1 may 2023

 

he soñado a mi padre moribundo:
tendido sobre el lecho de su sombra
muerde el polvo pero su hambre es ciega,
me habla en una lengua de otro siglo
pero sé que habla conmigo
que dice algo sobre el trapecio de la tarde
y el equilibrio sordo que lo sostiene
que su murmullo es una forma de herir
al miedo que lo cabalga
cuando a solas vuelve a una casa
que ahora es solo suya
para encontrar en la sala, fiel, al silencio
solo ahuyentado por la estática
de un viejo televisor y los graznidos
de los cuervos que rondan las guías
del maracuyá y las bugambilias;
algunas veces sueño al padre
oigo sus pasos atravesando el patio,
la tos nerviosa que me dejó en herencia
vuelvo a escuchar su voz hablando
de los andamios inestables del futuro
o de la larga huida de su pasado
pero ya no veo su rostro en ningún sitio
cada día el espejo me devuelve
una imagen que se parece a mi tristeza
 
2020/06/21

 Para dormir me dejo los lentes puestos, no sea que tropiece en algún sueño

 y diré, cual un mesías delirecido:
dejad que los perros se acerquen a mi aún despierto cadáver

 

algo, una parte de mí,
se aburrió de arrojar piedras
contra los ventanales del olvido
algo, una parte de mí,
se hastió de querer
romperle las medias a la posteridad,
para ultrajarla con la lengua roma
que me dio la vida
y así anda uno, sobrio,
y con la apetencia guardada
en frascos de almibarados espejismos
 
2020/06/16

 

Vengo de soñar tu voz creciendo como una enredadera por las paredes de la aurora, de tocar, en el agua del sueño, la trepidante agua de tu carne y he despertado casi vacío, como quien tiene la certeza angustiosa de haber estado frente a la maravilla y haberla perdido en el más leve parpadeo.
Poco hicimos con nuestra tristeza, con esta distancia que pudimos llenar de nudos corredizos o luces de artificio para iluminar la tormenta: cada cual en su orilla abona las flores del olvido. Cada cual, desde su húmeda desesperanza, recoge los frutos maduros del tedio y de la inclemente usura de los días. Debimos hablar de las palabras que inventamos para nombrar al amor, de las hambrientas hienas que persiguieron a las liebres del deseo, de la carrera enloquecida en que desfallecieron, por inanición, perseguidores y enloquecida presa. Debimos nombrar los gestos, los malabares de la lengua sobre la piel del otro: acaso darle un nombre a las cosas nos habría salvado del naufragio. Acaso el olvido inmediato habría sido una muerte más piadosa, tal vez otro sería el nombre que colmara estas palabras, estas noches en que se ensortijan los recuerdos y el desvaído fantasma de otras horas. Tal vez vendría de cabalgar la pesadilla.
 
(algo que bien podría entrar en Anotaciones...)

 pienso, entonces, que es inútil atizar los carbones de la esperanza, soñarla como se sueña con volver al perdido paraíso de la infancia, como una fórmula nostálgica para hacer más llevadero el desconsuelo; la esperanza, así, castrada, me es inútil

 una palabra con la que vaciar el silencio

 Auroras que se desploman como frutos despreciados por las aves del deseo

 nomás por no dejar
diré que soy
la decepción a la regla

 

una roca atraviesa el lago de la noche
la roca es tu nombre; el largo cristal astillado del lago es mi memoria

 El personaje está de pie, escribe una historia sin pies ni cabeza. Se apoya en una especie de barra. Siendo precisos, más que escribir una historia, realiza anotaciones. Lo hace con paciencia. La única paciencia que es otorgada a quien asume la muerte como un mero suceso trivial.
El público que lo observa siente crecer la curiosidad como una hiedra venenosa al paso de los minutos.
Entonces la tormenta llega y la energía eléctrica huye despavorida.

 Algunas veces me encuentro a la nostalgia por la calle, como quien sin quererlo, distraídamente, se encuentra con un viejo conocido cuando ya no es posible cruzar la acera o fingir demencia. La saludo entonces y ella sin más toma mi mano, habla de los días pasados, de lo luminoso que fue compartir un lecho, una serie de palabras atadas a un secreto pacto de íntima complicidad. Mientras la oigo parlotear con la secreta esperanza de que un vehículo colisione contra nosotros ella ha rodeado ya mis hombros. Me va envolviendo de a poco y su abrazo es una enredadera que todo lo humedece y enfría en torno suyo.

 

El personaje está de pie, escribe una historia sin pies ni cabeza. Se apoya en una especie de barra. Siendo precisos, más que escribir una historia, realiza anotaciones. Lo hace con paciencia. La única paciencia que es otorgada a quien asume la muerte como un mero suceso trivial.
El público que lo observa siente crecer la curiosidad como una hiedra venenosa al paso de los minutos.
Entonces la tormenta llega y la energía eléctrica huye despavorida.

 

En verdad os digo, estaba muy cansado. Poco más que exhausto. Sólo quería un poco de vino, abrazar a Magdalena, sudar con ella hasta el amanecer. Al recobrar el aliento, postrado a su costado, planear la vuelta al mar para ver la subida de la marea, sentir la arena húmeda bajo nuestras sandalias, soñar que el futuro con ella era posible.
Y pese a todo, optimista como me hicieron, empezaba a disfrutar la vista. Ojalá tuviérais la oportunidad de esa panorámica: Jerusalem vista desde el Gólgotha, al atardecer.
Sólo tengan cuidado, no vaya a ir un centurión a rajarles el costado. Esas sí son chingaderas.

 

A veces quiero hablar de la casa del doble, un hombre que se parece a mí cuando era joven. Otras, hablar de mi padre, un hombre al que algunas veces me parezco ahora que soy mayor.
Pero siempre que voy a cortarme el pelo, me dan ganas de escribir una historia criminal en la que los meros malos sean los dos peluqueros mudos que desde hace un par de años frecuento y de los que siempre me pregunto qué idioma hablarán. Yo sé que el mutismo es su fachada. Deben ser aliens o algo. Y seguro que tienen ganas de degollar a más de un cliente castroso. Por eso cuando voy, me siento y calladito espero a que cualquiera de ellos haga su esmerado trabajo, y me dirijo a ellos con señas tímidas y concisas, porque me provocan un profundo temor y no quiero ser el próximo degollado en su lista.