3 may 2023

 

que amé sin voz lo que mordía
lo asalto al vacío
las costras empapadas de veneno
en la deshora y la oscuranza
hollado de canículas y estiajes
y abstemias cuaresmales
espoleado el costillar
herido el ancaje de la furia
mal herrado, encarnecido el pezuñaje
llegado a viejo de mascar tristeza
de relinchar y lanzar coces
al olvido inútilmente
porque amé sin condición lo de humo
lo encenizado lo polvo sido
lo que me hirió en el alba
la querencia de animal sin padre
 
2022/09/09

 

La casita está cercana a un arroyo por el que cruzo cuando visito a los vecinos. Es el camino más directo, lo otro es caminar por la carretera bajo el sol tropical o la lluvia, hacer el doble del camino. Así que tomo el plato recién lavado en el que ayer me trajeron tamales de elote, abro la puerta que da al arroyo, y al cerrarla, oigo que algo cae.
Miro dentro de la casa (ya estoy afuera, entre la maleza que comienza a crecer y a tupir los alrededores de la casita, aquí la hierba brota y se desarrolla a una velocidad pasmosa, no hace más de un mes que pasé el machete por todo el hierbajal y ya pide a gritos otra limpieza), sobre el piso de concreto algo se mueve con agilidad pero alcanzo a ver anillos rojos y negros, de un negro casi azul oscuro reptando tras el bote donde almaceno agua. Afuera, conmigo, están las gatas, que observan curiosas pero tranquilas. Algo que se parece al frío me pasa la mano por la espalda. Algo que se parece al miedo me acaricia la garganta pero no se decide entre la resequedad o el grito. Al final, el espíritu práctico ordena: busca el machete, que está lejos. En el camino encuentro el rastrillo para el pasto y me digo que bien puede servir.
Vuelvo a la casa, pero entro por la otra puerta, la que hace las veces de entrada principal. Cruzo la brevísima sala, entro al espacio extraño que hace las veces de fogón, tendedero para los días de lluvia y lavadero donde quedó la coralillo. Rebusco en los rincones, bajo el lavadero, la puerta que da al baño, y en una rendija entre el metal de la puerta y la pared alcanzo a ver la mitad posterior del reptil. Sé que de nada servirá, pero aún intento aplastarle la cola con el mango del rastrillo. Apenas siente el metal, el azul casi negro o negro casi azul orlado de vistosos amarillos se escabulle por fin.
Afuera está Drama, la gata más grande, que mira cómo se arrastra la serpiente. Salgo y la veo alejarse bajo el árbol de cacaté, esa semilla amarga que se hierve con sal para comerla después, acompañando el pozol del mediodía o a la hora de la comida, o para pasar el rato, como una botana. Ya se ha ido. Drama sigue inclinada sobre la hierba, como a la espera, y pienso en la posibilidad de que la hubieran mordido. La llamo y se yergue, atenta, vivaracha. Pinche gata, le digo.
Vuelvo por el plato y camino hacia el arroyo pero ya no voy solo, me acompaña una inquietud que trato de ignorar. En el camino de vuelta, luego de entregar el utensilio, me noto tenso y agitado.
Sí, sentí miedo. No al animal, a su mordedura. Al hecho de no haberlo visto al abrir la puerta, de andar descuidado. Al hecho de que mi distracción me hizo olvidar que es temporada de lluvias, y en estos meses las corrientes arrastran consigo, además de palos, rocas y basura, infinidad de serpientes. Nahuyacas, mazacuas, coralillos. Al hecho de que ese olvido es imperdonable si se vive a unos metros de un arroyo.
Tenía tal vez unos ocho años, vivía en Guerrero, en la casa de mi madre, que en esos tiempos era de las pocas que habían a la entrada del pueblo. Una noche, al entrar a mi habitación hice a un lado la cortina con la mano izquierda. Sentí un aguijonazo en un dedo y casi al instante un calor que quemaba bajo el cuero y avanzaba, con parsimonia pero sin detenerse. Todavía alcancé a encender el foco y al iluminarse la habitación ver la carrera de huída de un alacrán pequeño. Busqué a mi padre, que, cosa extraña, pasaba una temporada en casa. Caminamos cosa de un kilómetro a la casa de Teodulfa, su concuña, que era enfermera y que moriría unos catorce años más tarde en el baño de su casa tras una indigestión al resbalar sobre su vómito y estrellarse su cabeza contra un borde de concreto, y esa noche me aplicó una inyección contra el veneno del arácnido cuando ya tenía entumecido casi por completo el brazo izquierdo y comenzaba a sentir un hormigueo bajo la lengua, además del ingrato terror que desde siempre he sentido frente a esa herramienta de tortura que es aún la más inocente de las jeringas.
Como bien dicen, genio y figura, hasta la sepultura. Y yo no he dejado de ser distraído, ni de ponerme en situaciones de peligro por esa descuidada forma de transitar la vida.
 
2022/09/04

Soneto con pie de atleta


Por qué me huelen las patas
cuando me quito el zapato;
se desmayan perro y gato,
porque me jieden las patas.
 
No se me acercan ni ratas
ni damas de fino olfato;
se marchitan flor y cacto
con el olor de mis patas.
 
¡Ya probé dos mil remedios
—ceniza, papa, vinagre,
tierra de panteón, zorrillos—
 
ya le bailé a más de un dios
(hasta al papa hice compadre)
sin que mengüe el olorcillo!
 
2022/08/15

una imperdonable profanación de Pacheco

 

No AMLO a mi patria
su honestidad valiente me es inasible
pero (aunque suene neoliberal)
daría mi INE
por dos tres becas suyas
ciertas candidaturas
pa diputado, senador o agregado cultural
en una embajada austera en París o San Petersburgo,
varias reseñas de Wikipedia,
algún comité de barrio
y tres o cuatro secretarias de estado

 

las cosas que dejamos atrás
la diversa forma del anclaje
a lo pasado, lo nostalgia
que maúlla en los cafetales
de la memoria, desesperado
con el extravío en la garganta,
 
lo que niño perdido en tianguis
nos busca mientras se aleja
ensoñado en la coloración de la vendimia
y que no supimos sino después,
ya bien asentada la espuma del ocaso,
que una ausencia nos mordiscó
la orilla del nísperoácido corazón
y afuera es decir en la pupila
se instaló una lluvia extraña
que me empañó el sosiego
de una vez y para siempre
al mirar en el azogue de un espejo
las mullidas cosas que dejé hundir
en las aguas siempre inciertas
de los días pasados
 
en fin las todas cosas que se le perdieron
a la recordancia, anécdotas del tacto,
lo que se alcanzó a salvar de la erosión
que da el anhelo y así le va royendo
los bordes en cada intento de forjarle
patas cola una palabra a aquellas cosas
 
quiero decir que me creció robusta y sana
la tristeza pero sin rostro claro
sin cuerpo definitivo
sin mí pero toda yo ennerviada para siempre
 
2022/08/05

 

Por la mañana sabía que era viernes pero al llegar al municipio se me torció la entendición y se me hizo domingo el día. Luego tomé una combi al municipio de Tabasco más vecino y se me enredó el sábado en la entendedera; con esa información tomé otro transporte y llegué a Teapa de las plataneras y las mujeres guapas, pero en bajando del taxi se me afiguró de nuevo que era domingo hasta que contesté la llamada de un compa que es adventista y me dijo que estaba por entrar a su templo y saldría hasta mañana por la tarde y pregunté cómo, pero si es domingo y tú vas al culto los sábados, pues por eso, respondió, nosotros guardamos desde el viernes por la tarde hasta la misma hora del sábado y hoy es viernes, y colgó.
Acepté en mi corazón esa verdad que me confundía la sesera y seguí caminando, haciendo planes, y de nuevo al alojarme en el hotelito me sorprendió que el dependiente pusiera viernes y no domingo, pero dije qué más da, y recordé que mañana sábado hay promoción de mallas gallineras en una ferretería de aquí, así que si no se me olvida seguro paso por el rollo que me hace falta, porque mañana es lunes, ¿verdad?
 
2022/07/29

 

en este viaje rabial, amordazado
de mí ajeno mismo, revolquecido
en el polvo costral de mis veintiantes
soñidormido y suicidal abrí el siniestrojo
hallé luz la cuchilla en picada el vuelo
hambrienta hacia la córnea
y yo indefenso más bien con el embriago
a cuestas embrutecida la carne
pude ladramentar apenas
rascar el empulguecido lomo de la noche
nomás pa alebrestar los bicharajos
supe después que no hay arroyo
o remedio jabonoso para el mal de rabia
este bichererío que me pulula el cuero
que me retehambrienta el cráneo
y no hay sino ladramentar a ciegas
como huérfano can ante la luna
crecido a lametones de ayuno prolongado
mordido de terror en los costados,
rascarle la pulguición a lo ya oscuro
aguantar los derechazos de la sombra
sin buscarle las lonas a la lejanaurora luz
 
2022/07/29

 

Hay días en que, cansado, agobiado de andar en el monte, mordido de garrapatas y de dudas, sudoroso, antes del último trecho, miro al suelo, y compungido, en la postura hierática del que reza, me da por decir: Santo Jarri de los desertores, mártir de los mordidos del desencanto, no ilumines mi camino, oscurécelo te pido; profeta del desánimo: aparta de mí tu cáliz.

 

Llamó a mi puerta en la mañana. Traía unas piezas de pan, venía descalzo. Pero miento, no llamó a mi puerta. Llamó a los gritos porque la puerta no tiene timbre ni se puede golpear. Observó no sin desdén la maleza del patio, a las gatas. Un brillo lascivo asomó a sus ojos cuando vio las botellas con trago.
No le ofrecí una silla, pero encontró acomodo en el suelo. Soy dios, me dijo casi en un susurro. Como si contara un secreto, o como si le diera vergüenza aceptar su naturaleza. Por mi parte, fingí que todo discurría con naturalidad pero me sentí obligado a preguntar cuál de todos ellos, si no mentía, era. El único, me dijo por toda respuesta. Decidí no insistir y le ofrecí un poco de café. No te ofrezco más porque tengo la despensa vacía desde hace un par de semanas, dije, más por sostener una conversación que no iba a ningún sitio, que por confesarle mi precariedad a un desconocido.
Luego el silencio se hizo un espacio entre nosotros y solo fue interrumpido por los sonoros sorbos que producía mi invitado al acercar la taza a sus labios. Ni siquiera tocó la bolsa de pan. Yo tampoco quise probarlo, desconfiaba de él como pienso que Adán debió desconfiar de su palabra cuando aún era residente honorario del jardín del Edén. ¿Y si ese pan, amasado con celestiales harinas en los hornos del altísimo, era una nueva versión, cargada de gluten y carbohidratos, del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal (¡cuanta rimbombancia, por dios!), y estaba ante una prueba divina que debía aprobar bajo pena de ser expulsado de este nuevo jardín del Edén en el que nada me pertenece y que se cae a pedazos?
Me pidió trabajo. Puedo limpiar tu patio y el cafetal a cambio de una hamaca para dormir, dijo mientras se ponía en pie para dirigirse al baño. Guardé silencio incluso cuando al volver casi me suplicó por una respuesta. No lo quería cerca pero me provocaba cierto terror místico -a mí, que tanto me he vanagloriado de ser ateo- el darle una negativa rotunda. Así que me aferré a la tabla de salvación del silencio. Después de un tiempo que me pareció eterno -a él debió parecerle más breve que un parpadeo-, tomó sus cosas y se fue.
La bolsa de pan sigue en la mesa, llenándose de moho, pero ni las gatas, ni las hormigas, ni las cucarachas se le acercan.

Secundaria técnica #9, 1999

 


Era muy joven, no tenía televisión abierta o de paga, pero sí acceso a cine pirata en vhs primero, luego en vcd y finalmente en clones de dvd, pero hablo del período de transición vhs-vcd; en el pasaje Rayón había un puesto que lo mismo vendía artículos de ferretería que ropa, bisutería y películas del mentado, alburero y cachondo cine de ficheras, de pistoleros marioalmadescos, uno que otro rarísimo estreno y un catálogo amplio de p*rn* que se resguardaba en una caja de zapatos al lado de la caja de valores, que no era sino otra caja de cartón con divisiones para los billetes y un canastito de palma para las monedas.
No sabía nada de David Lynch, ni del cine de autor, solo de mi calentura secundariana, pero allí, en el clandestino menú de aquel puesto de mercancías diversas —creo que aún pervive, pese a los años y las catástrofes, como un signo de otras épocas, en el corazón de aquel municipio–, tuve mi primer acercamiento a aquel señor tan de culto y a su mitificadísima serie Twin Peaks, que conocería unos veinte años más tarde, en un vhs titulado Twin Freaks, que me llevé a casa con cierto temor arcano y no sin cierta emoción pagana.

2022/06/13

 

no hubo nunca el sueño
no existió el espejismo
la ebriedad del cuerpo
la confusión y la alegre tibia
ensoñación de la sangre
 
en el delirio vi que otro,
intoxicado de sí mismo, turbio,
me soñaba, y en el sueño
veía al miedo roer mi hueso
y éste soltar la carne
 
pero fue un sueño el sueño
no hubo la caída esqueletal
el desvencijado cuero, trapo viejo
tendido al sol canicular
como cansado de su palabrajal
o su silenciaje atrabancado,
quién sin cargar el ajeno morral
podría saberlo
cómo podría yo
que soñaba un sueño
que no estaba allí, que soñé soñar
de madrugada
 
2022/06/10

 No sé qué tiene tu pipa, llorona, que huele el humo tan raro, y cuando miro tus ojos, llorona, los traes todos colorados...

 Del lecho del río
se eleva una serpiente
hacia las nubes.

 

Comenzaron a verlo poco después de la sorpresiva y violenta lluvia de ese abril. Los cerros, despojados de su enmarañada selva, hechas milpa o potrero sus laderas, se llenaron poco a poco de deslaves. La herida serpenteante de la carretera fue cubierta en algunos puntos por la tierra y las rocas caídas, vencidas por su peso y la caricia con que el agua, frenética, escarbó su base y sus costados, arrancadas de sopetón a hora incierta de la noche. El río, vuelto a su caudal de otros siglos, roto su cauce, entró a los maizales a mirar la siembra, como dueño que llega de pronto a supervisar el trabajo hecho, y luego vuelve a casa, dejando tras de sí la siembra tendida, como puesta a dormir por un padre amoroso.
Los hombres, expulsados de pronto del sueño, corrieron a buscar refugio, incapaces de detener el alud que sobre algunas de sus casas dejó caer su peso de agua y fango; ellos, tan capaces de herir la tierra, de reducir a astillas cualquier roca, con cinceles, barretas de acero o explosivos, ellos tan capaces de cambiar el rostro de la montaña en un par de jornadas, miraron estupefactos cómo el deslave abrazaba casas completas y se les iba metiendo entre las rendijas, hasta colmar cada rincón bajo los techos de lámina, orillándolos a pasar el resto de la noche en busca de un refugio, de un sitio acogedor, tibio y seco donde guarecer su carne desvelada.
Poco después algunos hombres contaron su encuentro con él en las cercanías de arroyos y cafetales, cuando, poco antes de despuntar el alba, se dirigían a sus parcelas a bañar el ganado cundido de garrapatas, a trasplantar cacao o simplemente a buscar la leña olvidada por algún vecino en el monte, o a mordiscar la fruta o la mujer ajena. Todos coincidieron en la avanzada edad del hombre, y en su pulcritud en la ropa, el ademán y la palabra, un hombre que si bien se parecía a ellos en la pobreza y en los rasgos, algo tenía en el modo que dejaba entrever una sabiduría lejana e insondable como la creciente que se oye a lo lejos y solo se alcanza a entrever, metido en el fondo la cañada, buscando peces extraviados, por el fulgor incierto del relámpago.
En agosto, les dijo a todos. A cada uno. En agosto se acabará esta tierra. Y luego de desear un buen día, se marchaba nadie sabía con qué rumbo, nadie sabía si a disolverse en la calígine del verano hostil de aquel año.

2022/05/06

 

nombramos al silencio
como quien nombra un espejismo
sin darse apenas cuenta
que trata de arañar el aire
sin posibilidad de garras en la sangre
 
lo llamo cuando el ruido atronador
de otras voces me desborda
cuando, arrodillado ante el disturbio
quiero abrir de nueva cuenta el oído
escuchar, no el silencio:
los susurros que guarda en su baúl el mundo
 
alguien le dio sus tres sílabas
perseguido tal vez por el insomnio
en su primera noche a la intemperie
sin otra voz que le tendiera la mano
en la arcaica orfandad que ofrece la penumbra
 
porque eso hacen la oscuridad
y el silencio, conjugados en soledad:
nos devuelven a nuestra condición
de perdidos animales
 
por eso nombrar el silencio
es una forma de decir que uno está solo
o quiere estar a solas consigo mismo
volver a oír la incesante orquesta del entorno
como al principio del mundo
 
2022/04/14