25 may 2020

José Ángel

Cuando era más joven y aún creía en el amor incondicionado llegué a pensarte como un ojo de tornado rabioso y delirante, crispado en su rala melena, perdido en los ojos, hacia adentro, como ahora, asaltado por los fantasmas de los hombres que mataste y los que de algún modo te fueron arrancando trozos de tí y de esa manera lenta te fueron carcomiento, matando; esos hombres y esas mujeres fueron las termitas que le cimbraron los muros a tu condición de roca, de volcán, de lava. Eran para mí días interminables sentado en los escalones del patio mirando a las hormigas devorar las buganvilias primero, luego el ficus que casi había llegado al cielo de tu mirada, y finalmente al árbol que dos veces al año se cargaba de guayabas rojas, agrias, como tu carácter.
Tendría que decirte que cuando por primera vez leí los Cien años de soledad, y la segunda y la tercera, y las que vengan después, en un arranque inconmesurable de ternura la memoria me tomó de la mano y me llevó a mirar tu perfil cuando aparecía Aureliano Buendía, y al comedor de tu casa rebosante de comensales como en los mejores tiempos de Macondo, y tuyos.
Eres de esa extraña raza de hombres que desconocen el olvido. Ahora te pienso y no sé si imaginarte desnudo vociferando bajo las sábanas de tu cama de tablones o borracho a tus 85 por las calles de Acatlán, amenazando al viento como en tus mejores tiempos, pero no voy a pensarte indefenso y angustiado ante un médico indiferente, a la espera de su dictamen, o confinado a un diván menesteroso a la espera de esa mujer que siempre dijiste preferir que te buscara, y que además le costara trabajo hallarte, no voy a pensarte como un condenado al paredón, porque en mi tu recuerdo está moldeado bajo el signo de la movilidad, eres en la memoria el nómada por elección y costumbre, el perseguidor de quimeras, el confabulador de siglos.
Tú, que desde siempre estabas condenado a quedarte solo y desquiciado de rabia, que si fueras volcán habrías estallado una y otra y otra y otra vez, incansable y cada vez más corrosivo, tú que con apenas nada edificaste un reino que contigo va a desmoronarse, no puedes a estas alturas formarte como una brizna temblorosa sobre mi memoria, viejo.
Las palabras sobran como siempre, y como siempre también, serán escasas para decirte que no puedo imaginarte, después de casi nueve décadas luchando encolerizado contra la vida, a punto de arrojar la toalla, vencido.

Voy a buscar el corrido tuyo, abuelo.

(Texcoco, últimos meses de 2008)

Hace una hora salí a buscar un jabón y una ficha para acceder a la red de internet. Estoy a unos cuatrocientos kilómetros de distancia de Garnachópolis. Aquí la señal de telefonía celular es muy mala, apenas da para realizar llamadas algunos días. Así que el negocio es vender 'fichas' con una clave de acceso a redes wifi. Un cachito de papel con el nombre de la red, un usuario y una clave de acceso. El encanto dura entre una y tres horas por la módica cantidad de diez pesos; terminado el tiempo, uno es expulsado de la red como un Caín del siglo XXI, pero basta con un nuevo pago para volver a ser parte del rebaño del señor wifi Todopoderoso.
Esperaba que me enviaran un número de teléfono al whatsapp. El chino, mi compa de toda la vida, había estado llamando al departamento. La última vez que lo ví, tenía una botella de mezcal decorada como si se tratase de la piel de un jaguar, símbolo de identidad del territorio natal. Fue cerca de ciudad universitaria, en casa de un viejo amigo común, y no volví a saber de él. Me obsequió la botella y lo que dentro de ella había. Nos separamos, ya no recuerdo en qué estación del metro. Yo recuerdo haber recorrido largos pasillos y turbias cantinas. Pero eso fue después de separarnos.
Digámoslo sin ambages, Juan es un prófugo de sí mismo y un efecto colateral de la violencia en el país. En 2015, en Guerrero, me encontré con él, con Tonatiuh y con Omar. Tal vez Miguel nos haya acompañado con un par de cervezas. Subimos al centro ceremonial, vagabundeamos por ahí, cantamos juntos, y vaciamos incontables botellas de cerveza, whisky, ron y mezcal. El festejo por el reencuentro después de varios años duró una semana. Tonatiuh era padre de dos hijos, Juan, en ese momento, de uno. Yo preguntaba como por descuido, tratando de descubrir el paradero de Gilberto, desaparecido en marzo de ese año, pero obtuve respuestas vagas.
Luego volví a Garnachópolis, a seguir con mi vida. Antes de que transcurrieron una semana, Omar me llamó para darme una noticia ingrata, Tonatiuh había sido asesinado. Después fue Salvador, otro viejo y entrañable integrante de la pandilla. A Gilberto lo encontraron a mediados de mayo.
Cuando días después Juan llamó tratando de explicar, de justificar ciertos aspectos de su vida, en nombre de la fraternidad, le dije que no importaban los detalles, pero que debía salir del pueblo si quería evitarle un mayor disgusto a su familia. Y se dió a la fuga. Imagino que parte de su día a día es mirar sobre los hombros, sospechar de toda sombra, de cambiar rutas y números celulares, la paranoia. Pero está vivo, y eso festejamos, un año después, en esa borrachera brutal en las inmediaciones de ciudad universitaria.
Así que hoy me llamó cuando iba entrando a una tienda, en busca de fichas para wifi. Estaba borracho y sonaba desesperado. Su llamada me dejó ver que, de un extraño modo, la vieja pandilla se remite a nosotros dos, ambos a una distancia enorme de Acatlán. Pero yo ya no estoy tan desesperado. Y espero en verdad que el chino, mi carnalito, un día consiga soltar el miedo, o que el miedo lo suelte a él. Mientras, puede llamarme siempre que lo necesite. Qué más da de qué lado haya jugado y perdido.

Rengo de usted
Ultrajado en el pecho donde ya
no trina el ave clara
de su nombre

Gotea el cansancio, grifo
desbocado, sobre esta espalda
húmeda
último bastión soy de tu beso
del firme tacto de tu aroma en esta guerra

Aquí está, incendiada, rota:
la flor de mi bandera

¿qué hay en tus ojos, morena,
que me envenenan la calma?
¿qué embrujos traes a mi alma,
cuando ensortijas mi pena?

en mi corazón herido bailaba
tu hechicería: yo era jilguero
cantor, tú sinsonte mañanero.
y en mi pecho una ola brava

se abrió paso entre la arena;
no hubo calor de vigilia
ni vendaval en febrero,

ni tu nombre era cadena,
pero buscaba una lilia
para decir que te quiero

en la noche crecen nardos
todos color luna llena;
ven a mi casa, morena,
y dame besos amargos;
átame en tus pelos largos:

vVen a mi cama, morena;
prodigame tus dedos flacos,
quiero naufragar tus flancos;
que en esta noche mi pena
deje su huella en tu arena.

18 may 2020

No tengo prisa,
aclaro,
y sin embargo:
con más rapidez
vuelvo
a ser polvo

años llevo
con este ejercicio
de humanidad

insistente, obcecado

algo de mí
vuelve al polvo
todo el tiempo

no es fácil
disertar
sobre este oficio
de pez sin agua
que se desmorona
escama
por
escama

no me diste, padre,
otra herencia
que la desesperación
este fuego
que aguijona
mi piel
al desbastarla

qué agua
para este incendio
he de buscar
sobre mi barca
de miseria
y angustia
esta sangre
sin costra
esta costa
sin olas

de ningún modo
es sencillo
hablar de la carne
al desprenderse
barro
en caída libre
al polvo

me cayó encima la noche y su bravura,
cayó y el huesadal se me hizo añicos,
astillas, rüin lamento; cayó, cómo lo explico,
sobre este cuerpo cual ave oscura

sobre la descuidada presa: no quedó hueso
sano bajo el doliente disfraz de carne;
pero me guardo la queja, lo cobarde
que de mí grita y ladra su embeleso.

y a todo esto, no he nombrado la herida
que atraviesa mi muriente, ajado cuerpo;
no he dicho qué agua con su beso me asesina:

mudo quedé: el aplastamiento o la caída,
lo que sea, me deja el desconcierto,
la sangre, pudrición, el lloro, todo en ruinas

Ahora que el invierno se desploma,
ahora que el mar se hunde, adormilado;
ahora que me duermo solo y desvelado,
ahora que el olvido es una broma;

ahora que una lanza rubrica mi costado,
ahora que la ausencia es punto y coma;
ahora que el amor es beso de glaucoma,
ahora que la noche es un bolero equivocado;

ahora que cabalgo sin norte y sin certeza,
ahora que el silencio es grito en despoblado;
ahora que recito las coplas del coplero,

ahora que se acaba lo que empieza;
ahora que se muere el dios resucitado,
ahora que baila mi corazón con tu bolero.

no hay fuego en mi mano:
acaso esto sea morir,
el frío con su garra sobre el pecho,
la lluvia que a lametazos
baña la noche,
este hundirse sin alarido,

en el fango, silencioso, manso

tal vez era preciso, impostergable: cortar amarras,
por fin dejarse hundir o arrastrar por la marea,
ejecutar la danza de Héctor bajo el carro desbocado
de Aquiles, por fin hecho cadáver: pura carne
y hueso ensombrecidos por la sangre,
acicalados por el estigma brutal de la muerte, señalados

pero volvemos, aunque la pena sea la tierra,
la imposibilidad de ancla (era necesario el destierro,
apedrear las estrellas con la felicidad, con el desprecio
de quien ha estado apedreando las estrellas, la eternidad)
volvemos a morar la tierra, a edificarnos la promesa
de perpetuidad mientras alimentamos nuestra muerte;

volvemos a fundar ciudades, a devastar lo indevastable,
a clavar los colmillos del deseo sobre la piel, impenitentes,
torvos animales a la espera del destino,
y entonces, la pregunta, el paso en falso, (sí, era urgente
probar la sal, hacerse nudo con lo dolorosamente cotidiano
de estar vivo, cargar con ello como si Atlas, confundido,
denigrado, cargase losas de una casa a punto del derrumbe,
era urgente levar anclas, hundirse, dejar arder las velas,
ojos espiando el mundo en la más ridícula oscuridad)
entonces, la bandera blanca ondeando, la duda

15 may 2020

Sostengo en mis manos un ave de colorido plumaje.
Su canto se parece mucho a la tristeza,
a una fiera que se lamenta en el centro
de la estepa, abandonada, hambrienta,
no hay en su piel herida, pero en su interior
crece, larvario, un parásito de miedo.
Hay en mis manos el canto de un ave luminosa.
Su aliento me recuerda mucho la tibieza
de un lecho que he perdido, que la garra
del tiempo destrozó una noche de rojas telas
que caían, telones, a los pies de mi deseo;
tardes que se sonrojaron al cobijar nuestro vaivén,
y que, destrozadas, también, debieron guardar
en sus gargantas el espasmo final que nos salvara.
Entre mis manos gorjea el tímido gorrión de la nostalgia.
Su plumaje húmedo tiene el rocío de los amantes
que están a punto de separarse, y miran, desvalidos;
la línea impasible del horizonte, mientras sus ojos
se derrumban, y en el aire de la tarde, Ícaros,
se acercan, para caer, en los acantilados
de un bar, o de la insoslayable, esquiva muerte.
Ya he dicho demasiado, que sostenía, necio,
el inquieto corazón de un ave de oscuro nombre,
y mientras hablaba, ay, mis manos han acariciado,
hasta romperla, el ala de su vuelo, el agua
de su canto, la luminosa venda de su plumaje!   

callado, casi ruido, cercano a los sepulcros;
olvidado, procaz, a un tiempo delirante y sosegado,
niega el hombre su condición de moribunda carne;
falta un signo bajo la herida, pero no importa:
umbrales hay que deben ser cruzados, rotos como el miedo,
surcados de orilla a polo a órbita hasta la colisión

incluso ahora, hay cicatrices que recién se descubren, nuevas marcas,
obstinados besos de labios del pasado,
nocturnos cantos de estorninos, piedras para ahuyentar el sueño

2 may 2020

Es vagar entre crepúsculos,
negado ante la luz, oscuro,
impío; es quebrantar lo puro:
urdir la muerte propia y postergarla.

Ganar en esta guerra, en cada una:
negarse a la derrota, saciar la sed
abrazar el fuego, pero no arder:
ser, en la sombra, el trasgresor, la gula