1 may 2023

 

Chilapa es el nombre del municipio donde por azar nací. Bautizada como la Atenas del sur por sus habitantes más cursis y pomposos, carecía de una casa de la cultura, y de una biblioteca pública municipal; esta vagó de un local rentado a otro sin que a la fecha tenga un espacio propio.
En mi época de secundaria, la casa de pasillos oscuros y amplios patios con jardines descuidados donde se alojaba la biblioteca estaba en un sitio estratégico entre la parada del transporte público, los billares, la estación de policía y la secundaria técnica número 9.
El bibliotecario, un hombre de carácter agrio que a todos trataba con desdén, supe después, se llamaba Héctor Cárdenas. Por ese tiempo si me hubieran preguntado, seguramente habría dicho de él que era un personaje sombrío y detestable, y por eso hurtaba libros de poesía que luego leía en voz alta a media noche plantado a en el centro solitario de la calle principal de mi pueblo.
Algunos años después, recorrí sin saber y a desordenados intervalos un circuito de cantinas de mala nota que compartían dos cosas: primero, estaban situadas en los márgenes del río Ajolotero, un vertedero de aguas negras, y que él, Héctor, las había bautizado: El convento de la bilis, La cueva del ermitaño, El descanso de las aves, y un par más de las que me he olvidado el nombre. Allí solía pasar algunas tardes bebiendo mezcal, en un tiempo en que el mezcal era bebida de parias, tocando su guitarra, componiendo sus canciones, estampas costumbristas.
Habrá compuesto unas quinientas canciones, algunas de ellas integradas por completo al folclor musical guerrerense, como El zopilotito, muy socorrido para el baile en la fiesta y en los eventos de cultura oficiales.
Moro solía hablar de él con frecuencia, con devota admiración y mal fingida indiferencia; es probable que alguna vez coincidiéramos en la misma cantina, pero de esos días me queda un recuerdo con los contornos difuminados.
En fin que un día su muerte fue noticia. La biblioteca estaba en otro sitio y él seguía siendo el encargado, seguramente igual de agrio que en otros tiempos aunque la nueva casa en renta fuera un poco más luminosa y ya no ocupara un sitio estratégico en mi entorno inmediato.
Murió sin familia, y la cofradía intelectual del municipio se lamentó largamente por su pérdida. Por las canciones que no terminó de escribir, por las que no llevó al estudio, por los pocos discos que grabó en vida, por su talento desperdiciado, lo que se estila. Ahí comenzó la fundación local del mito llamado Héctor Cárdenas. Nacido en Chilpancingo, vivió sus últimas décadas como funcionario gris de un espacio público sin espacio propio, y cuyo responsable directo, Juan Sánchez Andraka, un escritor muy menor, sostiene o sostenía como la desidia le daba a entender. La cultura difícilmente llega a ser una prioridad incluso para quienes se benefician de ella.
Parte del mito cardenesco pone a Sánchez Andraka como benefactor de este compositor bohemio casi paria, que según la versión oficial renunció a todo reconocimiento para pasar sus horas lidiando con estudiantes obtusos -como fui yo-, ruidosos y desconsiderados a cambio de una vivienda y un sueldo apenas por encima de lo miserable.
A mí me gusta imaginar una historia turbia de secretos inconfesables en las que sin ser el villano, Héctor tampoco alcanza a ser el héroe de su propia historia; de personajes que no alcanzan a redimirse nunca y de hombres que aprovechan la situación para ponerse el antifaz del héroe.
Creo que Héctor Cárdenas decidió en parte ser un marginal en la farándula de la música tradicional, pero creo que la marginación se vio profundizada por el olvido en que lo dejaron los que luego se llamaron sus amigos y benefactores: un suicidio intelectual asistido.
Ojalá un día se le de el espacio que merece ocupar en la historia local del estado de Guerrero, más allá de los sentidos homenajes donde priva la lisonja y el lamento estériles.No hay ninguna descripción de la foto disponible.

 

Hablemos de lo que emerge entre el agua
y las piedras enverdecidas del deseo
ese bestialaje oculto acechante
de garra mellada a fuerza de golpear
el fondo de la herida casi hueso
pongámosle un percudido nombre
una palabra que enjaule sus gruñidos
que despeje la noche ese espejo
donde se ahoga preso de sí todo el que huye
de su propia sombra avejentado huérfano
digamos esta carne esta daga este violín
una pregunta como acequia
cuyo cauce irrigue los surcos de la tempestad
dejemos puestos los grilletes a lo roto
a cada grieta o cicatriz o lengua helada
 
2020/11/23

 

Hay días como este, flaca,
de beso frío al sol,
de tuberías heladas
y horas que pierden su color
segundo a segundo
en que extraño
ese tiempo casi alegre
en que fui
un inocente ciudadano
en la provincia
húmeda y colorida
de tu orgasmo
 
2020/10/31

 ¿Que habrá pensado Adán en el jardín cuando nombró los animales y las plantas y las cosas del mundo? ¿Habrá quedado satisfecho, no nació en él la más mínima sombra de duda por el nombre dado, por ejemplo, al dromedario o a la higuera? ¿Pidió cambiar algún nombre en el último minuto, tembló ante la idea de que la palabra dada fuera incapaz de contener a su depositario, que alguna planta dejase de alcanzar su esplendor o las aves migratorias fueran incapaces de reconocer la ruta de su vuelo al recibir el nombre equivocado?

2020/10/30

 

Cuando vuelva será noviembre
la casa o su ruina
su parvada de cuervos
el fantasma que acompañó
los delirios de la infancia
dirán bienvenido, cuánto tiempo
sin vernos las caras, cuántas
noches sin el aullido de la borrachera
tanto tiempo ladrando el hambre
sin miedo al que roerle las entrañas
harán un espacio para mí entre el polvo
sobre una pira de ropa vieja
afuera alguien preguntará
por ese rostro extraño y familiar
que vuelve a dormir con su pasado
alguien más, nadie tal vez, dirá
como en un salmo la nomenclatura familiar
su abuelo era tal, un artesano
que fundó la luz cuando la luz
necesitaba de pabilo y parafina
tales fueron los hijos de su abuelo
tal es el nombre del perro fiel
que lo salvó en la borrachera
y lo esperó a la puerta del infierno
preguntarán por mi padre
y nadie sabrá nombrarlo
dirán que era joven y prematuramente cano
que su diente de oro refulgía extrañamente
cuando el rostro se le descomponía en una sonrisa
pero ya no recordarán mi nombre
incluso yo habré olvidado
las tibias formas de pronunciarlo
pero el aire tendrá un olor a pericón
a pan recién horneado,
a nostalgia por los tulipanes de India
por la sopa de calabaza de mi abuela
esa vieja silenciosa que aún fuma
sus cigarros sin filtro en el patio de su casa
un día de febrero de mil novecientos
ochenta y seis
 
2020/10/25

 

En cada librería que visité aquel año, buscaba el libro con ansia y temor. Ansiaba encontrarlo, necesitaba hallarlo con la misma intensidad con que la sola mención, la simple idea de su existencia me llenaba de miedo.
Yo sabía y sé que ese libro no existió más allá de una pesadilla que me pareció, mientras la viví, larguísima.
Sé que fue producto de mi imaginación excitada, pero no pude evitar largas noches de insomnio y los momentos de ansiedad al encontrarme frente a cualquier librero.
Aún ahora, hay horas grises en que el viento agita el mundo y es como si escuchara una señal que me recuerda aquellas horas.
 
2020/10/24

 

¿Alguna vez, mientras te duchabas, sentiste las ganas de volver a escribir una carta larga y enternecida para un destinatario cuyo nombre hace tiempo te es extraño, más aún, alguien a quien tu nombre es una referencia lejana al placer del descubrimiento y al dolor imperdonable de la distancia y de la pérdida, y mientras escribes esas líneas que nunca pondrás en papel, recuerdas esa tarde en la selva en que un hombre, casi un adolescente envejecido, borracho se colgó del puente, el único puente de concreto que había en ese tiempo entre la ranchería y la capital del estado, y cuyo suicidio se convirtió en todo un suceso que reunió, bajo el chipi-chipi a personas de diversas rancherías, casi como una feria, y recuerdas también que el padre de ella, la destinataria de tu carta imposible, ordenó preparar una olla enorme de café que llevaron en una carretilla hasta la plancha del puente para convidar a los curiosos mientras las lámparas de mano se encendían una a una porque oscurecía y el cuerpo del suicida se balanceaba, sus pies apenas unos centímetros por encima del agua y de las piedras y pensaste que de haber dejado un poco más larga la lía con que arreaba el ganado habría muerto de igual manera pero antes se habría quebrado las piernas y luego la crecida de la corriente habría hecho el resto, machacando su cuerpo en una agonía que no quisiste imaginar mientras las lámparas iluminaban a intermitencias el vaivén del cuerpo inerte, péndulo apenas vestido con un pantalón de tela oscura y botas de plástico negras, el torso desnudo, que nadie quiso descolgar hasta que llegó el ministerio público cuando ya nadie quería ofrecerse a bajar porque el agua seguía subiendo de nivel y algo hay de profunda comunión en el que ve a un muerto largamente que se resiste a tocarlo, quizá para no incordiar ese último sueño, pero lo bajaron, nunca falta algún arriesgado, y ayudaste a sacarlo del tramo final que era tan estrecho que apenas cabía el cuerpo de pie y mientras tirabas de él tu mente solo pensaba que esa noche se seguiría hablando del suicida y su familia, y tendrías que sosegar al deseo de ella, que hacía más de una semana crecía como la hierba en la selva, incontrolable, desbocado, y apenas sentías la llovizna que arreciaba mientras todos se dispersaban poco a poco, devorados por la oscuridad entre los restos de la selva, a ratos iluminados por los destellos de algún relámpago que despertaba el ladrido de los perros, y al salir del baño una corriente de aire frío te hace espabilar y casi olvidas que más temprano, al bajar a la calle por una cocacola, compraste también un par de mandarinas para acompañar los boleros que suenan hace un par de horas y el mezcal que hace tiempo guardas sin hallarle motivos para escanciarlo y ahora quieres beber así sea un poco, pero son ganas, a salud de ella, de su largo pelo ondulado, Lady Godiva con quien cabalgaste o quien te cabalgó incansable por las más intrincadas calles del deseo, nocturna viajera en las ciudades del sudor y del orgasmo, y sabes que no podrás volver a mirar las olas de la playa que hubieras preferido conocer con ella, y cierras las puertas de la casa, y escribes una nota que habla de cualquier cosa excepto de ella, que ya no puedes tocar porque te arde la piel y el hueso al nombrarla y apagas las luces y dejas crecer la noche dentro de la casa, y acaricias al recuerdo como se acaricia un cachorro furioso que se dispone a dar la dentellada sobre tu sosiego?


2020/10/21

 

El amor encuentra en el café su metáfora: fuerte, caliente y a diario.
El sexo, más cotidiano, más coloquial, asienta sus metafóricos reales en el pozole: entre más puerco, mejor.

 Si dios nació muerto, y nosotros somos su creación, ¿qué somos entonces, una pesadilla en líquido amniótico dentro de un vientre inconmensurable e infinito en la noche del universo?

 

En la infancia, para salvarse de la varicela, en el agua tibia del baño a jicarazos, además de hojas de aguacate traídas de otras tierras, servía un chorro de mezcal.
Para el frío en los pies, para las paperas, para la fiebre de los resfriados y para las pesadillas, untar unas gotas de mezcal en pecho, espalda o frente, ayudaban a relajar al atormentado. Las ventosas que se aplicaban los viejos para calmar algún dolor, se preparaban con mezcal.
Antes de rociarles agua bendita, las casas recién construidas se santificaban con un chorro de mezcal en cada esquina y en su centro; para asegurar, se preparaba pozole por la mañana y mole de guajolote en la tarde que se colaba la losa. Allí se convidaba a la familia y a los amigos cercanos, todo se acompañaba con copas de mezcal servidas en copas de carrizo o jarritos de barro fabricados en comunidades cercanas. Para asegurar primero y luego para agradecer la cosecha, además de diversos platillos que sólo se preparaban en tales ocasiones, se regaba y se bebía mezcal. A la luz del fuego, durante el velatorio de algún muerto, o previo a una festividad, los mayores se reunían y algunas veces contaban cómo una botellas de mezcal servía para ahuyentar a los malos espíritus. Para salir a la calle, de noche, se aconsejaba a los jóvenes llevar siempre un poco de mezcal y cigarros sin filtro: en caso de encontrar a un espíritu oscuro, o a un fantasma, ofrecer una o ambas cosas era garantía de salvar el pellejo de la muerte o la locura. La iniciación en la bebida, era con mezcal. En las fiestas comunales, además de música de la que llamábamos de viento o de chile frito, había baile desenfrenado y, por supuesto, mezcal.
Los había de varias clases y sabores. Había los que raspaban la garganta y quemaban como a un pastizal el paladar. Los que al tercer trago provocaban arcadas por lo fuerte de su sabor. Los que guardaban el recuerdo del ahumado del corazón del maguey, y lo llevaban a uno a ciertos rincones de la infancia. Los que de tan ligeros se equiparaban a beber agua fresca de un manantial tras una larga caminata. Los que pasaban por el paladar sin pena ni gloria. Los que se maceraban con jitomate, cebolla y chile, y eran una peligrosa bomba de picor y embriaguez. Los que se maceraban con hierbas aromáticas durante meses. Los que pasaban años bajo tierra y eran privilegio de pacientes.
En el nacimiento, a la hora de olvidar la amarga dolencia del desamor, para convivir con los amigos, para presentar respetos, para santificar las fiestas, en las horas finales, esperando la llegada de noticias funestas, en el matrimonio y en la separación, en la soledad y en la multitud, el mezcal era centro y margen.
Mucho de él era ritual. Se bebía para abrir el apetito y para facilitar la digestión. Si se disponía a beber así fuera un poco, antes de servir a nadie, un chorro de mezcal debía ser vertido en tierra. El sincrético culto al jaguar, iba acompañado de cruces y mezcal. Salvar a un moribundo muchas veces dependió de tener uno o dos litros de mezcal de excepcional calidad.
Era cotidiano y sorprendente animal silvestre. Aún domesticado, había que cuidarse de su zarpa inesperada. Beberlo, era tener un cachorro de jaguar que no ha olvidado su instinto y en cualquier instante podría saltar a la yugular del miedo, la ira o la desesperación, y desangrarnos. Antes que marcas registradas, hubo nombres de productores, de localidades y regiones. También había estafadores viles. Al conocerlos supimos que el truco de las burbujas no era infalible, y adoptamos otras técnicas aconsejados por hombres más expertos en la bebida y más curtidos en las decepciones mezcalísticas. Pero al que mentía respecto al mezcal, o empleaba técnicas sucias para fabricarlo, se le marginaba. Nadie, salvo los fuereños, volvían a comprar una sola copa al que se sabía era capaz de poner detergente a esa bebida que habitaba con cómoda indulgencia nuestra cotidianidad.
Era preciso dedicarle tiempo y esfuerzo. No sólo para la embriaguez, porque como ya he puesto antes, era parte de muchos y diversos aspectos de la vida. Encontrar un mezcal de buen sabor y que fuera agradable al paladar, que al despertar de la borrachera no dejara resaca, sino que perpetuara la sensación de embriaguez, no era tarea fácil. Había que salir a buscar el buen mezcal con la determinación de quien sale a la caza de un venado sin otra arma que un rifle viejo de un tiro. Tocar puertas, insistir, platicar, ofertar. Porque quien produce buen mezcal jamás lo ofrecerá en venta. Para él, es cosa sagrada, y lo sagrado no es material de estantería. Lo produce para la festividad, la boda del hijo, el nacimiento de uno nuevo, o de un nieto, para la fiesta cuando el primogénito termine el bachillerato, o vuelva de Estados Unidos. Porque ha pasado doce años al menos cuidando el magueyal, porque beber una copa de ese mezcal que tan cuidadosamente prepara es beber un poco de su propia vida. No hay cien ni mil pesos que lo valgan. Pero accede a ofrecer un poco de lo que tiene, sirve generoso en vasos de cristal que antes fueron veladoras de las que alguna vez se fabricaron en la casa de los abuelos. Platica, bromea un poco. Si el interlocutor lo convence, puede que incluso le invite a compartir la mesa. Después le obsequiará uno o dos litros de ese animal líquido tan preciado y aceptará la ofrenda en pesos, porque después de todo también le harán falta. Pero se engaña a sí mismo el que asuma ahí hubo una venta. Apenas acaso un injusto intercambio que no habría sido posible sin el preámbulo de la charla amable. Ritual, como siempre, el mezcal cambia de manos, pero no se vende.
Por todas esas y otras razones es que yo soy un mezcalero viejo.
 
2020/09/22

 

Enfrentado a la rubicunda turba defensora de la moral capitalista y el copyright, a punto de lapidar a tuitazo limpio a quien osó distribuir un PDF, pecado mortal, Jesús estalla en cólera, y grita:
¡El que esté libre de PDF's, y fotocopias, que publique el primer hashtag!
 
Evangelio según San Assange, 27: 12-16

Cosas que hacen salivar el hocico de mi memoria.

 


Atole blanco con panela una mañana recién lavada por la lluvia en la plazoleta de mi pueblo, oyendo la caída del agua en la pileta, el olor de tejocotes en conserva que me recuerdan los años en que apresurado corría a la primaria desde la casa de los abuelos en la esquina de calle Central y Guerrero, que costaban cinco por cien pesos en una bolsita de plástico. Atole de granillo un sábado con o sin resaca, acompañado de pachayota en conserva. Atole blanco con su respectivo panile, tortillas de maíz dobladas a la mitad embadurnadas en su interior con una salsa de chiles verdes y semilla de calabaza molida, al amanecer de un velorio después de picar la leña que se traía del cerro en grupos de diez o más trasnochados solidarios, o en algunas fiestas patronales, antes de ir por el toro con música de viento y cohetes. Agua de horchata o jamaica en el mediodía de mayo y junio, saliendo del taller de velas de José Ángel. Una yoli bien fría un domingo después de descargar toda la leña que se empleaba en los hornos del taller de velas. Atole de piña, tamarindo o ciruela con tamalitos de picadillo en los convivios vespertinos. Chilate bien frío en las tardes largas de Chilapa, o sentado a la sombra de los árboles de trueno del parque central. Empanadas de camote morado o amarillo acompañadas de chocolate criollo o café de Atoyac. Nieve de leche o mamey acompañada de borrachitos, unas galletas pequeñas y deliciosas, un domingo de tianguis en la cabecera municipal. Pan de Chilapa o de la panadería del tío Fidel, en el pueblito, chopeado en leche. El olor a pan de la casa de Paula, rincón prohibido pero anhelado del mundo. Salsa de guaje y jumiles a la mesa de doña Ana, al lado de José Ángel, con pápalo, pipiza, y otras hierbas. Tortas de arroz para la cuaresma, mole verde de pescado seco, para la misma fecha. Frijol y mole que la abuela llamaba de viaje y cocinaba con abundante manteca para alimentarnos veinte días en la feria del santo entierro en Xalpatlahuac, multitudinario santuario de tercer viernes cuaresmeño pero abandonado y polvoriento desierto el resto del año. Ceviche de la costa chica, quesadillas doradas de cazón, pescados a la talla en una palapa de Marquelia. Barbacoa de chivo en el mercado central de Chilapa o Chilpancingo, con su respectivo consomé y salsa verde. Los tacos de Toño el chino por las noches, los siempre codiciados de cabeza. Los sopes con carne de cerdo de avenida Revolución o Constitución, que no era una avenida sino apenas una calle medianamente ancha que estuvo atestada de vendedores ambulantes y semifijos varios años. Mole de fiesta, preferentemente de pavo, con tamales de frijol o garbanzo envueltos en hojas de maíz. Pozole blanco los domingos o en las fiestas, con orégano, chile en polvo, lima ácida y tostadas; la carne, desde luego, de cerdo. Pozole verde los jueves a la tarde, acompañado de un buen mezcal de Apango, Tepehuixco o Ahuacotzingo. Nísperos robados a la vieja Cira, que nos perseguía con piedras y con sus perros. Toronjas a la orilla del río Atentli, al volver de las grutas de Oxtotitlan, para calmar la sed, o los domingos en el tianguis, pero definitivamente, las del río. Mangos verdes con sal después del chapuzón en el río los días de pinta en la primaria. Itacates, memelas rellenas de frijol con chile en Tlatluquitepec, acompañados de semillas de calabaza asadas al comal. Etehpayan, la maravilla del frijol molido con epazote, y puesto a hervir, que cambiaba de negro a morado al agregarle limón. Dobladas de tortilla de garbanzo con manteca y salsa de guajillo mientras José Ángel presumía que alimentaba a sus gatos refiriéndose a sus nietos. Queso añejo de Zumpango, o de cincho de Huitzuco; queso fresco de la costa chica. Pan de muertos, que llamábamos de muñeco por su forma, espolvoreados con azúcar tinturada de rojo o morado; pan de camarón (por la forma que recordaba vagamente), para las mismas fechas; pan relleno de queso o piloncillo. Helados de fruta en Axoxuca, después de un baño en las cascaditas que se formaban a la orilla de la carretera. Plátanos pasados, que es decir, puestos en conserva en piloncillo y aplastados, que tenían un aspecto poco agradable pero eran un festín de pegajoso dulce. Caldo de iguana en las carreteras de la costa chica, rumbo a Ometepec. Caldo de cuatete. Codornices a las brasas. Aguas frescas del centro de Chilpancingo a la salida del ISSSTE o del museo del estado. Torrejas con atole en las noches del mercado Baltazar R Leyva Mancilla en la capital guerrerense. Salsa de guaje para acompañar los frijoles infaltables. El guashmole con carne de cerdo. Pozole de elote con espinazo. La simple maravilla del pozole de frijol o camagua, acompañado con limón, orégano, cebolla y chiles de árbol fritos. Chalupas -tortilla dorada de maíz- con pollo, rodajas de cebolla y chipotles dulces. Bolillos rellenos. Tacos dorados en consomé de pollo. Frijoles puercos con queso. Salsa de ajos. Guamúchiles. Guanábanas, pitahayas, miel de caña. Tortas de atún en Tixtla. Tortas de la plazoleta en Tlapa de Polvonfort. Atole dulce de maíz en grano. Una tortilla recién salida del comal, con una pizca de sal, de manos de Ana Alonso. Elotes y calabacitas hervidas, hurtados del panteón cada primero de noviembre.
 
2020/09/09

 

Me sorprendió el frío en ese rincón y amanecí resfriado a pesar de las cobijas. Tal vez se coló por entre los cristales rotos de la ventana, tal vez llegó con el recuerdo de una mujer que se alejó hace tiempo pero dejó algunas de sus cosas dispuestas casi al azar en el desorden de mi pecho o de mi memoria o de mi corazón.
Yo sé que vino el frío de algún sitio, sin anunciarse, sin apenas hacer ruido y mientras yo trataba de leer en el tapanco de esa casa de piedra, preocupado por caer si la madera se resquebrajaba con mi peso, tomó asiento en la cama contigua y mientras me observaba parpadear de sueño tras la larga caminata en la montaña, una caminata que no fue tan larga pero que la falta de costumbre le dió proporciones casi homéricas, fue posando su mano huesuda sobre mi espalda hasta cubrirme con un manto suave hasta que me atrapó en su fauce el sueño y en él me ví más joven y menos ensombrecido, y oí gorjear las aves de la selva, pero ya nada importaba, solo la voz de esa mujer de la que todavía no sé cómo despedirme aunque se me agoten las horas, los kilómetros en carretera, la esperanza, el horizonte, las nubes que anuncian lluvia o se alejan como si huyeran hacia tierras más cálidas empujadas por la detonación matutina de cañones antigranizo.

2020/09/06

 

Pero escribí como quien grita
con el aullido a cuestas, ennervado
enronquecido en el alba, a lomos del rocío,
dije, con una brasa en el pecho, tu nombre,
y temblando me hice mayor, de pie
frente a los muros del olvido o el delirio;
quiero decir que traté de sostenerme
en el hilo del silencio, malabarear
mientras llegabas con tu palabra de azahar
y amargas flores a darme nombre
o maleficio para mis horas huecas;
quiero decir que todo era oscuro, la luz incluso,
y agazapado tras la puerta
busqué tu rastro y el rostro de tu ausencia
sin hallarlos, y en esa confusión,
en ese barruntar de soledad y desespero
escribí como quien grita, desvencijado,
para invocar la herida abierta,
para abrir las puertas al fantasma, y devorarme
 
2020/09/08

 ¿Cuándo puedo decir tu nombre y que sólo signifique tu nombre y no lo que dejaste atrás?