

Soneto XCIX
¿He de volver a ser materia viva, este conjunto
amorfo de entropías, la misma sangre y el cúmulo
de fuegos que mi ser consumen? ¿Seré el lúpulo
o la cizaña que inunde el campo, el nuevo difunto
de futuros días, habré de ser otra vez roca, nulo
follaje, o el andamio de un castillo? ¿Qué, pregunto,
habré sido en otras horas? ¿La carta sin asunto,
que habló de amor, el enemigo al que estrangulo?
Si he sido polvo humilde, si hierba altiva, torpe metal,
¿importará a la postre, a los escribas, al infinito
paso de los días sobre los días, hará mella fatal
a lo que he sido y lo que malamente llevo escrito?
¿Será mi huella, visible entre el extraordinario panal
del universo, o me devorará la nada, el infinito?
Aunque vengas mañana
en tu ausencia de hoy perdí algún reino

CPC
no me salves, poesía: apresura mi caída,
muerde mi carne, desgarra con tu tímida furia
cada jirón, cada músculo expuesto; rómpeme
los huesos; poesía: arrójame por el desfiladero,
que nada mío quede sobre las piedras,
que no haya humedad malsana fermentando
el oscuro cuchicheo del recuerdo.
Que nada te lleve a colocarme un nombre
y una fecha, poesía, que todo lo que ahora
me nombra vuelva a abrazar su condición
de perpetua ceniza, de polvo destinado al polvo
Aquì estoy, poesía, atizando la lumbre de tus ojos,
con la piedra en la mano apunto a tu ventana,
ya he rayado tus paredes de antigua catedral,
bebí del vino que usaste para santificar la noche
y sus escombros, el agua que usaste, poesía,
para salvar al hombre de su cordura, el agua
con que hiciste brotar el insomnio de la humanidad
para que viera su caída: pero yo la he derramado.
Aquí me tienes, cerrado de palabras, ciego, desnudo
desde el talón hasta la lengua, rogándote
que me desgarres, que no me sueltes
aunque el alba se llene de quejidos
Me duele más la muerte de un amigo que la que a mí me ronda

JS
este andar castrado, desangrado por la calle
mordiendo el polvo, las esquinas del sosiego;
este montar la yegua del desespero, enmudecido,
abrazar las baldosas, lamer el fango,
mirarlo todo, marchándose, a todos,
con el tropel de las palabras anudado en la garganta,
este querer decirte que te quedes, que conjuremos
para siempre la distancia, este querer coger la mano ajena,
prometer lo imprometible, urdir una mentira piadosa
que vuelva a salvarlo todo de la caída,
este buscar maderos para el salvamento,
asir los brazos con la nada, hacer el equipaje de la ilusoria
tarde que se aleja, este querer gritar su nombre,
decirme desde mi boca 'no te vayas', volver los ojos,
entornados, a la límpida tarde del deseo,
abrazarse a la ternura apenas descubierta,
este decir que algo hace falta en el pecho,
este silencio contundente como el mazo de dios
sobre mi lengua, este morir a solas, sin mi voz entumecida
Pero quién, en qué hora malsana puede,
despojado de sí mismo, sin pie de duda,
llamarme por mi nombre, decir que se acerca
el gran ignorador, quien todo lo ha consumido,
quien ha muerto en cada ocaso, a cada instante,
yo, el gran insolente, que de todo ha escapado,
que no responde a recuerdo alguno, 

que nada ha guardado en el cuenco de la mano,
que todo lo ha perdido, que se ha roto la voz
en los meandros del fango y de la noche

Bien, alta es la noche y larga la caída de la carne.
Es hora de aceptar que no hay críptica palabra,
la claridad del agua, poner a un lado, sobre la mesa,
las elucubraciones, el ideal:
hay que salir a la calle, abrazar la locura.
Fuegos que no incendian el ojo,
qué necedad calentarse en ellos,
qué obtuso el deseo de reducirse a ceniza,
entre sus lenguas.
Hay que aceptar la claridad, abrevar
la savia amarga del mensaje
que sin remitente, grita el nombre propio

y esta indefensión de espíritu, este bogar entre los días,
madero entre las olas, inútil para salvar el más escuálido
cadáver de un naufragio, esta certeza de estar de brazos abiertos
frente a la tempestad, el pecho abierto, tembloroso
a las saetas enemigas, esta certeza de irse extinguiendo,
de precisar más que una mano, este asistir al lento funeral
de mi osamenta, este mirar parsimonioso la caída,
el inexplicable derrumbamiento de la casa

3 mar 2017

noche en una casa a oscuras

pongamos las cosas fáciles:
aquella mano que cogió mi mano
toca otra espalda en esta hora

otro aliento le roba el aliento
a la boca que besó mi boca
otro paisaje deslumbra el sol
que en otras horas iluminó esta senda
aquel sudor que compartimos
lo sudan otros cuerpos
pero esta mano, esta noche
insiste como siempre en recordarte
cómo te digo, uno sostiene la nostalgia
como una bandera ondeando al sol,
muchachito bien portado, merecedor
de altas notas en el aula de la decadencia,
abanderado en la escolta de los perdedores
firme y bajo la lluvia de los recuerdos,
uno espera la orden marcial,
el verso redoblado y el paso a la ebriedad
la nostalgia, manta descolorida, ondea
sobre todas las cosas, lo eclipsa todo;
este largo conversatorio a solas
es el himno que le cantan las golondrinas
a un paso de la partida inminente

queda vino en la despensa, melancolía

el acero que esgrimo para combatirte, hija de perra,
el fuego que alimenta la forja de mis heridas:
no podrá tocarme tu beso rutilante


largo, largo, estoy en mi barcaza, 

he cogido un pez enorme;
lo devorarán los tiburones,
pero te habré vencido

cerveza, desayuno de campeones

hay días así, uno se pone en pie después de un par de horas
de mirar el techo, esperando a que se abra la llaga luminosa del día,
y sin embargo, afuera tiende su húmedo señorío la niebla;

pone los pies en el suelo y se congela todo, pero se corre a buscar
el frigorífico vacío, mientras la cabeza le da vueltas a una vaga sensación
de abandono, esa extraña sensación de haber perdido una parte
sustancial de mí mismo, de haber sido abandonado en paraje desierto,
sin agua ni cayado, ni flor para el sustento, este obligatorio vagar
mis cuarenta días y cuarenta noches por el yermo,
abandonado, ya lo dije; este volver a ser el huérfano propio,
abandonado a las puertas de un convento en ruinas,
sin dios ni loba compasiva que se apiade y lo amamante

es cierto, el estómago está vacío desde la tarde, 
podría decirse: es el hambre. Yo sé que es el hambre
pero es la duda la que reclama ser saciada,
el deseo romo de saberlo todo, de tener en la mano 
y sobre la lengua todas las respuestas que exige el cuerpo;
todo este desvarío se gesta desde el hambre,
esta necedad de abrazar la lucidez, el fuego, la muda palabra
el temblor en el centro de la ciudad, la simple melancolía
de respirar, de abrir los ojos en el centro de otro espejo

Ciudad Resaca les da la bienvenida


Era el letrero inaugural de mis dieciséis; aún era una ciudad pequeña, amable en sus avenidas. Sin embargo, como toda ciudad, debió crecer, desarrollar la industria, los servicios básicos y el abastecimiento popular sin olvidarse de las obras de drenaje. El tráfico creció con ella. El crimen y el terror.
En algún momento aprendió a ofrecer delicados espejismos a sus visitantes. Por lo general es una zona de guerra, plagada de cadáveres, trincheras y cráteres dejados por obuses enemigos. Si miras al horizonte, a cualquier horizonte posible, es más que probable que alcances a ver columnas de humo elevándose, y que un olor a sangre te llene las narices.

la noche llega y sirve el primer trago

de amargo insomnio, de calles que se escurren bajo mi pie,
de autos fantasma estacionados en la esquina de los manicomios,
de faros apagados, de obscenos neumáticos henchidos;

llega la noche con sus faldones de domingo
a posarse como un ave oscura sobre mis ojos,
a desordenar mi pelo y mis papeles, a uncirme con el lodo
de su beso, hijo mío, me insiste, tuya es la tierra,
tuya será cuando, inmóvil, la dejes abrazarte,
se te llenen los ojos de mansa podredumbre, de recuerdos
que sean humo, de hambrientas larvas (preludio del insecto)

tomo mi copa, bebo el amargo licor del desamparo
miro a los ojos amarillentos de la noche, algo brilla en mi ojo
izquierdo, como luz que precede al desvanecimiento,
como tormenta que se posterga indefinidamente,
como hombre que se acoge a los designios de la borrachera,
que naufraga en un par de caderas turgentes, en un vientre
cálido y pasajero para simular el antiguo ritual de perpetuación
para la carne y el espiritu; y no hay hombre a salvo de tales
execraciones, ni cueva en la que dejarse morir de hambre y sed

la noche vuelve a servir un trago de pastoso licor que huele
a cuartos recubiertos por el polvo y por el moho,
a habitaciones de hombre solo, a caos, a fauce recién abierta,
a nombres emborronados, a carne que se confiesa
sola, necesitada de otra mano, de otra voz para arrear
los caballos salvajes de la desesperación

Uno se abraza al deseo, a las fugaces cosas del delirio

porque se está, envejecido y solo, enloquecido y roto,
indefenso desde el pecho hasta el talón aquíleo,
abierto de brazos como dique abierto, dispuesto
a inundarlo todo con la sangre; por eso abraza uno
el delirio y sus fugaces rosas, como a hijos ciegos
les prodiga sus cuidados, a tropezones, a desaforadas
dentelladas. Porque la carne se hincha bajo el agua,
porque no hay modo de hacerse salvo, lleno
de humillación y rencorosa palabra, carnívoro
y lascivo, hijo indeseado de la madrugada,
perro de presa, carroñero.

¿y el deseo y sus espejos empañados, en qué mercado
hace su despensa de cuerpos desvecijados,
de manos, piernas, espaldas sudorosas,
de corazones desenvainados, palpitantes
como espadas en una guerra perpetua sin vencedores?